Edición Nº 1101 - Viernes 9 de octubre de 2026

Los excesos en las buenas causas

Por Julio María Sanguinetti

Fines loables frecuentemente terminan desprestigiados por los excesos y el autoritarismo en que incurren sus promotores, generando una reacción de rechazo que termina minando —a veces fatalmente— esos mismos propósitos.

Días pasados, la televisión mostró los ataques, en Buenos Aires, de un grupo de “veganos” que golpearon las vidrieras de un restaurante y una conocida pizzería. En una vidriera se escribió “muzarella igual muerte”. El episodio es la reiteración de agresiones similares en muchos países del mundo. En París, por ejemplo, han ocurrido episodios de violencia extrema en restaurantes y carnicerías.

Por supuesto, nadie discute el derecho de los veganos a desarrollar la dieta que les parezca. Si ellos renuncian a un buen queso o a un churrasco, es una respetable opción individual, pero no más que eso. Pretender que es del caso imponerle su criterio al resto de los ciudadanos y ejercer la violencia en sustento de su petición, es realmente abusivo. Todavía en nuestro país no han aparecido episodios de esa naturaleza, pero como más vale prevenir que curar, bueno es advertir, ya que el contagio de estas prácticas cunde en el mundo y hay que cortarlas de raíz.

En otro orden, estos días, la “policía del pensamiento” que ejerce el MIDES censuró el afiche de la “patria gaucha” que representa a una mujer negra amamantando a un niño blanco. Por supuesto es de la libertad del artista tomar el motivo que desee y de una organización privada dedicada a las tradiciones rurales promocionar su actividad como quiera. La Ministro llega a decir que ese afiche “no era representativo” de la Patria Gaucha, como si tuviera autoridad para decirle a quienes organizan el festival lo que tienen que elegir y de qué modo quieren representarse.

Lo que importa es que una mujer amamantando, blanca o negra, es siempre un acto de amor, de fraternidad, de calidez. Que en el caso pueda entenderse que se recuerda una práctica histórica, la de las nodrizas nutriendo niños a los que su madre no podía hacerlo, no supone su exaltación. Más bien podría pensarse en que simplemente se recuerdan costumbres hoy felizmente superadas, para empezar porque las nodrizas han sido sustituidas por leches industriales de valor nutritivo. Nodrizas las hubo blancas, negra o mestizas y la imagen muestra a una mujer con un rostro sereno de bondad. ¿Hace daño? ¿No es un testimonio de la generosidad de la raza negra que inmortalizó nuestro gran Pedro Figari?

En mi vida personal, puedo contar que, a la inversa, en mi casa, mi madre nos amamantó juntos a mí y a un chico negro, hijo de una señora empleada en casa, Jorgelina, a quien mamá adoraba. Y siempre nos reconocimos “hermanos de leche” y para mi fue la mejor lección recibida en la vida.

Como en el caso anterior, nos encontramos con que el exceso, a la inversa de lo proclamado, alimenta el prejuicio, debilita la causa, la expone a la ridiculez de ejercer una autoridad indebida.

No es distinto a la idea de imponer el famoso “lenguaje inclusivo”, sin respeto para las normas de la gramática y de la sintaxis, degradando las posibilidades literarias de nuestro idioma. Que quien quiera hablar de otro modo lo haga, no es algo ilegal ni inmoral. Siempre han existido formas del idioma que han respondido a otros códigos. Basta oír las letras de nuestros tangos tradicionales para advertirlo. Pero así como a nadie se le ocurrió imponer ese léxico en las escuelas, no es posible arrasar con todo y coactivamente instalar modalidades que hacen inviable una comunicación clara y de calidad.

La causa de la igualdad de los sexos embanderó al Batllismo desde su inicio y basta recordar algo tan revolucionario como el divorcio por sola voluntad de la mujer para asumirlo. La propia “universidad de mujeres”, la célebre “femenina”, fue una institución notable para su tiempo, que abrió el camino hacia la Universidad de jóvenes a las que sus propias familias cercenaban oportunidades. Y a partir de allí, el avance de nuestra sociedad es incuestionable. En todas las carreras universitarias, salvo dos, hay mayoría femenina. El Poder Judicial, uno de los tres poderes del Estado, es abrumadoramente femenino. En la política se va dando un avance, pero más por la calidad de las mujeres que por la cuota. En todo caso, imponer el famoso lenguaje “inclusivo” solo ha provocado reacciones inútiles y dividir a los quienes militamos en el feminismo desde la primera hora. Nada hay peor para una causa que el ridículo y el mismo está rondando en torno a su apelación seudosemántica.

En otro orden, la reciente ley de protección a las personas transexuales, respetable en su intención, necesaria incluso para validar claramente la igualdad de oportunidades, al incurrir en algunos excesos, ha puesto en cuestión lo que no debiera estar. El caso de los menores de 18 años, que pueden recurrir a un juez, cuando sus padres se oponen a un tratamiento hormonal, es de nuevo la misma situación: se exagera y se pone en cuestión la verdadera causa. La adolescencia, bien se sabe, es un tiempo de confusiones, en la identidad, en las vocaciones, en la sexualidad. Que un chico quiera emprender un camino irreversible es muy discutible, si los padres no lo ven favorable para su vida, es tan discutible como que el Estado (aunque sea un juez) no es quien debiera decidir el conflicto. ¿No es posible esperar un tiempo?

Los liberales , los humanistas, los que creemos en el libre albedrío de la gente, los que creemos que el Estado debe ayudar a que se eviten las discriminaciones, quedamos muchas veces en el medio, entre los reaccionarios contrarios a todo cambio y algunos planteos dogmáticos que devalúan una pretensión legítima, transformándola en actos totalitarios, defendidos además de modo maniqueo, en un blanco o negro, que nos aleja de los verdaderos fines perseguidos.



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