Edición Nº 1090 - Viernes 24 de julio de 2026

"Tiempos recios..."

Con estas palabras, el ex Presidente Sanguinetti tituló su habitual columna para el diario El País que compartimos con nuestros lectores.

En medio de un real cambio civilizatorio de la sociedad industrial a la digital, irrumpieron la pandemia y la guerra europea como anacrónicas sobrevivencias de un tiempo histórico que creíamos superado.

Ese mundo, que luego de la caída del Muro de Berlín en 1989 abrió un amplio espacio de convivencia, parecía llamado a la "paz perpetua" que soñó Kant en sus meditaciones de Königsberg. Se había terminado la Guerra Fría entre el marxismo y la democracia liberal, pero hizo eclosión otro frente histórico: la guerra de religión, que hace veinte años se escenificó dramáticamente en el atentado a las Torres Gemelas y hoy hasta nos complica la vida para tomar un avión.

La globalización ya venía operando desde antes de la Guerra Fría, pero su salida de escena, la puso en relieve. El mundo adquirió conciencia de que era más interdependiente que nunca antes y ya nadie, ni aun las grandes potencias, podía imaginarse autárquico. Occidente, al frente de la triunfante democracia, construyó también un mercado mundial de libertad inédita. La realidad hizo que la democracia liberal fuera bastante menos universal que la economía de mercado, que llegó hasta China, aferrada aún a su partido único pero fundadora de esa inédita dualidad. Y allí viene la gran paradoja de que esa libertad occidental tuvo un gran ganador, China, que en 2001 se llegó a incorporar a la OMC, algo impensado muy pocos años antes. En 1986, en Punta del Este, le habíamos invitado al GATT como observador, pero la transformación del sistema en la nueva Organización Mundial del Comercio y la velocidad de los cambios, llevaron a esa incorporación plena en el mismo momento en que los EE.UU., a la inversa, comenzaba algunas restricciones.

La crisis del 2008 fue el primer retroceso en la globalización. El fenomenal descala-bro financiero llevó a tomar medidas en ese terreno, que intentaron superar lo que el presidente de la Reserva Federal llamó "la orgía de los mercados". Todo comenzó en el sector inmobiliario de los EE.UU., pero se propagó como un incendio. Solo se apagó con algunas medidas extraordinarias y otras que le pusieron límites a los bancos y a la circulación monetaria.

Ahora estamos ante otro sacudón. Primero fue la pandemia, que recuperó la centralidad del Estado como conductor de emergencias. Luego ha sido la guerra, que aceleró la tendencia inflacionaria que ya se venía dando y nos llevó a una crisis de alimentos, fertilizantes y energía. Europa ha retornado a la idea de la "seguridad nacional", un concepto que olía a dictaduras nacionalistas pero que ahora se asocia a los suministros básicos. Alemania, la economía más fuerte, se ha encontrado con una dependencia que le ha llevado a una reconversión costosísima de su abastecimiento de energía y a un aumento del gasto militar.

En ese escenario, la América Latina navega más que nunca en la incertidumbre, con partidos políticos debilitados y opciones electorales en que los extremos predominan, como han sido los casos resonantes de Colombia y Chile. Nuestro país, como siempre, vive la peripecia de su barrio, con una Argentina transitando su renovada crisis endémica y un Brasil inmerso en una crispada contienda electoral, que no por repetida en sus actores deja de ser una nota de incertidumbre. Felizmente, hemos logrado manejar la pandemia con solvencia, recuperar el ritmo de la actividad económica, alcanzar un récord de exportación y mejorar el nivel de empleo, sin comprometer la estabilidad financiera. No es poco. Siempre podrá aspirarse a más, pero no tenemos duda de que se ha hecho lo mejor posible.

La cuestión es hacia el futuro. Somos un país caro, que para mantener su nivel de vida debe mejorar su competitividad internacional. Nada nos dice que Argentina pasará a ser "barata" para nosotros, de modo que -como todo país con mejor nivel- ha de extremar sus potencialidades. La educación nos acucia con la necesidad de formar ciudadanos para esa nueva civilización digital. La producción agrícola e industrial, ya de enorme incorporación de tecnología, debe mantener ese ritmo de innovación. La inserción internacional nos pone entre la espada y la pared de resignarnos a un Mercosur estancado o intentar convencerlo de que lo que nos pueda beneficiar a través de más libertad, no necesariamente perjudicará a los socios.

La guerra nos ha puesto delante de otro dilema que tenemos que manejar. La invasión de Rusia a Ucrania ha dejado a China en la incómo- da posición de mantener su vínculo con el agresor al tiempo de preservar su presencia en todo Occidente. La historia le impone un gran desafío, porque hoy por hoy es el único árbitro a la vista para intentar una paz cada día más deseada. A su vez, a nosotros nos obliga a cuidar nuestro principal mercado (28% de nuestra exportación va a China) sin abandonar nuestra adhesión histórica a los valores de Occidente, hoy puestos en duda por el sátrapa ruso.

Tiempos "recios", dijera Vargas Llosa. O duales, como canta el Cuarteto de Nos:

"La verdad es que no hay una verdad / leí en una pared de la ciudad / ¿Habrá sido una virtud o una casualidad? / Y sentí inquietud de estar a merced / De tanta dualidad".




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