La república

Por Julio María Sanguinetti

El proceso electoral ha concluido y —una vez más— las instituciones han honrado sus mejores tradiciones.

Hace 15 años, fue histórico que por vez primera se quebrara una hegemonía de casi dos siglos de los partidos tradicionales para dar paso a una coalición de izquierda. Ahora, luego de tres períodos de esa mayoría hegemónica, se cierra ese ciclo y se abre otro, sobre el que hablará el futuro.

Estos días hemos recibido a muchos periodistas extranjeros y, especialmente los argentinos, se admiraban de que una elección tan pareja no generara cuestionamientos a las autoridades electorales ni conflictos callejeros entre los ciudadanos en competencia. Nuestra Corte, y todo el sistema, que mantuvo la legalidad aun bajo la dictadura en el plebiscito de 1980, ha manejado los dos escrutinios, el de octubre y el de ahora, sin márgenes para la duda. Y la ciudadanía ha acompañado con una actitud de expectativa, en la que fue fundamental la sobriedad del Dr. Lacalle Pou, convencido de su victoria pero apaciguando ánimos.

Estos días, que no eran de real incertidumbre porque el resultado favorable a él era inconmovible, han servido —también— para mostrar que no todos los actores políticos están a la altura de esa jerarquía republicana. Que no se reconociera claramente la situación ya laudada, solo ha servido, en visión menuda, para dilatar un festejo que espontáneamente estalló ayer en las calles de las ciudades uruguayas.

La alternancia está decretada. La primera vuelta dejó sellada una clara mayoría parlamentaria. La segunda, donde no importan partidos ni porcentajes, ratificó al ganador, pese a que hubiera traslados de electorado de una opción a otra. Ahora, el Presidente electo organiza su gobierno y afronta otro desafío inédito: administrar una coalición de cinco partidos. Históricamente, hubo gobiernos de coalición firmes o inestables, o de acuerdos puntuales, o de mera gobernabilidad, pero siempre se encontraron los caminos para preservar la estabilidad del régimen y la funcionallidad del gobierno. La diversidad actual no tiene precedentes.

Desgraciadamente, algunos políticos frentistas radicales y periodistas más atentos a su “rating” que a los deberes profesionales, han construido una suerte de amenaza militar inexistente. Han sumado unas discutibles declaraciones del general Manini con unos artículos de una revista del Centro Militar y hasta los extravíos de un alocado ciudadano, otrora simple marino, para generar un nubarrón que pretende poner alguna sombra sobre la integridad democrática de la coalición ganadora. Para empezar, digamos que el general Manini no viene de la dictadura (era apenas aspirante cuando el golpe de Estado) sino de los gobiernos frentistas, en los que ascendió a general y luego a Comandante en Jefe de la fuerza, con el apoyo fundamental del Ministro Eleuterio Fernández Huidobro, viejo líder tupamaro. Hoy, lanzado a la política con un partido nuevo, se verá cómo lograr definir un perfil propio, pero hoy nadie tiene derecho a cuestionar su fidelidad democrática. Ha participado del acuerdo programático que definió la coalición, recibió un gran apoyo popular y ello debe respetarse.

El Presidente electo está terminando de armar su gabinete ministerial. Refleja el apoyo parlamentario conquistado en las urnas. Posee la coherencia del “Compromiso por el país” y tendrá la conducción de quien ha mostrado, a lo largo de todo ese período, una madurez insoslayable para manejar ideas y situaciones. Son cinco años de trabajo, recorriendo el país y estudiando sus problemas, en los que —paso a paso— se fue viendo transformarse aquel joven candidato que aspiró, sin éxito, a Presidente en el período anterior, en un político sólido que, manteniendo el brío de su juventud, alcanzaba la altura de la magistratura mayor. Todos sus discursos han mostrado lucidez, serenidad, amplitud. No cambió su talante conforme a los buenos o malos vientos, que el desafío político les puso delante.

Estamos, entonces, en días de alegría y esperanza. Soplan vientos de cambio. Naturalmente, también asoma el peso de la enorme responsabilidad de recibir un país cargado de problemas. Pero, justamente, para iniciar ese cambio es que se luchó.

Como colorados y batllistas sentimos la enorme tranquilidad de haber cumplido con nuestro deber. Nuestros mayores construyeron lo mejor de las instituciones políticas y sociales del país. Comprometidos con ellas es que hemos luchado un año y medio para contribuir a levantar al Partido Colordo y crear el clima neceario para esta coalición que hoy es realidad. Como en los viejos tiempos del final de los actos batllistas: “¡Viva la República...!”.



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