¿Qué partidos políticos debemos ser?

Por Elena Grauert

En los últimos días, la oposición ha pretendido acelerar procesos electorales y claramente se ha lanzado -como en los tiempos de la LUC- a generar una andanada de desinformación que poco hace a la construcción del país, en términos de no provocar grietas.

Evidentemente hay dos mensajes. El anterior y el que se dio, por ejemplo, en la presentación del libro "El Horizonte. Conversaciones sin ruido entre Sanguinetti y Mujica", un reportaje realizado por los periodistas Gabriel Pereira y Alejandro Ferreiro. Allí, la búsqueda de empatía y ciertos acuerdos, aunque en la discrepancia, intenta ser el baluarte que debe defenderse en relación al valor de la política como sistema de diálogo, de partidos sólidos, de la defensa de ideales que van más allá de la coyuntura o la "chacrita".

Ambos líderes creen en el intento de demostrar la posibilidad y la necesidad de no caer ni ahondar la grieta, que lo único que genera es el desprecio por las instituciones, el avasallamiento, que poco ayuda a la construcción y reconocimiento de una identidad en defensa de su gente.

Si miramos hacia los países vecinos, los populismos -ya sean de "izquierda o derecha"- apuestan por el discurso de la revancha, de aplastar al otro, de recurrir permanentemente al "no derecho", ni a la justicia, sino a una forma de linchamiento popular, que lo que generalmente construye es desinformación. Estas situaciones pasan cuando los partidos políticos se diluyen, pierden protagonismo y muchos se generan alrededor de una persona y por ello muchas veces cuando desaparece también lo hace el partido o se deshilacha.

Por tanto, la importancia de los partidos políticos es institucional, porque a través de ellos se da un marco a las personas, muchos son la muestra de pluralismo interno, que promueven la participación de ciudadanos, son formadores de opinión, educadores de la importancia de las instituciones republicanas y democráticas, dan un marco y una representatividad a la voluntad popular, son el medio para acceder a cargos públicos, frente al cual hay un deber de fidelidad y responsabilidad muy importante, siendo un freno a líderes mesiánicos o poderes absolutos, lo cual muy sucintamente demuestra la importancia de los mismos.

Claro está que hay que cuidarlos y hay que cuidar el diálogo. En Uruguay la generación de la Coalición Republicana o el propio Frente Amplio, que es un partido de coalición, sin duda pone a prueba más que nunca la subsistencia y necesidad de dialogo para poder gobernar. Pero independientemente que haya dos coaliciones bien definidas y separadas, eso no puede ser causa, ni justificar, cualquier acción sin mesurar las consecuencias.

El Frente Amplio no puede actuar ni seguir al "son" de un discurso muy combativo, de oponerse a todo, hacer paros generales, o parciales, como el último, hablar contra un proyecto de ley como el de reforma de seguridad social, sin analizarlo, cuando muchos actores como el propio Astori o Mujica, hablaron de la necesidad de la reforma. Dijo Mujica: "Somos un país de gente veterana, con bajísima natalidad y el costo de la seguridad social va en aumento. Hay que decirlo, porque nadie lo va a decir en campaña, que del presupuesto del Estado casi 18% se va en enseñanza, el 12% a salud y enseguida después viene la seguridad social. El gobierno que venga, de cualquier color, se va a encontrar con este postre" (en su alocución dirigida a militantes del Frente Amplio del comité Parque Rodó en abril de 2018). Lo mismo dijo Danilo Astori, en entrevista a radio Sarandí: el próximo gobierno "[...] va a tener que encarar de cualquier manera una reforma importante de la seguridad social".

Por tanto, cuando sale el presidente del PIT-CNT, Abdala, o el presidente del Frente Amplio, Pereira, y pintan un mundo de preocupación, otros dirigentes azuzan intentos de juntar firmas para reformar la Constitución e incluir normas en contra de la reforma, es un mecanismo populista, de no escuchar, de agrandar la grieta, y de colocar al país en una grave situación de peligro. Cuando la verdad es que hay una consenso nacional que es necesario reformar la seguridad social, así como la educación, y oponerse a ello es un acto de mezquindad que sólo puede responder a una invasión filosófica y de acción del Frente Amplio por movimientos que sólo saben responder a una lógica de lucha sindical, donde se defiende un sector, pero no se ve todo el bosque, no se defiende el interés general, no se defiende al ciudadano del futuro. Es eso lo que estamos viendo hoy en la oposición, la defensa equivocada de intentar la destrucción del otro, sin importar o considerar ninguna propuesta.

Cuando hablan contra las AFAP, por ejemplo, en 15 años no las derogaron, pero además la gente en el caso de los cincuentones, en su mayoría no optó por irse de las mismas confió en el sistema, entiende que el mejor sistema es el que se mantiene un pilar de reparto con otro de capitalización individual. No es un sistema inventado, es el que está tratando de hacer funcionar en el mundo, con lo difícil que es prever el futuro del trabajo que se va automatizando y que posiblemente lo que hoy se apruebe deba ser actualizado en unos años, por la dinámica, velocidad y cambio del mismo.

Vivimos en un mundo en que muchas personas creen, de buena fe, que todo se puede prever, que los accidentes se pueden prohibir, que la muerte siempre es evitable y que todos podemos ser felices, pero nada de eso es cierto, ni posible. La seguridad social en la historia devino con la democracia y los sistemas capitalistas, su objeto es intentar dar cierta cobertura a las personas cuando quedan más vulnerables generalmente menores y acianos o enfermos. Pero nada de eso funciona si no hay capacidad de ahorro y riqueza, por lo que el sistema debe ser compatible con el mercado y el mundo en que se vive. Y el deber de los partidos políticos es buscar las soluciones, sin mentir y sin proponer "aventuras irresponsables" que quizás puedan lograr un triunfo pírrico, embarcando al país en una atadura que lo único que logre es aumentar la inseguridad y pobreza para los más desvalidos.




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