Requiem para una estrategia
Por Julio María Sanguinetti
Todo fueron mieles al principio pero, a poco de andar, los resultados empezaron a ser esquivos. Se firmó un compromiso para instalar una planta regasificadora de gas licuado y la Argentina emprendió sola su construcción; intentamos comprar energía más barata en Paraguay, pero Argentina se negó a que pasara por su sistema de trasmisión; el comercio comenzó a bajar por las restricciones argentinas (el año pasado Uruguay le compró a Argentina 2.000 millones de dólares y sólo le vendió 500); el gobierno argentino denunció ante la OCDE a Uruguay como “paraíso fiscal” y se terminó firmando un peligrosísimo acuerdo de intercambio de información con una AFIP que es una verdadera Gestapo; las historias de los dragados fueron truculentas, no sólo por el fracaso en la gestión sino también por un escándalo en que el Canciller Timerman, por nota, destrató a nuestro país. La enumeración podría seguir hasta el increíble episodio en que el juez argentino Norberto Oyarbide, en nuestra Zonamérica, realizó un abusivo procedimiento que provocó el alejamiento de uno de los principales bancos canadienses.
A esta altura, desatado nuevamente el conflicto por UPM, está claro que la condescendencia con Argentina no da frutos. Cada gesto ha sido tomado como debilidad. Y lo mismo pasa ahora en que los agravios del Canciller argentino son respondidos con el silencio. Con todas las letras acusa a nuestro gobierno de ser títeres del lobby de una multinacional y aquí nadie se da por ofendido.
No hablamos de “pecherear”, como dice el Presidente, porque ese verbo no se conjuga en las relaciones internacionales. Hablamos de informar, discutir, explicar, proponer. Sin responder agravio por agravio, apelando a la opinión pública argentina, que mayoritariamente no está dispuesta a creer en cualquier fábula que le cuente un gobierno con poca credibilidad.
La falta de respeto no es admisible. La grosera tergiversación de los hechos, tampoco. Por eso nos parece un error que el gobierno haya retaceado el aumento de producción solicitado y le haya impuesto nuevas medidas ambientales que sólo han servido para que el Canciller argentino diga que son la prueba de que hacemos ahora lo que debimos hacer antes. Las concesiones deben ser recíprocas y si no hay reciprocidad, no se deben otorgar graciosamente. Es la regla de oro de cualquier negociación.
Estar callado mientras recibimos andanadas de agravios y falsedades es indigno e ineficaz. Indigno, porque nuestro país merece el mismo respeto que otorga a todo Estado, especialmente uno vecino. Ineficaz, porque lejos de merecer algún agradecimiento por nuestra prudencia, se avanza aún más en el camino de la amenaza y el agravio.
La estrategia de la condescendencia se derrumbó. La presunta afinidad política no ha ayudado en nada. Sin arrebatos pero con firmeza hay que sostener nuestra posición, asentada ahora en datos científicos que muestran que en todos estos años no se han violado los parámetros ambientales. Que son, por otra parte, mucho más negativos en la desembocadura del río Gualeguaychú.
Personalmente, hemos defendido el interés nacional en todos los medios argentinos que nos dieron esa oportunidad. Lamentamos que no lo haga nuestro gobierno, difundiendo claramente los datos fehacientes. Las publicaciones tergiversadas del Canciller argentino nos eximen de toda reserva. Hay que hacer resplandecer la verdad, para que la opinión argentina entienda que la gente de Gualeguaychú está manipulada por la desinformación y que nuestro país posee una actitud responsable ante el ambiente, con servicios serios y conductas apropiadas.
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