Para qué, qué y cómo
Por Julio María Sanguinetti
Los debates sobre la educación transcurren normalmente por el sendero del presupuesto y el de las estructuras administrativas, que si el Codicen sí o el Codicen no, que si la Secundaria Básica debe refundirse con Primaria, qué margen de autonomía administrativa tiene cada Consejo y aun cada establecimiento, etcétera ,etcétera.
No se discute para qué enseñamos, qué se debe enseñar para esos objetivos y cómo hacerlo del mejor modo posible. No soy un técnico en pedagogía pero toda mi vida he luchado por la educación, desde el ángulo cívico, y vivo preguntándome dónde están las respuestas para las preguntas que importan. Estos días se polemiza sobre la repetición y poco o nada se habla de por qué se repite.
Empezando por el principio, si educamos para formar conciencias críticas, como es la teoría dominante en las gremiales frentistas, es una cosa. Si lo hacemos, en cambio, para formar muchachos capaces de desarrollarse en la economía globalizada en que vivirán, es otra. Y los que pensamos de este segundo modo, no parecemos tener demasiadas voces afines en los ámbitos educativos gubernamentales. Desde ya que este gran objetivo se acompasa con una formación ciudadana y una cultura general que habilite para entender nuestro país, nuestra región y nuestro mundo, en su geografía, su historia y su actualidad.
Ubicados los fines, hay que preguntarse entonces qué enseñaremos para conseguirlos. Parecería que los clásicos conocimientos de idioma español y matemática son esenciales en la escuela primaria, tanto como las primeras normas de convivencia social y ciudadana. A la vez, hoy luce evidente que es imprescindible comenzar desde el principio con los otros dos lenguajes impuestos por la globalización, que son la informática y el inglés. La informática se ha encarado con el Plan Ceibal, al margen de las estructuras educativas formales que lo resistían; ha familiarizado a los niños con la herramienta informática, pero infortunadamente, luego de siete años, no ha mejorado su formación. Parecería que urgentemente hay que preparar para ese medio a maestros y profesores y, en consecuencia, reformar los planes de los centros de formación docente, para adecuarlos a ese fin. Lo mismo con el inglés.
Ubicado el para qué y el qué, viene el debate sobre el cómo. Oímos hablar mucho al respecto, pero nada sobre cómo mejoraremos el rendimiento en matemática o qué método nos permitirá superar los dramáticos resultados en comprensión lectora . No se trata de saber la gramática de la Real Academia Española, pero sí de asumir que nadie podrá llegar a nada en actividad alguna si se empieza por no dominar el medio principal de comunicación que es la propia lengua.
Todo esto parece algo simplista y efectivamente lo es en la medida que apenas esbozamos los titulares de los temas, pero nos desespera no encontrar respuestas para asuntos tan del corazón de la pedagogía necesaria. ¿Cómo es posible que los chicos lleguen al liceo en estado de semi-analfabetismo? ¿Son pocos los días de clase? ¿Ha bajado tanto el nivel de exigencia que van pasando de año sin acreditar el mínimo de conocimiento? ¿Los métodos están anticuados y se requieren otros para quienes se comunican por “tuits” en una lengua sintética y apocopada?
Emile Durkheim , el padre de la sociología, dijo hace un siglo que “el hombre que la educación debe plasmar dentro de nosotros no es el hombre tal como la naturaleza lo ha creado, sino tal como la sociedad quiere que sea; y lo quiere tal como lo requiere su economía interna […] Nuestro ideal pedagógico es, hasta en sus menores detalles, obra de la sociedad”. De eso se trata, entonces. De que en medio de la crisis que vivimos, definamos nuestro ideal pedagógico y organicemos los medios para aproximarnos a él.
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