Putas, república y revolución
Por LA LIBRERIA
Ed. Virus, 2021, 160 páginas. Por Marta Venceslao Pueyo y Mar Trallero.
Esta obra nos traslada a la Segunda República y a la Guerra Civil, nos permite trazar algunas reflexiones sobre el enfoque de la prostitución de entonces y de ahora.
Desde el primer momento, las autoras dejan bien en claro que su postura no es neutra, que pasa por el profundo reconocimiento y admiración a todos aquellos que lucharon para frenar al fascismo en el Estado Español.
El propósito que manifiestan los reglamentos prohibicionistas es limitar la propagación de enfermedades venéreas, cómo sífilis y también así disponer un ejercicio de control por parte del Estado sobre la recta de la población.
Luego de un exhaustivo desarrollo de los antecedentes históricos del trabajo sexual, las autoras nos muestran cómo durante los años veinte y treinta la mujer en España vivió una evolución significativa acorde con la modernidad que desde Europa se imponía tras la Primera Guerra Mundial.
Las mujeres obreras se organizan en torno de ateneos y casas populares que surgen en los barrios. Los aires de apertura política con la proclamación de la República y el establecimiento de un gobierno con voluntad reformista y progresista, constituyeron un acicate para que el movimiento organizado reivindicara una estructura legal que amparara este cambio de paradigma. Muchas mujeres vislumbraron una oportunidad para avanzar en su situación colectiva y personal. Es así que la Constitución de 1931 reconoce la igualdad de la mujer respecto al hombre en buena parte del articulado.
La convulsión que supuso la Guerra Civil contribuyó a una todavía mayor politización de las mujeres. A las luchas ya emprendidas en los inicios de la Segunda República, también tomaron parte en el frente de batalla. Las primeras en empuñar un fusil fueron las libertarias.
Cómo señala Giuliana Di Felo, el modelo que comienza a circular durante estos años es el de la “nueva mujer”, incorporando instancias emancipadoras de la mujer republicana en oposición a la “mujer nueva” o “cristiana” del bando franquista. Es en este contexto que la figura de la miliciana emerge, en un primer momento, como símbolo de heroicidad y resistencia popular para pasar poco después a ser objeto de una campaña de descredito bajo la acusación de ejercer la prostitución en el frente y propagar enfermedades venéreas entre los soldados. Así es como se señala la utilización del apelativo puta para desacreditar a aquellas mujeres que parecían quebrantar los roles de género tradicionales.
Puede así el lector creer que estas valerosas mujeres al ir al frente, estaban “molestando” únicamente al bando rival, macana, como lo demuestra el periódico comunista Mundo Obrero, escribe M. Andino en nombre del partido: “...En los primeros días de la sublevación las mujeres supieron comprender que en aquel momento lo urgente era acrecentar el entusiasmo de los que se lanzaban a la lucha y se unieron a ellos empuñando a su vez las armas con tanto o más coraje que los hombres (...). Las mujeres han cumplido su deber (...) pero ahora el deber primordial es reintegrarse a la retaguardia, dedicarse al trabajo en las industrias, comercio, oficinas. La marcha de la nación no debe ser interrumpida porque faltan los brazos masculinos que impulsan el engranaje de la economía. Estos brazos han de ser suplidos por las mujeres (...) A la retaguardia, todas las mujeres al trabajo, ese es vuestro puesto. A seguirlo, ¡SALUD!...”
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