Edición Nº 1095 - Viernes 28 de agosto de 2026

Las cosas en su sitio

Por Luis Hierro López

El título del programa de Nacho Álvarez calza perfectamente para describir la negativa del presidente Lacalle Pou al uso de la cadena nacional por el Pit-Cnt. Durante los gobiernos anteriores, la central obrera abusó de una posición que no le corresponde, convirtiéndose en una especie de segundo Senado, con desbordada influencia política.

Con serenidad y firmeza, el presidente Lacalle le explicó a la opinión pública y al presidente del Pit Cnt, Fernando Pereira, que la utilización de la cadena de radio y televisión, "contempla únicamente necesidades de carácter nacional que involucren a las instituciones de gobierno". Es lógico que así sea, por razones de legitimidad democrática y de ordenación jurídica. Si los trabajadores organizados usan los medios públicos en cadena, lo mismo puede ocurrir con los pasivos, los estudiantes o los empresarios, lo que significa un contrasentido.

El Pit-Cnt se acostumbró en estos años anteriores a ejercer un cogobierno, técnicamente antidemocrático. Nuestro sistema se basa en la elección de representantes, que son quienes tienen legitimidad y autoridad para actuar en nombre del Estado. Las organizaciones intermedias - sindicatos, centrales sindicales, gremiales empresariales, etcétera - son muy importantes, pero representan opiniones grupales e intereses parciales, que pueden o no coincidir con los del gobierno pero que no pueden sustituirlos.

Por lo tanto, las opiniones políticas que involucran a toda la sociedad deben emanar de los partidos políticos, cuyos representantes han sido elegidos con esa finalidad. Los dirigentes sindicales no han sido elegidos, si es que han sido elegidos, para opinar sobre la ciudad y el mundo - urbe et orbi, como reza la vieja expresión latina - como han venido haciendo desde hace décadas. Sus opiniones en ese sentido, como las de cualquier otro ciudadano, son libremente emitidas, pero no tiene que ser obligatoriamente amplificadas por los medios de comunicación.

Estas afirmaciones son casi de Perogrullo, elementales, pero deben reiterarse ante la inercia cómplice con que la sociedad fue aceptando los desbordes sindicales bajo el amparo ideológico de los gobiernos frenteamplistas.

La decisión gubernamental no va en contra de la "unidad nacional" y "la democracia", invocaciones que hacen algunos voceros de izquierda cuando les conviene. Cuando no les conviene, bien que se olvidan de esas convocatorias mayores.

Habría muchas otras consideraciones que hacer sobre la central obrera, aquejada de ideologismo y de dogmatismo. En vez de dedicarse en serio a los temas laborales y productivos, los dirigentes sindicales se dedican a la política partidaria, lo que es un hecho indiscutible. En varias oportunidades me referí en esta columna a las expresiones pragmáticas y valientes que en ese sentido ha volcado de Richard Read. Pero dejemos esos análisis, más profundos, para otra oportunidad.

Por ahora lo que interesa resaltar es que hizo bien el presidente Lacalle. Puso orden y criterio ejerciendo sus facultades sin temor y sin ira.




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