Mijaíl Gorbachov y las lecciones que Daniel Ortega no aprendió

Mientras Gorbachov apostó por el cambio social e impulsó una estrategia para fomentar la transparencia y las libertades políticas y religiosas, en Nicaragua, Daniel Ortega impulsó el secretismo como política de Estado, la persecución religiosa, la censura como y el exilio y la cárcel como mecanismos para silenciar a sus opositores, asegura el periodista y diplomático nicaragüense Arturo McFields, en una interesante columna para el The Washington Post que transcribimos para nuestros lectores.

El pasado martes 30 de agosto, el mundo recordó la grandeza de Mijaíl Gorbachov y su lucha por la libertad y la democracia, tras fallecer a los 91 años.

Las cancillerías de América Latina, al igual que muchos otros líderes mundiales, lamentaron su partida. Sin embargo, el presidente de Nicaragua, Daniel Ortega fue cauteloso y tardó casi tres días en brindar unas palabras para su antiguo aliado durante la Guerra Fría.

El 4 de noviembre de 1984, Ortega se convirtió en presidente de Nicaragua con casi 67% de los votos. Cinco meses más tarde, el 11 de marzo de 1985, en Europa del Este, Gorbachov triunfaba como el nuevo secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS). En abril de ese mismo año, Gorbachov recibió a Ortega y una delegación de alto nivel en Moscú, demostrando un alto interés por lo que sucedía en Nicaragua.

A partir entonces, la sobrevivencia política de los seguidores de su partido, el Frente Sandinista de Liberación Nacional, estaría totalmente atada a la suerte de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). El gigante rojo se convirtió en el principal aliado político, comercial y militar de la Nicaragua revolucionaria. En marzo de 1987, Boris Yeltsin, enviado especial de Gorbachov y posteriormente presidente de Rusia, visitó Managua para darle una mala noticia a Ortega: se había acabado la chequera de guerra proveniente de la Unión Soviética y la recomendación era buscar cómo tomar en serio las pláticas de paz en América Central, a las que Ortega miraba únicamente como una táctica dilatoria para ganar tiempo. Al quedarse solo y con una resistencia nicaragüense cada vez más fuerte, Ortega se vio forzado a celebrar elecciones en febrero de 1990, perdiendo el poder ante el triunfo arrollador de Violeta Chamorro.

Mientras Gorbachov apostó por el cambio social e impulsó una estrategia denominada Glasnost para fomentar la transparencia y las libertades políticas y religiosas, en Nicaragua Ortega parecía quedarse congelado en el tiempo y sin aprender nada de la estrepitosa caída de la URSS. Durante los últimos 15 años, el dictador centroamericano impulsó el secretismo como política de Estado, la persecución religiosa como método para acallar los púlpitos católicos, la censura como estrategia de comunicación y el exilio y la cárcel como mecanismos para silenciar a periodistas y opositores. En todas estas estrategias represivas, Ortega ha fracasado. El periodismo ha buscado nuevas alternativas para trabajar desde el exilio, desde la clandestinidad y las redes sociales, y han ayudado a comunicar lo que gobierno intenta ocultar.

Gorbachov promovió la Perestroika, una propuesta para la reestructuración y redistribución del poder, cambiando los rígidos conceptos políticos y económicos de la URSS. Ortega, por su parte, restructuró el poder concentrándolo en su familia y en un pequeño grupo de colaboradores útiles, sentando así las bases para la primera dinastía del siglo XXI en América Latina.

Durante su mandato, Gorbachov propició relaciones cordiales con la comunidad internacional y ganó el respeto y admiración de antiguos adversarios como Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en Inglaterra. Ortega, por el contrario, se convirtió en uno de los líderes de izquierda más impopulares de América Latina. Los jefes de Estado de Argentina, México, Honduras, Bolivia, Perú y Colombia no han realizado una sola visita de Estado a Nicaragua, mientras la Unión Europea, Estados Unidos, Canadá y otros 25 países declararon ilegítimas las elecciones presidenciales de noviembre de 2021.

Gorbachov era un hombre de partido, pero reconoció los graves errores políticos de la URSS, así como la necesidad impostergable de revisar y corregir el ineficiente e injusto modelo de la dictadura del proletariado. Aunque Gorby (apodo cariñoso de Gorbachov) jamás fue profeta en su propia tierra, la comunidad internacional le otorgó el Premio Nobel de la Paz por su extraordinario compromiso con la democracia y los derechos humanos. Por su parte Ortega ha sido señalado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y Amnistía Internacional por graves violaciones a los derechos humanos, que podrían ser consideras crímenes de lesa humanidad. Mientras Gorbachov impulsó la caída del muro de Berlín y la unificación alemana, Ortega, en los últimos 15 años, ha levantado muros ideológicos que dividen a las y los nicaragüenses, costando la vida de más de 350 personas, y ha construido centros de torturas como el nuevo Chipote, que acoge a más de 190 presos políticos.

Para el dictador de Nicaragua, el cambio democrático parece significar traición y el respeto a los derechos humanos un símbolo de debilidad. El 25 de diciembre de 1991, Mijaíl Gorbachov renunció como presidente de la URSS. En Nicaragua, por otro lado, el dictador Ortega está languideciendo aferrado al poder sin intenciones de corregir los errores y sin importar que para eternizarse en el poder tenga que morir consigo los últimos vestigios de la democracia nicaragüense.




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