Más de 200 millones de mujeres han sufrido mutilaciones genitales

Más de 200 millones de mujeres en el mundo han sido sometidas a mutilación genital, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Otras 40 millones de niñas y adolescentes podrían ser víctimas de esta práctica de aquí a 2030. La ablación supone una flagrante violación del derecho a la reproducción, a la salud sexual, a la integridad del propio cuerpo, al derecho a no sufrir violencia por cuestiones de sexo y en resumen, a los derechos humanos inherentes a toda persona, sostiene la experta María Julia Mersing en un informe que, realmente, quisiéramos que no existiera.

Como especifica el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), los orígenes de esta práctica no están claros. Se cree que son anteriores al nacimiento del cristianismo y del islam y algunos historiadores aseguran que los fenicios, los hititas y los etíopes practicaban la circuncisión en el siglo V antes de Cristo. También existen pruebas documentales que demuestran que, en las zonas tropicales de África y Filipinas, ciertas tribus de la parte superior del Amazonas, las mujeres de la tribu Arunta de Australia y determinados romanos y árabes primitivos practicaban ritos similares.

Sin tener que irnos tan atrás en el tiempo, el famoso ginecólogo victoriano Isaac Baker Brown, especialista en enfermedades de mujeres, realizó innumerables clitoridectomías como curas para la epilepsia y la histeria, basándose en teorías poco fiables pero ampliamente aceptadas en la época. Las prácticas eran además realizadas sin el consentimiento de las pacientes, lo que le valió su expulsión de la Sociedad de Obstetricia de Londres.

Erróneamente se relaciona esta práctica con el Islam, pero en el Corán no existe ninguna referencia que la justifique y como he expuesto, casi todas las culturas y religiones han hecho uso de ella.

Se practica en varios países

Otro error frecuente es creer que la mutilación genital femenina, MGF sólo se da en el continente africano. Estos son los países donde se practica:

África: Benin, Burkina Faso, Camerún, Chad, Côte d'Ivoire, Djibouti, Egipto, Etiopía, Eritrea, Gambia, Ghana, Guinea, Guinea-Bissau, Kenya, Liberia, Malí, Mauritania, Níger, Nigeria, República Centroafricana, República Democrática del Congo, República Unida de Tanzania, Senegal, Sierra Leona, Somalia, Sudán, Togo, Uganda y Zambia. En Asia, se da en India, Indonesia, Malasia, el Pakistán y Sri Lanka. En Oriente Medio se practica en Emiratos Árabes Unidos, Omán, Yemen, Palestina, Iraq e Israel y en América del Sur, en Colombia, el Ecuador y el Perú.

Y en muchos países occidentales como Australia, Canadá, Estados Unidos y Europa se registran casos entre poblaciones en situación de diáspora originarios de zonas donde la práctica es común.

Motivaciones ancestrales

Las causas obedecen a las presiones ejercidas por una sociedad patriarcal en la que se exige a la mujer que encaje con el ideal de ser "pura y casta". Por tanto, la necesidad de aceptación social y el temor al rechazo de la comunidad son las razones por las que se perpetúa esta práctica.

Las niñas son mutiladas a edades tempranas, siendo esto motivo de orgullo y honor. Son muchas las víctimas que cuentan que en el colegio solo podían jugar con aquellas niñas que estuvieran cortadas. Cuando ya tienen edad de casarse la mutilación vuelve a ser de nuevo importante, ya que muchos hombres ven en ella un medio para asegurarse de la virginidad de la mujer antes del matrimonio y la fidelidad después de él. Algunas comunidades creen que la ablación reduce la libido de la mujer y le ayuda así a resistir la tentación de relaciones extraconyugales.

Por tanto, y como decía anteriormente, el motivo de la mutilación genital femenina no es otro que la violencia sistemática ejercida sobre la mujer, porque su sometimiento es condición sine qua non para que se siga manteniendo una sociedad patriarcal.

Pensemos que en todos los tipos de ablación se extirpa el clítoris, órgano cuya única función es el placer femenino. Lo que se les niega pues a estas mujeres, entre muchas otras cosas, es disfrutar de sus cuerpos, confirmando así la idea defendida por todas las culturas a lo largo de nuestra historia: el disfrute sexual debe ser exclusivamente masculino.

Aquí también quiero aclarar un asunto, y es que existe una frase que me duele particularmente oír cuando hablamos de esta problemática. En muchas ocasiones he escuchado aquello de que "son las propias mujeres las que realizan la mutilación: son las abuelas, las madres, son ellas las machistas". Esto es un terrible error. La mujer, como sucede en tantos otros casos, es una doble víctima: primero de la sociedad machista en la que vive y a consecuencia de la cual cree que carece de valor y potestad para determinar qué quiere hacer con su propio cuerpo, y segundo, de gobiernos que no ofrecen protección, ni herramientas, ni garantías para paliar la horrible situación de desigualdad en la que viven. Puede que en muchas ocasiones quienes empuñen la cuchilla sean mujeres, pero el brazo ejecutor es siempre una sociedad machista.

Cómo combatir contra este atentado.

Las leyes que prohíben esta práctica están vacías de contenido si no van acompañadas de educación en cuestiones de género. Así lo demuestran los múltiples casos registrados en los que se trasladan a niñas de un país donde la ley prohíbe la mutilación a otro donde aún no está penalizada, o se llevan a cabo en la clandestinidad a pesar de las prohibiciones.

La educación es, pues, fundamental. Y no solo se debe sensibilizar sobre los riesgos médicos que puede acarrear la mutilación, sino que también se debe trabajar sobre la igualdad de género, y esto es imprescindible, porque como he repetido a lo largo de todo este artículo, la mutilación genital femenina no es otra cosa que una forma más de violencia contra la mujer. Si sólo incidimos en la salud, estaremos trabajando en las consecuencias, pero no en las causas, por lo que jamás se erradicaría el problema. Pensemos por ejemplo en la medicalización de la ablación, en respuesta justamente a esta falta de seguridad en la salud de las mujeres sometidas a esta práctica. Si sólo apelamos a la salud, el problema estaría resuelto con que lo realizaran profesionales del sector.

Se tiene que romper con la condena que supone nacer niña. Pensemos que en la mayoría de los países donde se practica, las niñas rara vez tienen acceso a la educación. Sin ella, dependen de un marido que las mantenga, y solo son utilizadas como moneda de cambio cuando tienen edad de contraer matrimonio, y como objeto capaz de procrear, cuidar, limpiar, cocinar. En definitiva, su condición es casi equiparable a la de una esclava.

El empoderamiento empieza con la educación de las niñas y de las mujeres para que puedan ser independientes y se garantiza con gobiernos que aseguren un acceso femenino al mercado laboral en condiciones dignas e igualitarias.

Es importante, además, que en todo este proceso sean ellas las que detentan el poder, porque son quienes sufren el problema, quienes conocen su cultura y su comunidad y las únicas no solo capaces, sino también con la potestad auténtica de imponer un cambio. El adoctrinamiento jamás ha servido de nada, y por ello no basta con decretar leyes que prohíban la práctica por presión internacional, pero no se actúe en las causas que la generan. Se debe educar en la igualdad, en el derecho de la mujer a la educación, al trabajo, a una vida digna, a su salud sexual, a su reproducción, y a su placer incluso. Lo que quiero decir con esto es que toda la sociedad, hombres y mujeres, deben entender y comulgar con aquellas maravillosas palabras dichas por Angela Davis: «el feminismo es la idea radical que sostiene que las mujeres somos personas», y como tales merecemos ser respetadas.

 




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