Sanguinetti desde el llano

Por Luis Hierro López

Como don Julio no lee estas columnas antes de ser publicadas, me permito volcar, con total independencia de criterio, algunas reflexiones políticas sobre el significado de su candidatura. Tampoco otros editores o compañeros de Correo han revisado estas opiniones. Esto es lo que pienso.

Esta nota podría haberse titulado, también, la constancia de un luchador, dado que lo primero que debemos reconocer es el sentido del cumplimiento del deber que representa el episodio. A lo largo de la historia, los líderes colorados, desde don Frutos Rivera hasta Jorge Batlle, han demostrado siempre ese espíritu, sobre todo en las circunstancias más difíciles. Sanguinetti no podía escapar a ese compromiso. Ni su edad, ni su anuncio anterior de que no volvería a ser candidato, ni la razonable reticencia de su familia, ni su vocación por los libros y las tareas intelectuales, fueron vallas suficientes ante la convocatoria a la lucha.

En segundo término, es necesario señalar que la candidatura nace desde el llano. Se ha hablado de la maquinaria o de la estructura, más tradicional o más nueva. Nada de eso había, en realidad, cuando hace unos meses varios dirigentes fuimos a reclamar su presencia. Excepto la notoria singularidad de la Intendencia de Rivera y la militancia incansable de Tabaré Viera, el sector no tenía –ni tiene– una estructura política típica. La remontada viene desde el llano, lo que hace que la campaña sea más digna.

Se trata de un combate por las ideas, no por los cargos. La idea de reivindicar a la República y a sus valores, tan maltratados en este tiempo. La idea de establecer una coalición que haga viable un gobierno de alternativa. La idea de hacer del Partido Colorado una opción decisiva en la próxima elección, como ya se está vislumbrando que efectivamente será.

Sanguinetti no representa, por lo tanto, la “restauración conservadora”, como quiere presentársele desde el Frente Amplio y como algún colorado repitió quizás sin medir las palabras. Por el contrario, la corriente que encabeza el expresidente es garantía del cambio, porque si el país no cambia estará condenado a la mediocridad. Hay que cambiar al gobierno, hay que cambiar los elencos gubernamentales, hay que cambiar la integración del Parlamento. Hay que cambiar la mentalidad predominante.

En ese sentido, el candidato ha marcado los principales objetivos. Al sostener que la segunda vuelta electoral se resolverá entre quienes siguen sin aceptar que Venezuela es una dictadura y quienes sostenemos lo contrario, no está diciendo Julio que la desgraciada situación del país caribeño sea el tema preferido de la campaña, sino que todavía hay una porción de uruguayos – enquistada en el gobierno y en el aparato sindical– que no cree auténticamente en la democracia.

Uruguay debe cambiar frontalmente su actitud, y pasar del encierro en el que vive a la mayor apertura posible, que no sólo debe ser comercial, sino, y en todo sentido, intelectual. La gran reforma que debe hacer el país es conectarse intensamente con la revolución tecnológica que vive el mundo y eso supone un profundo cambio de mentalidad. Esa apertura requiere cambios en la producción, en las relaciones laborales, en el sentido que le damos a la competitividad y una actualización del pesado aparato estatal. Allí nos jugamos nuestro destino. A sus 83 años, el viejo líder no nos propone volver a las soluciones ortodoxas del Batllismo, sino a abrir nuestras cabezas al nuevo tiempo.

Por lo tanto, la transformación de la Enseñanza será uno de los principales desafíos del nuevo gobierno. El candidato de “Batllistas” es precisamente el político uruguayo que tiene más y mejores credenciales para liderar una coalición que proponga cambios sustanciales en la orientación y en el gobierno de la Enseñanza. Se trata de una tarea magna que va a requerir visión de Estado, enorme habilidad y crédito para organizar grandes acuerdos políticos y perseverancia en la acción transformadora, requisitos para superar la oposición de los sectores más conservadores, que ya detuvieron anteriormente las reformas educativas de 1995 pero que en 2020 ya no podrán tener aquella fuerza negativa.

Julio ha explicado que para ser candidato a presidente no alcanza con la decisión personal, sino que hay que tener profundas motivaciones que se vinculen al destino del país. En 1984 le animaba “el cambio en paz”. En 1994 le inspiró la necesidad de impulsar las grandes reformas, como en la Educación y en la seguridad social. Ahora sus motivaciones son claras y no refieren a su persona, ni siquiera a su grupo. Refieren al porvenir de los uruguayos.

Sanguinetti garantiza la futura gobernabilidad, le propone al país un rumbo y provoca esperanzas.

Todo lo que es la mejor reivindicación posible de las virtudes de la política.



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