Edición Nº 1070 - Viernes 27 de febrero de 2026

Nerviosismo e improvisaciones caracterizan la campaña del continuismo

El Frente Amplio se dispone a vender la piel del oso antes de cazarlo, promoviendo a ministros imaginarios, que nunca serán designados. Tras la intervención de la candidatura con el intendente Orsi, éste cometió varios errores y ya sería desplazado, retomando el protagonismo los veteranos dirigentes Mujica y Astori, con lo que la tan invocada renovación quedó de lado. Tras la temporada de insultos y destratos a la otra mitad del país, el Frente Amplio apelaría ahora a una estrategia más “light”, impostando una cordialidad cívica de la que siempre careció. Todo resulta poco auténtico y falso.

La campaña del ingeniero Martínez sigue a los bandazos, acosada por las perspectivas derrotistas que inevitablemente se le presentan en el horizonte. El candidato a Presidente sigue sin aparecer como primera figura, mientras que la señora Villar, candidata a Vicepresidente, sigue “secuestrada” y condenada al silencio. El interventor de la candidatura, Yamandú Orsi, tuvo apenas unos momentos de fama y como su actuación no habría resultado muy convincente, se anuncia ahora que Mujica y Astori recobrarían roles principalísimos.

El invento de unos posibles futuros ministros, entre quienes se encuentran precisamente los veteranos Mujica y Astori, no hace más que confirmar la vocación continuista del Frente Amplio, que inevitablemente tiende a repetir nombres y políticas. Es lógico que el oficialismo no pueda desprenderse de su reciente pasado, pero eso mismo lo separa en forma definitiva del 60% que no lo votó en octubre y que resueltamente se inclina por el cambio.

La coalición de izquierda elaboró un documento para los militantes en el que recomienda hablar sin “soberbia” y evitar “ridiculizar o satirizar” a los votantes de otros partidos. La postura “de enojo o de deslizar que quien no votó al Frente es un neoliberal o un conservador” complica las chances de captar votos y “refuerza un estigma que no tiene asidero con la realidad”, indica. Sin embargo, la sugerida dulzura se diluye rápidamente, ya que la última idea que se propone es preguntar a los interlocutores si sabían que “el gobierno de Lacalle padre fue el más corrupto de nuestra historia”. Esa afirmación es muy rebatible, pero si el Frente Amplio quiere ingresar en ese tipo de consideraciones, se estará cavando su propia fosa, porque irremediablemente se convoca al recuerdo de Sendic, Leonardo de León, el ex director de Casinos Juan Carlos Bengoa y tantos otros casos recientes que integran una larga lista de procesados.

La cuestión es más de fondo que estos manotazos de ahogados que no cambiarán la historia. Lo que se juega el país es, precisamente, el continuismo o el cambio. Si gana el ingeniero Martínez, los uruguayos estaremos condenados a una política de seguridad irresponsable, con récords de asesinatos y de rapiñas —en materia de crímenes, este año será otra vez extraordinario, con más de un caso por día— dado que el ministerio del sociólogo Leal repetirá inevitablemente las fórmulas fracasadas del señor Bonomi. Lo mismo ocurre con el economista Bergara, corresponsable del enorme déficit fiscal, de los irresponsables despilfarros cometidos, del crecimiento innecesario y gravoso de la deuda pública, de soportar los impuestos más altos de la región. Bergara es Astori 2, quien se equivocó con todos los pronósticos y los compromisos, cediendo terreno ante la inevitable tentación frentista de aumentar en forma incesante el gasto público y los impuestos sin mejorar los servicios ni las contrapartidas.

La coalición del cambio significa una respuesta digna y patriótica ante la decadencia en la que el Frente Amplio hunde al Uruguay. No se trata de un acuerdo meramente electoral, sino de la conjunción de varios partidos que tienen una visión y un compromiso común y que procuran integrar una coalición que dure cinco años y que se dedique a ejecutar un plan viable que se ha comprometido por los cinco partidos participantes y que será la hoja de ruta de la próxima administración.

El país merece vivir otro clima, en el que el gobierno respete y valore a todos los ciudadanos, en el que no se impongan la prepotencia ni la verdad única desde el poder, en el que la ley prevalezca sobre la política y en el que la transparencia absoluta de los actos públicos sea la norma y no la excepción.

Un país en el que los gobernantes actúen con humildad y no con soberbia. Hacia allí vamos.



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