"Renunciar" al poder, la mejor manera de conquistarlo

En la cultura política peronista, en el sistema de valores de la tradición populista, el victimismo es un sabroso capital político; escapar de la ley de los hombres es la vía más eficaz para invocar la ley de Dios, asegura el historiador Loris Zanatta en su habitual columna para La Nación que compartimos.

¿Qué hará Cristina Kirchner? Pasan los años, cambian las estaciones, estallan las guerras y aquí estamos, siempre haciéndonos la misma pregunta. Algo está mal. En un sistema democrático sólido, la pregunta no tendría sentido, la respuesta sería obvia: gritada la ira, descargados los nervios, contratará a los mejores abogados, apelará a la corte de segunda instancia, preparará una defensa convincente. Si puede, si tiene argumentos. Amén. Así funciona el Estado de Derecho, así suele pasar, así lo hizo Silvio Berlusconi en mi país, por citar un caso. ¿Tenía alguna razón para sentirse perseguido? Las tenía y en muchos casos fue absuelto. ¿Fue también condenado? Lo fue y cumplió la pena. ¿Qué más podía hacer?

Me gusta pensar que eso es lo que hará Cristina Kirchner, pero lo dudo. Ojalá me equivoque, pero si en muchos años de estudio he entendido algo de la mentalidad peronista, si no he perdido el tiempo tratando de descifrar la visión populista del mundo, supongo que hará lo contrario, me imagino que intentará jugar el rol de Cristo. Así es, de Cristo. ¿Nada menos? ¡Nada menos! Se hará pasar por Cristo crucificado, por quien lleva la cruz para salvar al "pueblo". Utilizará símbolos religiosos para lanzar al "pueblo de Dios" contra las instituciones de los fariseos. ¿No dijo que la Virgen la había salvado del atentado? ¿No exhibe un rosario al cuello? ¿No vive en un "santuario"? ¿No tiene a unos cuantos religiosos dispuestos a beatificarla? Confía en tocar así una fibra sensible y profunda de la "cultura popular", especula sobre la fragilidad del vínculo entre "pueblo" y democracia. ¿Con qué fin? La resurrección, ¡qué diablos! Cristina Kirchner no pretende sacrificarse y desaparecer, sino resucitar y reinar.

De ser así, no será la primera ni me temo la última en recitar este antiguo guion político: sacrificio, expiación, redención, Reino. Funciona de maravilla en países de profunda herencia religiosa, refractarios a una visión secular del mundo. No hay líder populista latinoamericano que no lo haya empleado: fantasía cero. Eva Perón, por ejemplo. ¿Por qué no, si estaba rodeada de astutos clérigos? Seguro que Cristina Kirchner la tiene en mente. ¿Alguien sigue creyendo que el "día del renunciamiento" fue de verdad montado para renunciar? Al contrario: la CGT reunió al "pueblo" para rogar a "la mártir", en la cruz por los militares que la vetaban, que se candidateara de todos modos. La renuncia fingida era la premisa de la resurrección verdadera, ungida por el "pueblo". Fue Perón, realista y despiadado, quien malogró el milagro, para salvar su régimen. Le ordenó que se retirara: "te vas a morir", dicen que le dijo. Él mismo, por otro lado, interpretó el papel, fingiéndose pobre cordero para regresar como lobo vengativo. El 31 de agosto de 1955 renunció como presidente. ¿En serio? ¡Qué va! Como se esperaba y él anhelaba, el "pueblo" peronista "le impuso" permanecer en el poder. Desde donde dio el más violento de sus violentos discursos: cualquiera que sea descubierto intentando atentar contra la autoridad, dijo, "podrá ser muerto por cualquier argentino". Y luego: "Por cada uno de los nuestros que caigan, caerán cinco de ellos".

Incluso Fidel Castro, créase o no, renunció a todos los cargos. También él, en el papel de Cristo, se inmoló en la cruz llamando al "pueblo" a que lo liberara. Sabía lo que estaba haciendo: ¡había crecido a pan y Biblia! Si el comunismo era el nuevo cristianismo, como decía, él era el nuevo Cristo. Así fue como se deshizo del presidente Urrutia, una piedra en el zapato. "Fidel ha dimitido", gritó la prensa. Salió en la televisión, acusó al enemigo, convocó a una huelga general: media hora y estaba de vuelta en el poder; poder absoluto, claro. Resucitado y revestido de aura sagrada, mártir y redentor. La historia latinoamericana está llena de casos similares. Y no solo ella. Donde la política es religión, la religión es un instrumento político, donde el "pueblo" es "pueblo de Dios" antes que "pueblo de la Constitución", la Constitución siempre será violada en nombre del "pueblo". ¿Por qué Cristina Kirchner, criada en esa escuela, debería comportarse de otra manera?

En la cultura política peronista, en el sistema de valores de la tradición populista, en las raíces religiosas del imaginario popular que en ella se identifica, la renuncia, el sacrificio, el martirio son las mayores virtudes. El victimismo es, por tanto, un sabroso capital político. "Renunciar" al poder se vuelve así la mejor manera de conquistarlo, hacerse la víctima es la forma más efectiva de lograr consensos, escapar de la ley de los hombres es la vía más eficaz para invocar la ley de Dios.

El político argentino en busca de popularidad debe "quitar", no exhibir, debe "descamisarse", profesar ser "humilde" y "desinteresado", "pobre" y "sencillo". No importa si realmente lo es. ¿Evita era humilde? ¿Cristina Kirchner es una víctima? De pobreza mejor no hablar; de sencillez, menos aún. Importa que así aparezcan a los ojos del "pueblo fiel"; que sus símbolos, ritos, consignas hagan vibrar sus sueños, esperanzas, emociones; que logren provocar ese antiguo impulso: martirio y redención, sacrificio y resurrección. ¿Qué importan sus abrigos de pieles y sus trajes de moda? ¿Sus propiedades y cuentas bancarias? ¿Acaso los sacerdotes no usan paramentos suntuosos? ¿Los ornamentos litúrgicos no están hechos de metales preciosos? ¿No es el púlpito el antepasado de los balcones y de los discursos en cadena?

Si ese es el caso, entonces estamos frente a un pasaje importante en la historia argentina, en una encrucijada clave para la cultura política nacional. Si Cristina Kirchner realmente reaccionara así, si apelara seriamente a esa herencia atávica y poderosa, descubriría si todavía funciona. Y nosotros con ella. Sabríamos si el "pueblo" que ella invoca sigue existiendo, si todavía es numeroso y ferviente, creyente y devoto como para seguirla más allá de las columnas de Hércules de la legalidad democrática. No creo que le aguarde la suerte de Jânio Quadros: dejó por sorpresa la presidencia brasileña en 1961 invocando su "predestinación cristiana", permaneció horas esperando que "o povo" saliera a la calle a redimirlo, pero no pasó nada. El pueblo tenía otras cosas que hacer, otros temas en que pensar.

Cristina tendrá, seguramente, su plaza llena, su estadio adorador, ¿qué duda cabe? Pero si todo se acabara ahí, si la ley siguiera su curso y las elecciones le dieran un castigo, también tendría que preguntarse, como Quadros, ¿dónde está el pueblo? La era comenzada en 1945 podría entonces considerarse finalmente cerrada. 




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