Edición Nº 1072 - Viernes 13 de marzo de 2026

¿La salud psíquica no importa?

Por Julio María Sanguinetti

Todo empezó con una inverosímil propuesta, en medio de un planteamiento presidencial sobre seguridad ciudadana: si se legalizaba la marihuana se lograría el retorno de muchachos consumidores de pasta base a una situación “más blanda”. El argumento duró 24 horas, porque no hubo especialista que no explicara rotundamente que eran drogas contradictorias y que si bien alguien podía pasar de marihuana a pasta base, la inversa era imposible. Comenzó allí, entonces, una deriva de propuestas e ideas sueltas, que motivaron una profunda reacción en la sociedad uruguaya. Hasta la Sociedad de Psiquiatría (11 de julio de 2012) emitió un comunicado muy medido, en que señaló la inconveniencia de una legalización que abría la puerta a un enorme riesgo de salud. Se lamentaba también que no se consultaran a los medios científicos.

Pese a esas reacciones se siguió adelante con volteretas de todo tipo, hasta ignorando la advertencia del propio ex Presidente Dr. Vázquez, quien señaló la necesidad de advertir a los jóvenes sobre los daños del consumo. Ahora estamos ante la evidencia de un nuevo proyecto oficialista, que no solo legaliza la marihuana sino que instala un inverosímil monopolio del Estado, con la extravagante culminación de crear un Instituto Nacional del Canabis.

El Presidente Mujica, que anteriormente dijo que si había resistencia en la sociedad “se iba al mazo”, ahora dice que “lo que le asusta es el narcotráfico, no la droga”. Es una afirmación tremenda, evidentemente no meditada. ¿Cómo que no le asusta la droga? ¿No le preocupa que en el mundo entero las investigaciones científicas, unánimemente, señalen que el consumo habitual de marihuana triplica el riesgo de esquizofrenia, duplica el de depresión y que produce daños irreversibles en la inteligencia de tal magnitud que hasta hay una pérdida de 8 puntos en su coeficiente? Son datos provenientes de una observación llevada a cabo a lo largo de 25 años por una importante Universidad de Nueva Zelandia, cuya conclusión publicó nada menos que la revista de la Academia Americana de Ciencias el 27 de agosto. ¿No le preocupa que el Instituto de Salud Pública de Suecia, luego de 35 años de investigación sobre un grupo enorme de voluntarios, estableció rotundamente sus efectos sobre la memoria, la esquizofrenia, la concentración y en general la salud psíquica? ¿No le preocupa que hoy se haya establecido que la marihuana es tan cancerígena como el tabaco, cuyo exceso hoy el país exitosamente combate?

No se puede ignorar que en los últimos años la visión científica ha experimentado una evolución trascendente. Desde el ángulo de la salud, ya no hay debate: los daños de la marihuana son incuestionables e irreparables. Se sabe, además, desde hace poco, por qué se producen (Informe de la Revista Veja, de 31 de octubre, según opiniones concluyentes de científicos internacionales y brasileños): la marihuana interfiere en la función de los “endocanabinoides”, sustancias cerebrales liberadas naturalmente cuando las conexiones entre los neuronios son activadas. Esta interferencia está en la raíz de los futuros desequilibrios, de efecto lento pero no reversible.

Al mismo tiempo, es verdad que en el mundo ha crecido la idea de la legalización, a partir del costo enorme —en vidas y en dinero— que genera la lucha contra el narcotráfico. Este es un tema distinto. No se trata de la salud sino del crimen organizado. Y aquí preguntamos: ¿puede el señor Presidente creer realmente que va a disminuir el narcotráfico por vender marihuana del Estado, cuando las organizaciones criminales continuarán distribuyendo, con más facilidad, pasta base, cocaína , heroína y —por supuesto— también la marihuana que produzcan clandestinamente?

Sabemos que la propuesta de legalización está en el mundo, pero no es por casualidad que en muy pocos países ha prosperado y que en varios se ha retrocedido (Dinamarca, por ejemplo, y aún Holanda). No ignoramos que el autocultivo, en un país donde está despenalizado el consumo, puede ser una lógica extensión del ya explícito criterio legal. Pero todo esto debería discutirse profundamente, con asesoramiento científico, sin generar este clima de jolgorio en que quien señale el peligro es un “pacato”, como nos endilga el señor Presidente.

El problema no es “el prejuicio” como él afirma. Es el “juicio” concluyente de la ciencia sobre los daños cerebrales. Y esto es lo que nadie responsablemente puede ignorar, lo que hay que instalar en la conciencia de la población, tal como hoy tiene claro que el tabaco es cancerígeno. ¿No advertimos que cuando la juventud adolece ya de un problema de falta de concentración e interés en los estudios sistemáticos, nada hay peor que alegremente abrirle el camino a una droga que —justamente— estimule la indolencia, el dejarse estar y que detrás de un bienestar pasajero, va llevando al retroceso psíquico?

Desde las alturas se alienta el permisivismo, una sensación vaga de novedad, de “buena onda”, que sería amplificada si se diera el paso a una legalización expansiva del consumo. Sin análisis ni estudio, se está poniendo en peligro la salud de una buena parte de nuestra juventud.



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