Edición Nº 1072 - Viernes 13 de marzo de 2026

Todavía el odio...

Por Julio María Sanguinetti

El proceso político que va desde el fin de la segunda presidencia de José Batlle y Ordóñez, en 1915, hasta la Constitución de 1917, es un período apasionante de la historia contemporánea uruguaya. Batlle, el vencedor de la guerra de 1904, líder hegemónico luego de ese sangriento episodio, bien pudo proponer la reforma de las instituciones para prorrogar su mandato o hacerse reelegir, como efectivamente le propusieron. Lejos de ello, cumplió su período y viajó a Europa para no obstaculizar la labor de su prestigioso sucesor. Fue luego electo nuevamente y, al término de la segunda Presidencia, el período de mayor impulso reformista que se recuerde, plantea el cambio institucional para diluir el personalismo de la Presidencia en un gobierno colegiado.

Ya en su campaña electoral, en el programa de gobierno de 1910, propuso la representación proporcional en el Parlamento. Hasta entonces nadie lo había hecho. Y en 1913, lanza los célebres “Apuntes” en que —además del colegiado— postula también el voto secreto para las elecciones, del que ya había formulado una iniciativa mientras estaba en la Presidencia. Es por esa razón que, cuando se va a la elección de la Asamblea Constituyente, la ley de setiembre de 1915, que las regló, había establecido la inscripción obligatoria en el Registro Cívico, el voto secreto y la representación proporcional.

Estos son hechos históricos. Y fueron esas reformas electorales las que marcaron decisivamente el proceso de democratización del país y, muy especialmente, su pacificación. Esto último es fundamental porque “la hostilidad hacia Batlle no había disminuido por su labor reformista”. Tanto era ese odio, que el Ministro británico, que le detestaba, ve el atentado contra la vida de Batlle “como un acto de venganza personal por las vidas cuyo sacrificio provocó en la guerra civil de 1904”, porque había hecho de “esa guerra algo personal, así que no sería sorprendente si se le pidiera que respondiera por ella personalmente”. Y “La Democracia”, el principal período nacionalista, decía que Batlle, el “amigo del proletariado”, el “preconizador de la piedad por los humildes”, fue “en la guerra el más implacable enemigo…”(Barrán y Nahum, Tomo 8 de “Batlle, los estancieros y el Imperio Británico”).

Entre su triunfo militar y su profundo reformismo social, Batlle generaba esos odios, pese a que su fuerza política emanaba del voto. Y la guerra, lejos de provocarla, había sido declarada por un Partido Nacional que seguía aspirando a compartir, de hecho, la autoridad en el país.

Han pasado 100 años, la obra del Batllismo se consolidó, construyó la base social del Uruguay moderno y nadie discute hoy que la influencia de sus ideas e instituciones se proyecta hasta el presente. Desgraciadamente, no ha disminuido el odio y con motivo del centenario de la elección de la Constituyente del 30 de julio de 1916, un grupo de dirigentes y periodistas nacionalistas se ha lanzado a denostarlo con un asombroso e inexplicable rencor.

Esa elección fue, justamente, la mayor demostración del espíritu democrático de José Batlle y Ordóñez al consolidar previamente las garantías cívicas. En ese celebrado 30 de julio, su postulación colegialista fue derrotada, pero no por el nacionalismo, que obtuvo 67.573 votos, cuando el Batllismo alcanzó 59.420 y el coloradismo independiente 16.048. O sea, volvió a haber más votos colorados que blancos, demostrando que no era el fraude lo que le daba la mayoría al Partido Colorado sino la ciudadanía. La derrota fue sí para la idea colegialista, sin duda discutible pero que, lejos de ser una propuesta personalista —como en forma absurda se sigue sosteniendo—, diluía el poder enorme de la Presidencia de la época en un órgano plural.

Podríamos acumular razones y hechos fehacientes de que no fue el Partido Nacional el que “arrancó al Batllismo” las garantías del sufragio sino que Batlle, luego de una prédica furibunda contra su correligionario Julio Herrera y Obes (por la llamada influencia directriz) fue coherente con esa actitud y lo venía postulando desde antes de su segunda Presidencia.

El Partido Nacional está en su derecho de celebrar su actuación en aquel período. Sobre todo porque fue cuando abandonó el camino de la violencia armada y comenzó a transitar por el del voto. Pero que ello le dé motivo para esa catarata de odio contra Don Pepe que se ha escuchado y leído estos días, es inexplicable. Primero por lo inexacta, segundo por lo anacrónica y tercero por lo políticamente desubicada en un tiempo histórico en que, sin pasiones, debiéramos buscar entendimientos para asegurar el porvenir del país, que hoy está en riesgo por la amenaza de este colectivismo frentista que ha arruinado la educación pública y ha fragmentado la sociedad uruguaya.

¿Por qué detenernos en los debates de una elección de 1916 y no en el histórico acuerdo que hizo posible una Constitución que separó la Iglesia del Estado, consagró la autonomía departamental y consolidó las garantías del sufragio?



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