"Si alcanzamos una cumbre, siempre hay otra más allá..."

Por Desirée Pagliarini

Esa frase que evoca parte de la melodiosa sinfonía del Partido Colorado, curiosamente resume muy bien lo que sucede en materia de diversidad en el Uruguay; un tema que por momentos parece haberse estabilizado gracias a los logros obtenidos, y que, sin embargo, por otros, repentinamente nos devuelve a la realidad de encontrarnos muy lejos de vivir en una sociedad abierta y tolerante.

Basta con asistir a reuniones, mantener conversaciones en diferentes ámbitos (desde laborales a familiares) o participar de alguna organización, para notar que la sociedad no va de la mano con la evolución legislativa que ha tenido nuestro país en cuanto a búsqueda de igualdad social. ¿Quién no ha escuchado decir “Ah, cierto que ya no se les puede decir putos”, como en tono de queja, o un “Es que ahora pueden casarse”, con un aire de resignación. Expresiones que denotan un malestar escondido detrás de una actitud de aceptación fingida.

Lo que determina en gran medida que, aun cuando jurídicamente se entendió la necesidad de encuadrar los derechos en un marco de igualdad a efectos de extender los beneficios a todos por igual, sin importar la orientación sexual o identidad de género, muchas personas no han logrado comprender cuál es la real esencia de esta bandera social. Sigue siendo una “asignatura pendiente” que se tolere a quienes promulgan gustos distintos, que se comprenda que es parte de la naturaleza humana ser “diverso”, en vez de resignarse a tolerar por miedo al escrache público.

Y dicho esto, muchos se preguntarán, ¿es que el Estado debe obligarnos a pensar de otra forma? ¿No sería esa, acaso, una manera de adoctrinar en una ideología específica (en este caso, ideología pro-diversidad)? A ello puedo contestar enfáticamente que nada es blanco y negro en esta vida: sí, hay una ideología, pero, no un adoctrinamiento. Y paso a explicarlo.

Las ideologías no escapan a las personas y, por tanto, menos escapan a las colectividades. Vivimos dentro de un sistema social organizado; un contrato social, diría Rousseau. Este contrato, elaborado bajo los lineamientos de sus habitantes, está informado por una ideología, cuyo énfasis dependerá eventualmente del gobierno de turno. Pero ya fuere un gobierno más tendiente al conservadurismo o el liberalismo, siempre mantendrá una ideología predominante. Así que, en vez de temerle a las ideas políticas, se vuelve imperioso convivir con ellas, volviéndonos actores responsables en su constitución.

Entonces sí, efectivamente hay una ideología de por medio en el tema diversidad, así como en cualquier otro tema de agenda política y social. Cuestión que, por lo manifestado antes, es natural y común en cualesquiera de los colectivos que componen una nación.

No obstante, lo que no es sano —y no debería admitirse— es que se nos intente adoctrinar como sociedad. Esto se traduce en que el gobierno de turno nos exija pensar de determinada manera a toda costa y nos busque “educar” forzosamente, violentando nuestra libertad de pensamiento y/o culto.

Pongo un ejemplo claro: si un comerciante se niega a venderle algo de su negocio a un individuo por su orientación sexual, ¿es una discriminación? Si, lo es, y como tal, para quienes logramos ver el sentido de vivir en un mundo diverso, sin que signifique convivir en un mundo dañino, nos molesta y parece reprochable. Sin embargo, es igual de reprochable obligarlo a venderle a quien no desea, sea por el motivo que fuere. Ese no es el camino, puesto que sería el más sencillo, pero también el más autoritario.

Coaccionarlo a cumplir, obligándolo a recibir charlas antidiscriminatorias, sería un acto de adoctrinamiento. Por más que, a muchos nos tiente desear que se le imparta un intento de concientización, en realidad, avalarlo, sería estar de acuerdo con un adoctrinamiento ideológico. Y eso es contrario a Derecho.

Por otro lado, podemos aprovechar ese mismo Estado de Derecho en el cual vivimos para crear conciencia de otro modo, con responsabilidad y libertad.

Cuestiones como organizarnos en grupos y armar charlas o ponencias donde se transmita la importancia de vivir en tolerancia, es una forma de ayudar a romper con cánones arcaicos sin caer en acciones afirmativas que terminan siendo igual de discriminatorias que los problemas originales.

Ser respetuosos, amables y, sobretodo, buscar hacer comprender a cada individuo la importancia de aceptar la diversidad como algo propio de la vida, para que éste lo comience a naturalizar y, poco a poco, vaya dando una mano para propagar esta forma de ver el mundo.

No nos cuesta nada detenernos a charlar con otros y explicarles por qué nos resulta productivo y útil una nación abierta y receptiva a las diferencias, creando verdadera conciencia antropológica del tema.

¿Y qué mejor vía para esta tarea que la educación? Tal vez cueste un poco más educar que agotar las vías coercitivas, pero sin duda es el camino más seguro y también el más respetuoso de todos los derechos, tanto de quienes desean ser aceptados con sus diversidades, como para quienes se ven a sí mismos en un plan más conservador.

Por eso, en este mes del orgullo diverso, invito a todos a conquistar otra cumbre: la del entendimiento. Ir más allá, es decir, no sólo tolerar que otros sean distintos a nosotros porque la ley así lo dicte, sino esforzarnos a escudriñar el porqué y aun cuando concluyamos que no estamos de acuerdo, por lo menos reconocernos como mortales, no poseedores de la verdad absoluta.

Es sabido que los trabajos que gozan de mayor complejidad son los que refieren a modificar estructuras conceptuales de antaño. Por eso mismo, crear conciencia sustancial sobre el respeto a la diversidad dentro de una sociedad ya armada, no escapa de semejante dificultad. No obstante, vale recordar que, muchas veces, las cumbres más altas son las que más contribuyen a una humanidad más justa.



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