Edición Nº 1103 - Viernes 23 de octubre de 2026

Putin y su chantaje nuclear

La Rusia actual emite una continua serie de amenazas nucleares. En Occidente, hoy en día, y a diferencia de lo que ocurría durante la Guerra Fría, se habla de ellas en términos más psicológicos que estratégicos ¿Cómo se siente Putin? ¿Cómo nos sentimos nosotros?, reflexiona el catedrático de Yale Timothy Snyder en una interesante columna para el New York Times que compartimos a continuación.

En los tiempos de Brézhnev -en los años de juventud de Vladimir Putin-, el 9 de mayo era una fecha señalada para el militarismo, de ensalzamiento de las armas y del poderío. Podría olvidarse, al menos por un momento, que la guerra por elección de Leonid Brézhnev se libraría y se perdería en Afganistán menos de dos décadas después de que los festejos del 9 de mayo comenzaran. Del mismo modo, la guerra que será probablemente la última de Putin se está librando y perdiendo hoy en Ucrania.

Durante ambos conflictos, la ciudadanía occidental se preocupó, comprensiblemente, por la posibilidad de una guerra nuclear.

El temor de los estadounidenses a una escalada retrasó el suministro de armas que pudo haber permitido la victoria de Ucrania el año pasado. Se han entregado, uno tras otro, sistemas de armamento susceptibles de provocar la escalada, sin consecuencias negativas. Sin embargo, el costo de ese retraso se puede observar en los territorios ucranianos que Rusia sigue controlando: en las fosas de la muerte, en las cámaras de tortura y en los hogares vacíos de los niños secuestrados. Decenas de miles de soldados de ambos bandos han muerto innecesariamente.

En casi 15 meses de guerra, y a pesar de la propaganda nuclear rusa y los temores occidentales, no se han utilizado armas nucleares. Se trata de una ausencia que merece una explicación. Los que predijeron una escalada si los ucranianos resistían, si Occidente suministraba armas o si Rusia sufría una derrota se han equivocado hasta ahora. Los teóricos estratégicos apuntan a la disuasión, y señalan que el empleo de armas nucleares no supondría necesariamente una victoria rusa. Garantizaría una drástica respuesta occidental y convertiría a los dirigentes rusos en parias. Sin embargo, hay una explicación más profunda: el discurso nuclear ruso es en sí mismo el arma.

Se basa en supuestos falsos. La propaganda nuclear rusa parte de que gana siempre el más agresivo. Pero no siempre gana el más agresivo. Los propagandistas rusos quieren que pensemos que las potencias nucleares nunca pueden perder las guerras, basándose en la lógica de que siempre pueden emplear las armas nucleares para ganar. Esto es una fantasía ahistórica. Las armas nucleares no dieron la victoria a los franceses en Argelia, ni preservaron el Imperio británico. La Unión Soviética perdió su guerra en Afganistán. Estados Unidos perdió en Vietnam, en Irak y en Afganistán. Israel no ganó en Líbano. Las potencias nucleares pierden guerras con cierta frecuencia.

Algunos estadounidenses han propuesto un escenario nuclear donde los rusos tendrán que utilizar armas nucleares para evitar la derrota. Sin embargo, Rusia ha sido derrotada en Ucrania, con sus propios términos, una y otra vez. Lo que ha demostrado es su capacidad para cambiar esos términos después de cada derrota. Rusia no ha logrado el objetivo explícito de la "operación militar especial" para derrocar al gobierno democrático de Ucrania. No habrá mayor humillación que esa. A la derrota en Kiev le siguieron otras en Járkov y Jersón. Cada derrota dio lugar a reportajes de portada de los propagandistas rusos y sus creyentes y a que se hablara de gestos de buena voluntad, retiradas estratégicas, etc. La escalada ha formado parte de la labor de los propagandistas.




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