Edición Nº 1093 - Viernes 14 de agosto de 2026

Nosotros, los jóvenes

Por Francisco Berchesi

Han pasado días, que al igual que sus meses pasados, nos interpelan en nuestro accionar diario a nosotros y a quienes nos rodean.

Como joven, estoy orgulloso y agradecido de la generación de nuestros padres y abuelos por todo el esfuerzo y el trabajo que están haciendo por el futuro de nuestro país.

Si en la política y lo social a veces se habla de una grieta, la única que veo hoy en día es entre quienes quieren el bien para su país y su familia, y quienes nos les interesa. Quienes quieren trabajar, estudiar, progresar ellos y su entorno, y quienes no esperan nada del futuro más que transitarlo como les toque, mientras hacen lo que quieren.

Durante 15 años, este lamentable estilo de vida fue promovido y es lo que me deja intranquilo. La educación fue penosamente desmantelada y todas las generaciones que la transitaron van a hacernos testigos y partícipes de ello. Partícipes inocentes, que serán los protagonistas de una degradada realidad posterior.

Tristes años en los que unos pocos, electos democráticamente, apagaron la luz del porvenir año a año, discurso a discurso. Denostando cuanta institución integraron e integran, al propio parlamento al que ingresan con remeras de países que sufren, pero las visten orgullosamente, porque eso sienten y eso anhelan para su país, o al menos lo que su ideología señala.

Presidentes que insultan y patotean periodistas, otro que cierra un río para pescar sin que lo molesten, se mudan de la residencia presidencial para simbolizar ese lamentable espíritu, mientras hay que seguirla manteniendo a esa y reacondicionar y mantener también a la suya personal para que la habite, y esa es la realidad, no hacen más que multiplicar gastos. Hablan y le hacen creer algo al pueblo, que termina siendo mejor para quienes hablan y siempre peor para quienes los que los escuchan, o creen hacerlo.

Esa clase de liderazgo no genera más que ilusión y desastre, falsas convicciones alimentadas a derechos que no hacen más que acostumbrar ciudadanos a una falsa vida, liviana de obligaciones, que cuando choca con la realidad y sobre todo, con la legalidad, no pueden convivir.

Esto tiene como resultado esas hordas de uruguayos los fines de semana en las playas, plazas, parques, comparsas y fiestas clandestinas. Porque no se sienten parte de una nación a la cual hay que cuidar mediante esfuerzo y sacrificio individual, no les importa el prójimo, ni su propia familia. Por eso esperan con ansias las medidas del gobierno, es a lo que nos quisieron acostumbrar, a esperar y esperar sin dar o hacer algo a cambio. Es que claro, aquellas semillas que se sembraron todos estos años, ya son árboles que se alimentaron de desprecio, mala educación, malos ejemplos y liderazgos.

El Ministerio del Interior, en lo que va de la pandemia hasta el 22 de marzo pasado, realizó 4.136 intervenciones en aglomeraciones de personas. Nuestros padres y su franja etaria, nuestros abuelos y la suya, nos están liderando como pueden, y se mueren día a día en gran parte por quienes no saben vivir en sociedad.

Lo que intento en estas líneas es primero exponer un fenómeno que nos persigue a diario. Pero para reafirmarles que en mí y en quienes me rodean van a encontrar siempre un militante diario contra esta situación. Para que se le dé real foco a la educación, como tanto repite Robert Silva, que a fin de cuentas es la base de cada uno de nosotros. Porque como bien mienten, lo urgente es -realmente- la gente, pero dicho responsablemente y con acción de respaldo.

Mi madre me dijo hace unos días, Fran, ustedes los jóvenes tienen que salir a dar una señal en todo esto. Y quizás seamos unos pocos, pero el bien tiene mucha fuerza y la educación también.




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