Edición Nº 1098 - Viernes 18 de setiembre de 2026

Razón y emoción batllistas

Por Julio María Sanguinetti

El Día del Patrimonio inauguramos en la Casa del Partido Colorado, en Montevideo, una pintura mural de 3 metros por 2, del artista Miguel Battegazore. El viejo patio de entrada pasó a ser otro, por el colorido de un cuadro que impacta, con la atracción de las tres figuras de Don Pepe, pintadas en diagonal ascendente, de izquierda a derecha, de abajo hacia arriba, como expresión de su primera presidencia, su segunda presidencia y su posteridad.

En el acto participaron el Ministro de Educación y Cultura Pablo Da Silveira y la Subsecretaria Ana Ribeiro, porque la calidad de la obra, que se incorporaba a una casa histórica como la nuestra, era un acontecimiento cultural, más allá de lo político. Para nosotros, sin embargo, colorados y batllistas, el cuadro emociona porque es una síntesis de nuestra colectividad en una inesperada visión artística. Y decimos inesperada porque es muy difícil imaginar que una obra de calidad estética pueda, al mismo tiempo, sin caer en un panfleto como pasó con la pintura soviética, expresar a la vez sentimiento e ideas. Lo que es aún más sorprendente en una obra con una estructura formal constructivista, con los lenguajes de Torres García, a los que recurre el autor tratando deliberadamente de no caer en una lectura simplemente historicista. Para nosotros es muy conmovedor el "ícono", el gran ícono, de la figura de Don Pepe enfundado en su clásico sobretodo y, en su fondo, la obra monumental de los años que van de 1900 a 1930. Es la emoción de lo racional, de lo clásico, de lo equilibrado.

Una estructura constructivista permite, con formas geométricas, colores y letras, definir a Batlle y al tiempo histórico del que fue "creador", como dijera Milton Vanger. El autor considera que lo fundamental es la conquista del equilibrio democrático en ese período, por eso es que para él resulta fundamental responder a un orden clásico, equilibrado. De ahí que establece en el centro un eje ordenador. En la parte superior aparecen los símbolos del escudo nacional, luego -hacia abajo- la definición temporal del período (1900 - 1930), el Palacio Legislativo, como expresión simbólica del edificio democrático, la segunda figura de Don Pepe, encima de la definición de sus períodos presidenciales. Y el pie se configura con los tres símbolos clásicos de Torres García: el pez (que es el actuar), el triángulo (que es el pensar) y el corazón (que es el sentir), pintados en los tres colores primarios, rojo, azul y amarillo.

A la izquierda de ese tronco central aparecen las letras representativas del siglo XIX; con referencia a los años de subversiones institucionales a las que se pone fin. Y a la derecha el siglo XX, "equilibrio, razón, naturaleza". Lo de las letras es fundamental en la concepción estética del autor, que deliberadamente se aparta de letras tipográficas para emplear una escritura más primitiva, con la imperfección de la mano. La escritura está en el corazón mismo de la democracia, que es básicamente un diálogo.

En el amplio sector izquierdo del cuadro aparece el Batlle inicial: los símbolos gráficos del diario El Día, el Partido Colorado y la Quinta de Piedras Blancas, se acompañan con las letras que describen ese momento. Aparece el liderazgo colorado, el Molino de la Aguada de los Batlle, Caruso como fotógrafo (porque, así como Blanes estampó a Artigas para siempre, él lo hizo con su foto de Don Pepe). Al mismo tiempo, los principales avances de su vida, con el Estado como "árbitro de los conflictos sociales", el "equilibrio de capital y trabajo" y sus principales realizaciones: el salario mínimo, las pensiones a la vejez, la jornada de 8 horas, la legislación laboral. También aparece la reestructuación del Estado, el "equilibrio público privado" y las empresas del Estado. Del mismo modo el equilibrio campo-ciudad con la "Facultad de Veterinaria" y el "uso intensivo de la tierra".

Es el período de construcción y avance inicial. Luego, a la derecha del cuadro, se van ordenando otros aspectos, no solo de la vida del Batllismo sino del país que florece culturalmente: Carlos Vaz Ferreira, José Enrique Rodó, Eduardo Fabini, Pedro Figari (con referencia a su obra filosófica y a la abolición de la pena de muerte), Rafael Barradas, María Eugenia Vaz Ferreira, Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou, Jules Supervielle, Petrona Viera, Jose Cúneo, Horacio Quiroga, Antonio Pena, Julio Vilamajó, Eduardo Acevedo Díaz (que aparece dos veces: en el inicio, cuando promovió a Batlle a la Presidencia, y luego como autor de la novela histórica), José Alonso y Trelles y, cerrando el espacio, abajo, la Torre del Estadio y el arquitecto Scasso. Delíberadamente elude a las figuras del liderazgo político y económico, salvo Domingo Arena (que es también escritor), para no transformar las letras en un relato sino en una expresión simbólica de una cultura y una nueva democracia.

No faltan, sin embargo, los adversarios intelectuales, que dialécticamente forjan su tiempo: Emilio Frugoni y Luis Alberto de Herrera, con referencia a su libro sobre la Revolución Francesa y "La Tierra Charrúa".

Están presentes también las grandes causas, como los liceos departamentales, la Universidad Femenina, los grandes pasos feministas, la ley de divorcio, recordando incluso el seudónimo Laura con el que se firmaba Don Pepe. No falta la política internacional, donde aparecen desde el arbitraje internacional hasta el condominio de las aguas del Río de la Plata y el panamericanismo. Siempre están las letras y los signos. En el caso del "equilibrio internacional", por ejemplo, aparecen el caballo del escudo, la libertad,y la fortaleza, la fuerza, o sea, la soberanía. Cuando refiere al tema femenino, el símbolo de mujer, cuando registra el orden estatal y la secularización, una columna griega.

Todo esto no es retórica. Quien observa el cuadro, disfruta de un notable manejo del color, la figura dominante de Don Pepe, en tres colores diferentes. Pero luego quien medita frente a la obra, se encuentra con el Uruguay notable del gran momento en que se configura el Estado moderno. Las propias imágenes de Batlle: la primera alude al ordenamiento del Estado luego de la paz; la segunda alude a una conciencia cívica, de ahí los escritores; la tercera ya es el imaginario poético y musical, otro plano de vida.

Hay varias lecturas, entonces, que van más allá, incluso de la que quiso ofrecer el autor. De ahí que para nosotros haya pasado a ser ya un ícono, ahora de nuestra casa. Está la emoción de sentirse parte de algo tan grande, tan importante.

En estos días de octubre, en que el 20 recordamos el fallecimiento de Don Pepe en 1929, nos encontramos con esta dimensión nueva de la emoción, algo distinto, desde un ángulo inesperado como es el arte; y de un arte muy geométrico, sin claroscuros dramáticos. No estamos recordando hoy la pérdida de Batlle, sino constatando su eternidad, su permanencia, su vigencia, en las instituciones y en los grandes ideales de la República.




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