Edición Nº 1080 - Viernes 8 de mayo de 2026

Monocracia

Ha habido grandes monarcas en todo el mundo y en todos los tiempos, pero el poder sin límites puede terminar en desastre, reflexiona el ensayista Gabriel Zaid en una columna para la revista Letras Libres. La reproducimos a continuación.

Hay formas de gobierno donde el poder se concentra en una sola persona: monarquía, imperio, tiranía, dictadura, despotismo, autocracia, presidencialismo, pontificado. Su dominación puede ser aceptada como legítima por diversas razones: mandato divino, tradición, aclamación, victoria militar.

La dictadura legítima existió en la antigua Roma. En circunstancias graves, se nombraba a un dictador con plenos poderes para imponer una solución. El cargo terminaba a los seis meses (o antes, cumplida la misión).

También existen concentraciones de poder ilegítimas, por usurpación o simulación.

La república simulada es un invento hispanoamericano del siglo XIX que se extendió por el planeta. Hoy, casi todos los países son (oficialmente) repúblicas, con elecciones y división de poderes, aunque en muchos casos se trata de un "país de un solo hombre", como llamó Plutarco Elías Calles al México del reelecto presidente Álvaro Obregón.

Para referirse a todas estas formas de gobierno, existe un término útil: monocracia (el gobierno de uno), opuesto a democracia (el gobierno de todos).

Llama la atención que Aristóteles desconfiara de la democracia, pero lo explica en su Política: la democracia facilita que un demagogo populista llegue al poder y se convierta en tirano. Consideraba preferible la oligocracia, el poder supremo dividido entre varios.

Pero la oligarquía no siempre alcanza acuerdos unánimes. Puede trabarse en desacuerdos que paralicen la administración pública. Para evitarlo, Clístenes (un oligarca) inventó la democracia: Si no hay manera de ponernos de acuerdo, dejemos las decisiones políticas al voto de los ciudadanos.

En los tiempos del PRI, no hubo necesidad del voto ciudadano, aunque había elecciones. La república simulada era de hecho una monocracia que duraba seis años, no seis meses, y operaba de manera notablemente institucional.

Aunque algunos presidentes tuvieron la tentación de reelegirse, ninguno lo hizo. Tenían, en cambio, el privilegio de elegir sucesor. No lo imponía el PRI, la oligarquía, el ejército, los sindicatos ni los Estados Unidos, ya no se diga el voto ciudadano, que se limitaba a refrendar la designación. Tampoco era un capricho del presidente que terminaba: su decisión tomaba en cuenta todos los factores de presión, para no provocar una reacción peligrosa.

Las elecciones (que siempre declaraban ganador al PRI) no eran necesarias para elegir al sucesor, sino para exhibir quién era el mandamás y legitimar su última decisión.

La verdadera elección se consumaba antes de las elecciones, cuando el presidente daba a conocer ("destapaba") al sucesor que había escogido y ocultado ("tapado"). El PRI lo lanzaba como su candidato presidencial. Y, a partir de ese momento, el Señor Presidente se retiraba elegantemente a la oscuridad con sus ahorros, que nunca serían cuestionados, si se mantenía al margen del poder. El destapado iniciaba su campaña electoral con gratitud y elogios al Supremo Elector. Pero, una vez que llegaba a la presidencia, no compartía el poder con él ni con nadie: su monocracia era absoluta, por seis años.

La monocracia institucional tiene ventajas: sobre todo la paz y estabilidad que facilitan el progreso. Ha habido grandes monarcas en todo el mundo y en todos los tiempos.

México ha tenido monócratas notables: Nezahualcóyotl, el conde de Revillagigedo, Porfirio Díaz, Manuel Ávila Camacho, Ernesto Zedillo.

Pero el poder sin límites puede terminar en desastre. La monocracia es un peligro para la sociedad y hasta para el monócrata, cuya soledad puede hacerle perder el sentido de la realidad. El poder atonta. La soledad enloquece. Deja de ver y de escuchar.

Porfirio Díaz no vio la oportunidad que representaba el general Bernardo Reyes como sucesor, para mantener la paz y el progreso. Pudo haberlo nombrado sucesor (vicepresidente), y ahorrar al país la tragedia de la Revolución.

En los países más desarrollados se han encontrado fórmulas para aprovechar las ventajas de la monocracia y reducir sus peligros, desde la monarquía parlamentaria hasta el presidencialismo acotado por otros poderes soberanos y organismos autónomos. Las distintas fórmulas tienen elementos comunes: régimen de derecho, prensa libre, elecciones creíbles y un tiempo limitado en los cargos, con rendición de cuentas.




La línea roja cruzada: la incertidumbre previsional empieza a cotizar
La enfermedad “infantil”
Julio María Sanguinetti
Humanidades: cuando la consigna reemplaza al pensamiento
30%: la cifra que debería encender todas las alarmas
Lula negocia, ¿y Uruguay...?
Cuando la memoria es frágil y la ideología necia
PachaLeaks: el misterioso país donde la nafta uruguaya es barata
Cosse y el síndrome del gasto público compulsivo
Salud Pública en ebullición: renuncias, blindajes y un ministerio cada vez más cerrado
Competitividad: los deberes que Uruguay no puede seguir postergando
El antiyanquismo
Luis Hierro López
Nathalie Barbé: si no gano, no vale
Santiago Torres
Brasil y su denuncia de dumping lácteo, burda expresión de proteccionismo primario
Tomás Laguna
Cuando el Estado decide por usted
Juan Carlos Nogueira
1o. de Mayo: una reflexión sobre el Día de los Trabajadores
Jonás Bergstein
Montevideo, ¿qué te han hecho?
Angelina Rios
La comunicación política
Alfredo Menini
La estación vuelve, el tren no
Alicia Quagliata
El valor de lo cotidiano
Susana Toricez
Irán abre otro frente y deja al descubierto sus fisuras internas
Una medida simbólica... y profundamente equivocada
Adorni: un escándalo en expansión
Trump y su fracaso en Irán
Frases Célebres 1079
Así sí, Así no
Inicio - Con Firma - Ediciones Anteriores - Staff Facebook
Copyright © 2024 Correo de los Viernes.