Edición Nº 1098 - Viernes 18 de setiembre de 2026

Sobre periodismo

Por Julio María Sanguinetti

No todo había de ser malo con lo de la pandemia. Por un lado ha acelerado la tendencia ya irreversible hacia la incorporación al mundo digital y por otro ha revalorizado el valor del periodismo.

Las redes, como es notorio, son un protagonista invasivo y creciente. Su impacto ha sido enorme en todas las dimensiones posibles y una -no menor- ha sido sobre la democracia. Han creado la falsa ilusión de que el ciudadano no precisa intermediarios que lo representen, sean partidos políticos o asociaciones civiles o religiosas. Él manda un "post" de Facebook cuestionando a su gobierno, un repentino mensaje de Whatsapp o un "tuit" y se imagina que es parte del diálogo universal. Esto ha debilitado el valor del concepto de "representación" en la democracia.

En términos generales, por otra parte, siendo esas redes una amplia carretera donde todo por allí circula, tanto lo bueno como lo malo, la desinformación, la difamación o la manipulación se instalan con enorme facilidad.

Al irrumpir la crisis, el ciudadano preocupado, atemorizado incluso, ha procurado información cierta, responsable, y opiniones autorizadas. De este modo, el periodismo creció exponencialmente, en los informativos de radio o televisión o en los periódicos, fundamentalmente digitales.

En nuestro país, donde el periodismo es plural y hasta multitudinario, el ciudadano uruguayo tiene fuentes a su disposición desde todos los ángulos de la opinión. Sin embargo, no faltan los debates sobre su naturaleza.

Estos días, sin ir más lejos, el designado director de los servicios audiovisuales oficiales, Gerardo Sotelo, ha sido acusado de algo así como censor por haber dicho que los periodistas debían consultar a su jefe de redacción. Lo que es natural en cualquier medio, y más en los oficiales, desata las iras de los que en los últimos tiempos se han considerado dueños excluyentes de las redes oficiales y permanecen omnipresentes en las privadas. ¿Qué medio del mundo no tiene una dirección con una línea editorial y orientación informativa propia? ¿Cuál no tiene luego, en su escalón siguiente, un jefe de redacción o editor que organiza el trabajo, dispone las notas y las aprueba o no? ¿Dónde está el medio en que el periodista individual hace lo que quiere o publica lo que se le antoja?

El caso quizás más sonado de un periodismo que terminó derribando un Presidente de los EE.UU, es el de Watergate con Nixon. Es notorio cómo dos jóvenes periodistas de gran responsabilidad, Bob Woodward y Carl Berstein, consultaban con su editor, el célebre Ben Bradley, paso a paso su trabajo. Bradley fue quien los apoyó en la medida que se convenció de que estaban en la verdad y se ajustaba el planteo a la línea del Washington Post. De no ser así, no habrían salido en un diario cuya responsabilidad -y esto es fundamental- también estaba en juego.

Lo paradójico es que quienes han puesto el grito en el cielo son, justamente, quienes estos años han usado y abusado de su posición en el gobierno. O como quienes dicen que hoy existe un desvío de la prensa hacia el oficialismo, que se riñe absolutamente con la verdad. Sin ir más lejos, en ningún lugar del mundo una central sindical, que es claramente opositora al gobierno, tiene los espacios que en nuestro país se le atribuyen. Y no hay programa de radio o televisión en que los voceros opositores no estén presentes en posición relevante, en la búsqueda de instalar debates donde no siempre está presente "la otra campana". No nos quejamos, porque con tantos años de redacción como cargamos, tenemos claro que la vieja norma es que "si un perro muerde a un hombre no interesa y si el hombre muerde al perro sí", porque es lo distinto, lo diferente, lo que se supone tiene "más gancho".

A entender entonces lo que es el periodismo de verdad, en la esperanza de que los medios oficiales ganen en calidad, sean más atractivos, llenen los espacios que no siempre colman los medios privados y actúen con equilibrio. El periodista es como el historiador, no puede alcanzar la "objetividad absoluta", pero puede y debe actuar con "intención de verdad" .




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