País de brazos abiertos
Por Fátima Barrutta
En momentos en que algún candidato pone en tela de juicio la creciente llegada de inmigrantes venezolanos, cubanos y dominicanos a nuestro país, es importante refrescar verdades históricas y evidencias éticas.
Entre las primeras, cabe recordar la manera generosa como nuestro país recibió, en distintas oleadas a lo largo del siglo XIX y principios del XX, a inmigrantes de las más variadas procedencias, que se afincaron aquí aportando su creatividad y esfuerzo para construir el país. Ellos, nuestros antepasados, llegaron escapando de realidades opresivas, tanto políticas como económicas, en sus países de origen. Abrieron caminos con sus emprendimientos y nos legaron un ejemplo de tenacidad y capacidad de enfrentar las adversidades, que de algún modo se transformó en el ADN de nuestra idiosincracia.
Pero no fueron los únicos.
También por nuestras venas corre sangre de los pueblos originarios, y así lo ha demostrado la querida Dra. Mónica Sans, antropóloga a quien tuve el honor de tener como docente en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, que acaba de ganar el premio L'Oréal-Unesco “Por las Mujeres en la ciencia”. Su investigación sobre "Filogeografía de cromosomas para la comprensión del origen y relaciones de los indígenas del Uruguay y sus descendientes" rebate el viejo paradigma de que los charrúas fueron exterminados, demuestra que nuestra nacionalidad los incluye, que lo local es importante: “la genética está ahí para decir que no es un invento, que esa ancestría indígena está”, a decir de Mónica Sans.
Al mismo tiempo de un crisol que no es discriminador sino al contrario, integrador de culturas, etnias y credos.
En ese contexto sociocultural, los hermanos latinoamericanos que huyen de la miseria y el terror de sus países encuentran en Uruguay un refugio solidario y la oportunidad de rehacer sus vidas. Basta con hablar con cualquiera de ellos para recibir una verdadera lección de amabilidad, don de gentes y cultura. Incluso debe destacarse que los venezolanos, que más que inmigrantes deben ser definidos como exiliados, hacen caso omiso de la torpe genuflexión del gobierno uruguayo hacia el narcodictador de su país, y prefieren agradecer la cordialidad con que los ciudadanos de a pie los reciben y comprenden.
El Uruguay batllista es ese crisol, donde todas las personas valen por sus talentos y virtudes, y no por características accesorias que los separen en lugar de integrarlos.
Un país de brazos abiertos donde todos, cualquiera sea nuestra nacionalidad de origen, etnia o nivel social, tengamos los mismos derechos y compartamos la misma vocación de justicia y libertad.
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