Las relaciones entre Uruguay e Israel en tiempos de crisis

Por Jonás Bergstein

El lector podrá cuestionar a santo de qué volver con el tema precisamente en este momento, cuando las aguas parecieran haber retornado a su cauce “normal” (whatever that means, si se nos permite el giro). Entiendo que la pregunta es completamente legítima, especialmente porque es bastante difundida —al menos en algún sector— la opinión conforme la cual los temas que hacen al judaísmo uruguayo no debieran ser sometidos al escrutinio público: algo así como pensar que “los temas internos debieran resolverse entre casa”.

Nosotros no tenemos el honor de compartir este temperamento. En parte porque entendemos plenamente vigentes las opiniones (y sobre todo, la actitud) de nuestros mayores: “ (Hay en el judío una) ancestral preocupación por lo que puede pensar el no judío, que lo lleva a inclinarse siempre hacia posturas de poca visibilidad, plegándose sobre sí mismo, en una actitud de no hagan olas, contra la cual siempre me he rebelado” (Nahum Bergstein, Judío. Una Experiencia, 1ª ed., 1993, p. 280). En parte porque creemos que la apacibilidad de las aguas es sólo momentánea (y pendiente de un hilo muy fino: la ausencia de una mayor beligerancia en el Oriente Medio). Y en parte porque creemos que en una sociedad genuinamente democrática, los problemas de uno cualquiera de los colectivos que hacen al todo —llámense judíos, negros, armenios o cualesquiera otros— nos involucran a todos: estamos todos en el mismo barco (o al menos debiéramos estarlo y, sobre todo, así debiéramos sentirnos).

Desde nuestro punto de vista, existiría en el seno de la dirigencia comunitaria judia (y quizás también fuera de ella), una línea de acción subyacente, a saber: procuremos restar beligerancia al tema, aplaquemos los ánimos, evitemos la confrontación con las autoridades nacionales y, en general, abstengámonos de una condena explícita a la adhesión de Uruguay a la votación favorable que profiriera el Consejo de Seguridad (aun cuando discrepemos con tal adhesión).

En tren de conjeturas, ese curso de acción tienes razones incluso históricas, casi arraigadas en ciertos sectores del judaísmo diaspórico: lo que decíamos más arriba, no hacer olas, y quizás, también, un verdadero dogma según el cual las comunidades judías deben preservar (a cualquier precio) el buen relacionamiento con las autoridades nacionales de turno.

Una vez más, no tenemos el honor de compartir ese enfoque. Creemos que el bajo perfil deja de ser sustentable cuando hay situaciones que imponen hacer el anonimato a un lado y salir a la palestra. Y en cuanto al precitado dogma, si bien en cuanto judíos y en cuanto uruguayos aspiramos a un relacionamiento armonioso con todos los sectores sociales del país (gobernantes o no) —porque la paz es (o debiera ser) esencial a ambas éticas, la del Uruguay y la del judaísmo—, creemos que toda relación tiene dos puntas. Como tal, sólo puede florecer con el compromiso de ambos lados. Cuando esa reciprocidad desaparece, desaparecen las razones por las cuales el colectivo judio —repito: lo mismo que cualquier otro— debiera preservar ese buen clima.

El tema seguramente de para mucho mas. Pero me temo que si me extendiera, no haría más que volver sobre lo mismo con otras palabras. Nos permitimos evocar el pensamiento del fallecido Manuel Tenenbaum, expuesto en el último de los artículos que le conocemos: “La mansedumbre por temor o conveniencia no elimina los peligros. Sólo las respuestas dignas, firmes y resueltas crean conciencia de los problemas dentro de la comunidad y eventualmente respeto fuera de la misma. En sociedades libres y abiertas no hay por qué atenuar la solidaridad con Israel, porque lo que está en juego no es la política de un gobierno, sino la vida misma del Estado judío” (“Liderazgo Judío en Tiempos de Crisis”, Semanario Hebreo, 18 Setiembre de 2014, p. 15).



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