Edición Nº 1072 - Viernes 13 de marzo de 2026

Más allá del Sí o el No

Por Julio María Sanguinetti

La reforma de la Constitución es un camino válido y democrático al que recurre la ciudadanía para reclamar por su derecho a la seguridad y a la paz.  Sería funesto el continuismo del actual sistema, con omisiones e irresponsabilidades cada vez mayores mientras la gente vive en peligro.

Cuando el Dr. Larrañaga planteó los cuatro puntos de reforma constitucional hoy sometidos a plebiscito, dijimos que comprendíamos la intención como respuesta a la situación de inseguridad que se vive, pero que no la acompañábamos por advertir que algún tema era de materia legislativa y no constitucional.

También agregamos que en nuestra familia había división y que hasta nuestra señora firmaría y votaría.

Nuestro partido, en sus dos grandes espacios, no declaró asunto político ese pronunciamiento, abriendo así la libertad de decisión para cada ciudadano o agrupación.

Con el correr de los meses y los días, lentamente fue creciendo el apoyo entre nuestros correligionarios. Algunas agrupaciones batllistas importantes, de Salto y Maldonado, abiertamente salieron a apoyar la reforma. Y en nuestra recorrida constante por el país, comprobamos una creciente demanda de la papeleta del SÍ, que nos está hablando de una sociedad que reclama autoridad, que más allá de la letra del proyecto, quiere dar el mensaje de una profunda insatisfacción, de que no se siente defendida suficientemente.

El tema no es anecdótico. Si pensamos que el Latinobarómetro del año pasado nos mostró que la adhesión al régimen democrático, en el orgulloso Uruguay, apenas llegaba al 61%, cayendo año a año desde un 86% en 1997, no podemos ignorar que estamos ante un problema. Pensemos, además, que -según la misma medición- las instituciones de mayor prestigio son las Fuerzas Armadas y la Policía y las menos apoyadas los sindicatos, los partidos políticos y el Parlamento. Y que si bien “solo” un 16% dice que prefiere un régimen autoritario a uno democrático, no nos tranquiliza que ese “solo” sean casi 400 mil compatriotas.

También parece lógico entender que la rápida instalación del nuevo partido Cabildo Abierto responde a ese mismo reclamo de autoridad. Más allá de la respetable personalidad del general Manini, es notorio que mucha gente vio, simplemente en su uniforme, un símbolo de esa demanda, más allá de que él, incluso, no está de acuerdo con el proyecto de Larrañaga. Personalmente, hemos encontrado ciudadanos que le pensaban votar por imaginar una intervención militar en la seguridad sin escuchar su opinión contraria.

Por todo esto hemos dicho que hemos pasado de una neutralidad comprensiva a una viva simpatía hacia esta campaña. Sigo pensando que la creación de una Guardia Nacional no es materia constitucional, pero como el tema está referido a la ley, bien podrá ajustarse a una mejor realidad. Las demás disposiciones son normas asertivas que tendrá que aplicar el Poder Judicial. Nada tendrán que ver los gobiernos, razón por la cual no es muy válido el argumento de que ningún candidato presidencial apoya el SÍ.

¿Por qué hablamos de simpatía entonces? Porque vemos que ese reclamo de más seguridad, hecho por la vía democrática del voto, afirma el valor del Estado de Derecho, proclama la necesidad de que la ley resplandezca y el orden público sea garante de la libertad ciudadana. Dicho a la inversa: una democracia que luzca débil frente al delito, que no pueda con el crimen organizado, que aparezca impotente ante el narcotráfico, está en peligro.

No somos alarmistas. No estamos hablando de que nuestra vigorosa institucionalidad corra riesgos inminentes. Pero sí decimos que así como en todo el mundo occidental los sistemas de partidos están en crisis y con gobernantes tan extravagantes como los de EE.UU. e Inglaterra, las más viejas y sólidas democracias, nosotros también podemos irnos deslizando hacia ese peligroso terreno. Los populismos autoritarios tienen ahí el caldo de cultivo para medrar. Y en nuestra América Latina tenemos a la mano cumplidos ejemplos de esas vueltas de campana.

Nadie sabe si el SÍ podrá triunfar. Precisaría más de un millón largo de votos, que parece difícil en cuanto existe una fuerte oposición del Frente Amplio y sus instituciones asociadas y ninguno de los otros partidos se ha proclamado oficialmente a favor. En cualquier caso, si aun de este modo tan informal, por simple reclamo ciudadano, esa reforma se acerca a setecientos, ochocientos mil votos, será la hora de entender el mensaje.

Lo que nos importa es que la sociedad uruguaya reaccione ante el permisivismo ante el delito que instaló el Frente Amplio. Que haga sonar su voz con fuerza para que la coalición democrática por la que estamos trabajando, encare este tema de seguridad con un espíritu de compromiso y firmeza.

Nadie ha encontrado un sustituto, en el régimen democrático, para los partidos políticos. Donde estos se debilitaron, vinieron los Maduro, o los Fujimori o -aun dentro del sistema- la ingobernabilidad española, producto de la fragmentación. Razón por la cual aspiramos a que la coalición democrática que sustituya a la fracasada del Frente Amplio pueda dar respuestas adecuadas a este reclamo de “ley y orden” de la sociedad y así mirar con esperanza el futuro. Funesto sería el continuismo del actual régimen, porque con la misma gente y las mismas ideas, se cosecharían las mismas decepciones. Confiamos en que la sabiduría popular nos conduzca a ese esperanzado cambio que anhelamos.



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