Edición Nº 1069 - Viernes 20 de febrero de 2026

Sigue vigente el paradigma de los dos Estados

El renovado modelo de "paz" entre Israel y los palestinos subestima la fuerza del enraizado sentimiento nacional de los dos pueblos, y la magnitud de la desconfianza entre ellos, sostiene el politólogo francés de origen argelino Sami Naïr, en la columna que deseamos compartir.

En los años setenta y ochenta, la posición oficial de la resistencia palestina armada rechazaba reconocer al Estado israelí mientras este negara sus derechos; Al Fatah, presidida por Arafat, abogaba por la creación de un Estado laico binacional, en el que ambos pueblos cohabitarían. Solución a la que Israel se oponía firmemente, porque significaría, a medio plazo, su desaparición como nación judía bajo el dinamismo demográfico palestino; cierto que, en aquella época, tampoco quiso reconocer al pueblo palestino como tal. En los noventa, las partes contendientes, bajo la batuta norteamericana, consensuaron en Oslo un nuevo paradigma de encuentro basado en el principio de "paz por territorios". Se dio carta de naturaleza a Palestina; Cisjordania y Gaza fueron declarados territorios bajo soberanía de una "Autoridad Palestina", a cambio del reconocimiento del Estado israelí (nunca aceptado por Hamás). Arabia Saudí, nueva potencia regional, hizo adoptar esta idea por la Liga Árabe: un "plan árabe de paz" que proponía dos naciones vecinas, una palestina y otra israelí. Pero, en las tres últimas décadas, la derecha israelí, adosada a la extrema derecha, y un Hamás islamista en las filas palestinas, frustraron el proyecto.

Hoy el tono está cambiando. En algunas cancillerías occidentales se anuncia que el proceso de paz está empantanado, porque el escenario de Oriente Próximo ha sufrido una transformación radical tras el enfrentamiento entre Irán y Arabia Saudí, la desaparición de un mundo árabe solidario, y, para los palestinos, la guerra interna entre Hamás y una Autoridad Palestina minada por la corrupción y la impotencia. Además, el eufemístico plan de paz propuesto por Donald Trump legitima la colonización israelí, y coloca a los palestinos fuera del tablero. Ante esta coyuntura, muchos palestinos, decepcionados por sus representantes, y parte de los israelíes demócratas, defenderían ahora apostar por la construcción de un Estado binacional. El embajador de Francia en Israel, Eric Danon, ha apoyado recientemente esta idea.

¿Consentirá Israel añadir a los casi 1,9 millones de ciudadanos árabes palestinos otros millones que residen en los territorios ocupados? ¿Admitirá Palestina mantener, dentro de ese nuevo formato de Estado, una situación de apartheid, que se rebautizaría con la expresión binacional? ¿Qué hacer con los palestinos refugiados, también millones en los países vecinos? Realmente, el renovado modelo de paz supondrá recolocar el mismo estado de cosas, aunque puede satisfacer y entretener el espíritu de cancillerías occidentales por parecerles formalmente justo. En una palabra, subestima la fuerza del enraizado sentimiento nacional de los dos pueblos, y la magnitud de la desconfianza entre ellos. Puede que el proceso de paz esté paralizado, pero el paradigma de los dos Estados, como tales, no caduca. Es el único punto de partida para una solución realista de paz.




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