¿Nostalgias?

Por Santiago Torres

La aparición de un cartel identificado con la fenecida JUP afuera del liceo Dámaso Antonio Larrañaga ha desatado un frenesí exorbitado entre varios dirigentes y militantes de izquierda, que aparece más como el aprovechamiento oportunista de un hecho objetivamente irrelevante, que a una genuina preocupación por la salud democrática del país, que no luce ni remotamente en juego o comprometida.

"La JUP está de vuelta. No al referéndum de la LUC. Fuera comunistas de las instituciones", rezaba el cartel de marras y que tanto parece haber revuelto el avispero.

Según la narrativa de la izquierda, la Juventud Uruguaya de Pie (JUP) fue una banda parapolicial de jóvenes facinerosos y fascistas que se dedicó a ejercer la violencia contra pacíficos estudiantes progresistas. Convengamos en que si hay algo en que la izquierda ha sido exitosa es en la producción de narrativas, de relatos, instalándolos en el "sentido común" de la sociedad. Pero múltiples documentos y testimonios dan cuenta de una realidad mucho más compleja y rica que esa burda caricatura.

La JUP se gesta en el interior del país, más concretamente en Salto, en 1969, con la Juventud Salteña de Pie, un movimiento que buscaba impulsar la "universidad del norte", para contraponerla a la Universidad de la República controlada por la izquierda. Finalmente, en octubre de 1970 nace oficialmente la JUP.

La JUP fue un "emergente" -como se le dice ahora- de aquellos turbulentos años y en sus filas militó todo tipo de gente. Es cierto que la JUP hizo de algunos temas sus señas de identidad: en primer lugar, el anticomunismo; luego una reivindicación de la "sociedad tradicional" y sus instituciones como la familia y la religión (de hecho, tuvo el respaldo de buena parte del clero conservador uruguayo) y una identificación con el mundo rural, de ostensible impronta nardoniana, por más que su núcleo más activo fuera el capitalino.

Es cierto que había en buena parte de su dirigencia una identificación -que se fue haciendo más fuerte con los años- con un imaginario nacionalista en el sentido falangista, por decirlo de algún modo, crecientemente antiliberal además de antimarxista. Pero allí había de todo, fundamentalmente jóvenes que rechazaban la violencia de buena parte de la militancia estudiantil de izquierda. Es más: el progresivo acercamiento de la JUP a posiciones fascistoides le fue enajenando simpatías y militancia de jóvenes que simplemente se rebelaban contra la prepotencia izquierdista pero que muy lejos estaban de compartir esa deriva crecientemente dogmática y antiliberal del movimiento. Precisamente, esa militancia crecientemente antiliberal -que no estaba planteada en el arranque- llevó a la JUP a enfrentarse no solo al Frente Amplio sino a dirigentes de los partidos políticos fundacionales como Wilson Ferreira Aldunate, Jorge Batlle y Julio Ma. Sanguinetti, haciéndolos objeto de sus diatribas.

De la JUP salió de todo. Hasta -faltaba más- frenteamplistas. Y no solo Hugo Manini, cuya adhesión en su momento a "el Pepe" fue ostensible, sino también, por ejemplo -paradigmático ejemplo-, el actual diputado del Frente Amplio por Río Negro Constante "Taty" Mendiondo (en aquellos años se llamaba Rogelio), director del semanario de la JUP "Nuevo Amanecer" (como el propio nombre sugiere, en la etapa más falangista y de la "revolución nacional").

Finalmente, ya en dictadura, en 1974, el comandante de la División de Ejército I, el general Esteban Cristi, los llamó y les "sugirió" su disolución, a lo que procedieron rápidamente.

¿Que hubo violentos entre los "jupos"? Desde ya. Y probablemente algunos tuvieran vínculos con los "escuadrones". Era un ida y vuelta entre las porosas fronteras de la derecha en esos años. No es imputaba a la JUP -como sugieren los Núñez- las muertes (todas repudiables) del fascismo parapolicial de aquel tiempo felizmente clausurado.

Ahora bien, el punto es otro. ¿Tiene relevancia esta "reaparición" de la JUP? En primer lugar, todo parece muy conveniente: se lanza la iniciativa de referéndum contra la LUC y ¡oh, casualidad! aparece una supuesta JUP defendiéndola. Eso sí, en un formato de cuarta: un cartelito colgado afuera de un liceo. Si estos "jupos" son reales, deben ser muy torpes (en un contexto coloquial, yo les diría "burros") porque flaco favor le hacen a la LUC en el marco del "sentido común" trucho que se instaló sobre la JUP.

A ver, gente, ¿les parece? ¿Cuando la proliferación de carteles en instituciones educativas es parte de la cotidianidad desde hace décadas, uno supuestamente del "otro lado" es una tragedia?

Sigamos, porque vale la pena. El diputado comunista Gerardo Núñez formuló un pedido de informes que incluye saber si inteligencia policial tiene alguna noticia de la JUP. Hay algo que no me queda claro: ¿está bien o está mal que los servicios de inteligencia del Estado escruten las actividades políticas de los ciudadanos? Parece -en clásica hemiplejia- que si es contra los enemigos está bien, pero contra los nuestros está mal. Y uso deliberadamente los espantosos términos de "enemigo" y "nuestro" porque se infiere de las palabras de Núñez y muchos otros. ¿Qué es eso de exigir investigar ejercicios de dos libertades fundamentales como las de expresión y de asociación? Siempre el pez por la boca muere...

Ahora, pocos días atrás se realizó un acto celebrando una acción contra las instituciones, que produjo muertos. Llevada a cabo por una organización que robó, mató, secuestró y puso bombas. Eso -parece- es normal. Un cartelito es una tragedia perpetrada por unos herederos de Hitler que no mataron, no secuestraron, no pusieron bombas. ¿Les parece que da para tanto?

La democracia uruguaya es saludable. No hay ni fascistas ni marxistas poniéndola en riesgo. Sí mueve a risa que a poquitos días en que la reivindicación de un acto terrorista, haya algunos que se conmuevan por... ¡el cartelito!

Como dice el tango "Nostalgias" de Cadícamo: Desde mi triste soledad veré caer las rosas muertas de mi juventud. ¿Juventud?




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