Por LA LIBRERIA
Penguin Random House, 153 páginas, año 2023. Por Julio María Sanguinetti.
Julio María Sanguinetti (Montevideo, 1936). Es abogado y periodista, ha sido presidente de la República por dos períodos (1985-1990, 1995-2000). Anteriormente fue diputado (1963-1973), Ministro de Industria y Comercio (1969-1971, y de Educación y Cultura (1972). Presidió el Centro Regional para el Fomento del Libro de Unesco (1975-1984), el Consejo de la Universidad para la Paz de Naciones Unidas (2007-2011) y la Comisión Nacional de Bellas Artes (1967-1973). Fundó y preside, desde 1996, el Círculo de Montevideo. Actualmente, es Secretario General del Partido Colorado y escribe habitualmente para La Nación de Buenos Aires y El País de Montevideo.
Es autor de una amplia bibliografía sobre temas históricos, artísticos y jurídicos. Entre numerosas obras se destacan: "La trinchera de Occidente"; "El cronista y la historia"; "Luis Batlle Berres. El Uruguay del optimismo"; "La Reconquista"; "La agonía de una democracia"; "La fuerza de las ideas. La impronta del Estado batllista en la identidad nacional".
De forma amena, pero rigurosa, en este nuevo libro Sanguinetti narra con precisión los hechos que dieron comienzo al golpe de Estado de 1973, sus antecedentes, las distintas miradas políticas de los acontecimientos y las teorías interpretativas que, intentando soslayar los errores de la izquierda, se apartan de lo que Hanna Arendt definió como "la majestad de los hechos".
Bajo esa premisa -de "hechos descarnados" -, Sanguinetti sitúa los acontecimientos de febrero de 1973 dentro del amplio escenario de la Guerra Fría entre EEUU y la Unión Soviética. "No siempre queda claro que esencialmente fue una batalla de ideas y hegemonías", sostiene el autor al respecto, aclarando, no obstante, que lo que "en Europa o EEUU no pasó de ser escenográfico [...] en América Latina costó mucha sangre".
El "Uruguay del optimismo", que caracterizó a las administraciones de Don Luis Batlle, se había desvanecido, las circunstancias económicas mundiales ponían en jaque nuestras exportaciones, el "Estado benefactor" crujía. En ese ambiente, dice Sanguinetti, encuentran tierra fértil el resplandor revolucionario de Cuba y las teorías de Régis Debray y Hebert Marcuse, que llevaron al propio "Che" Guevara a la muerte en Bolivia.
Con honestidad intelectual, el autor no soslaya que los gobiernos nacionalistas, así como los de Gestido, Pacheco Areco y Bordaberry, llevaron adelante políticas económicas y sociales que podrían ser "discutibles"; no obstante, enfatiza: "[...] buenas o malas, ninguna de esas políticas ameritaba un movimiento de violencia armada que desatara lo que desató. Tampoco una acción gremial que también se sentía revolucionaria".
"Seamos claros", dice Sanguinetti, "el golpe lo dieron los militares". Sin embargo, aclara, "[...] no puede dejarse de lado de un carpetazo es que no entraron en escena por decisión propia, sino como consecuencia inocultable de un proceso que, inspirado en la mística revolucionaria, había llevado a unos a la violencia política y a otros a radicalizar el sindicalismo, que por sus características organizativas y su constante acción (paros, ocupaciones, peajes, asambleas) generaba una atmósfera de desestabilización, acaso más perturbadora, en la vida diaria, que la propia subversión..."
Otro aspecto inocultable, que Sanguinetti documenta exhaustivamente, es la confusión de la izquierda, que, confiada en que los militares insurrectos llevarían adelante un gobierno de inspiración nacionalista y marxista, no dudó en apoyar explícitamente a los golpistas, una vez desconocieron al mando político. Basta con revisar el amplio acervo documental que Sanguinetti trascribe y pone a disposición del lector. El diario comunista El Popular, por ejemplo, sostenía en su edición del 11 de febrero:
"Nosotros hemos dicho que el problema no es el dilema entre poder civil y poder militar; que la divisoria es entre oligarquía y pueblo, y que dentro de éste caben indudablemente todos los militares patriotas que estén con la causa del pueblo [...] Hoy como siempre creemos que para la obra de auténtica recuperación nacional se necesita el esfuerzo de todos los orientales honestos, sin distinción de civiles y militares, con la única determinación de ser patriotas y de creer en el pueblo".
Dice Sanguinetti al final, "no se trata hoy de salir a reclamarle cuentas al pasado, porque ellas son incobrables". Sin embargo, aclara con elocuencia: "Cuba sigue allí. Venezuela y Nicaragua intentan de algún modo continuarlos. Perú se tambalea. Volvemos a la confusión, reaparecida en una llamada izquierda que no logra distinguir la libertad del oscurantismo".
En definitiva, un texto fundamental para la comprensión cabal de nuestra historia reciente.