Edición Nº 1081 - Viernes 22 de mayo de 2026

Los responsables del golpe

Una y mil veces lo dijimos y lo seguimos repitiendo porque es la verdad: del golpe de Estado son responsables los que trajeron la violencia al país, los que abandonaron la tradición cívica de la disputa política decidida por el voto para imponer el lenguaje de la bomba y el secuestro. Nadie puede negarlo: fueron los tupamaros, que desde 1963 intentaron liquidar la despreciada “democracia burguesa”; y son responsables, en la misma medida, los mandos militares de la época que, luego de combatir la guerrilla en nombre de las instituciones, las derribaron en la euforia del éxito militar.

Esta es una historia sencilla pero fuerte. Por supuesto, si cayeron las instituciones es porque ya adolecían de otras debilidades. Nadie puede negarlas, pero si la guerrilla no saca de los cuarteles a los militares, no había golpe. Quien mire con serenidad la historia, encontrará que si se extrae del relato la acción guerrillera, no se explica el golpe posterior.

Estos fueron, entonces, los responsables.

¿Cómo se ubicaron frente a la irrupción militar los partidos políticos?

El Frente Amplio, como partido, y el PIT CNT (CNT en aquel entonces) como organización, que nunca habían condenado la violencia guerrillera, se adhirieron al golpe en febrero de 1973 soñando con un gobierno “peruanista” al estilo de la dictadura militar encabezada por el general Juan Velasco Alvarado, quien desde Lima se declaraba antiimperialista, nacionalista y reformista agrario. Fueron las únicas organizaciones políticas y sociales que formalmente, en forma expresa, asumieron la idea de un gobierno con los militares. En éstos predominaron las tendencias más a la derecha y los bajaron violentamente del carro. Luego fueron perseguidos con vesanía y es verdad, pero eso vino más tarde.   

El Partido Nacional se dividió, porque así como Wilson Ferreira encabezó desde el principio la resistencia al golpe, el doctor Martín R. Echegoyen y el general Mario Óscar Aguerrondo, primerísimas figuras del Herrerismo, adhirieron a la ruptura institucional. Como también lo hizo el doctor Aparicio Méndez, que en 1971, como vicepresidente del Directorio del Partido Nacional en representación del wilsonismo, redactó la impugnación de las elecciones ante la Corte Electoral pero en 1976 asumió, por cinco años, la Presidencia del gobierno dictatorial.

Del Partido Colorado, a su vez, partieron los primeros enfrentamientos con el sector militar que se iba inclinando hacia la usurpación el poder político. En octubre de 1972, Jorge Batlle hizo pública la conmixtión que se venía dando en el Ejército entre tupamaros y oficiales intermedios de la Infantería para perseguir a dirigentes políticos y empresarios, lo que le mereció el arbitrario procesamiento y la prisión por la Justicia Militar. Situación que alejó del gobierno a los entonces Ministros del Batllismo de la Lista 15.

En febrero de1973, el senador colorado Amílcar Vasconcellos denunció a los “latorritos” y allí irrumpe el militarismo dictatorial. Quien se enfrenta al mismo dentro de las Fuerzas Armadas es la Armada comandada un gran batllista, el vicealmirante Juan José Zorrilla, que luego de la restauración democrática será llevado al Senado por el Partido Colorado. Cuando lleguen los aciagos días de junio de ese terrible 1973, el Comité Ejecutivo del Partido Colorado emite una declaración de terminante condena al golpe, nuestros principales parlamentarios de la época (Luis Hierro Gambardella, Amílcar Vasconcellos, Eduardo Paz Aguirre, Héctor Grauert, Nelson Costanzo) así lo proclaman y el Vicepresidente de la República Jorge Sapelli, que había llegado a ese cargo en la fórmula con el señor Juan María Bordaberry, también se opone al golpe y no acepta integrar el Consejo de Estado que sustituía al Parlamento.

Es verdad que el Bordaberry había sido electo por el Partido Colorado, pero lo hizo como hombre emanado del ruralismo, ajeno a la vida política partidaria, tanto como que había sido senador por el Partido Nacional también en nombre de esas entidades corporativas. Al principio intentó defender su investidura, pero desgraciadamente luego fue desbordado por los acontecimientos y se sumó al golpe. Decimos “se sumó” porque los titulares de la fuerza eran los militares y no él.

Instaurada la dictadura, todas las fueras mayoritarias de los partidos estuvimos en la oposición. Cada uno a nuestro modo. El Partido Colorado no claudicó un día y cuando en 1980 hubo que salir a defender el NO, el primer acto público, en el Cine Cordón, lo organizó la juventud colorada, única que nos representaba, porque los dirigentes mayores estaban proscritos e impedidos de hacer política. En 1982, tanto el Batllismo Unido como el Wilsonismo pasaron a ser mayoritarios en los dos grandes partidos y desde entonces es historia conocida como se retornó a la democracia.

En gruesos términos, estos son los hechos, narrados en detalle en “La agonía de una democracia”. Errores políticos pudimos haber cometido todos. Pero quienes como organizaciones atentaron contra la Constitución, sólo fueron dos: los tupamaros que llevaron el país a la violencia y los militares que primero los derrotaron y luego apañaron el poder.

Las fantasías que hoy se narran, las especulaciones politológicas que tejen alambicadas interpretaciones, se chocan contra la fuerza de los hechos. Hechos que, porfiadamente, resisten a la mistificación y cada día que pase irán resplandeciendo tal cual ocurrieron.



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