Pepe Superstar

Por Luis Hierro López

Mujica critica al consumismo, pero a la vez se aprovecha de las demostraciones más frívolas y refinadas de la farándula.

La vida de José Mujica es una contradicción permanente, así como lo es su pensamiento. Elogia el pobrismo y ataca al consumismo de la sociedad contemporánea, pero no tiene ninguna duda en subirse al carro del glamur internacional, paseando por la alfombra roja su fama, basada a su vez en falsedades y mitos. No fue el revolucionario que luchó contra una dictadura ni es el “presidente pobre”, según surge de su patrimonio y de sus ingresos familiares, que vive en una chacra. Pero esa es la imagen que se ha propagado en el mundo, regido por las normas publicitarias del capitalismo y la riqueza. Algo parecido pasó con los millones de camisetas con la imagen del Che Guevara, ícono convertido en estrella del mercantilismo y de la popularidad comercial. Claro, el Che murió en su absurda pelea y Mujica ha tenido la suerte, o la desgracia, de no ser como los héroes griegos, que desaparecían jóvenes.

No es extraño que el hombre haya sido invitado al Festival de Venecia. Los escaparates siempre tienen afecto por las novelerías y, si son sudamericanas, mejor. Y sin son revolucionarias, mejor que mejor. Europa adora a veces las revoluciones de afuera, esas que generan utopías y que no provocan revueltas en el suelo propio.

Ahora se estrena la promovida película de Kusturica, que no surge por generación espontánea sino como consecuencia de una acción planificada por amigos del expresidente. Así como ocurrió con su supuesta nominación al Premio Nobel, circunstancia en la cual hubo o hay una operación de promoción política ideada e impulsada deliberadamente, la película de Kusturica es también una puesta en escena. Según relata el periodista de Búsqueda Fernando Santullo la iniciativa surge también de compañeros de Mujica, dos de ellos funcionarios públicos de confianza de los gobiernos frenteamplistas y un tercero, publicista, contratado por la administración, quienes fueron a buscar al cineasta para proponerle la idea. Kusturica mostró asombro, porque no sabía quién era Mujica, lo que también pone en duda la actual y declarada admiración del famoso director de cine por el exguerrillero.

Todo resulta comercial y cinematográfico. Es una operación de marketing, expresión exactamente contraria a los viejos ideales de quienes soñaron un día con la revolución que iba a derrocar de una vez y para siempre al capitalismo. Desde el título –Una vida suprema– sabemos que se trata de una apología y no de una pieza documental, la que, quizás, hubiera sido recibida con atención, por lo menos en estas costas.

Los tupamaros han tenido éxito como autores de un nuevo relato que los ubica como héroes. En su trágica aventura militar fracasaron rotundamente, a costa de sangre propia y ajena. Pero sin duda han alcanzado el propósito de tejer un gran engaño, que, aunque en Uruguay ya no es prestigioso, en el mundo de las luminarias internacionales todavía tiene su espacio. Pero el precio que paga Mujica es muy alto: del Pepe revolucionario al Pepe Superstar hay un enorme trecho, que huele a decadencia y a abandono de los principios. Ahora la revolución se reduce a calzar sandalias crocs, hasta en las visitas oficiales en Venecia.



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