Edición Nº 1102 - Viernes 16 de octubre de 2026

La política importa

Por Julio María Sanguinetti

La política es ineludible y estará siempre presente. El sueño “saint-simoniano” de las decisiones “científicas” en el Estado, ha sido desmentido por la historia.

No están de moda los políticos ni los partidos. Pasa en Europa y entre nosotros. Luego de dos siglos en que todo se lo pedimos a la política y al Estado, desde la Revolución Francesa en adelante, pasamos a pedírselo todo a la economía y cosechamos la misma decepción. En una palabra, el desencanto es el resultado de un falso encantamiento anterior, de ciertas ideas mágicas que nos traerían todas las soluciones o de catecismos con la universalidad de las respuestas.

Pero más allá de esos estados de ánimo colectivos (que son históricamente recurrentes), la política sigue existiendo y alguien la hará. Porque el manejo de los asuntos del Estado es irrenunciable, las elecciones felizmente también, el debate de los asuntos públicos lo mismo y la polifacética orientación de la sociedad, en sus diversos aspectos, ha de ser asumida por seres humanos, que responden no solo a soluciones concretas sino a ideas, sentimientos e intereses.

Saint Simon, a principios del siglo XIX, imaginaba que la política devendría una ciencia, que las decisiones del Estado serían todas científicas y que, de ese modo, desaparecerían la arbitrariedad, la ignorancia y las intrigas de la vida pública. Bien sabemos que la historia le demostró lo contrario y que, si bien el manejo del Estado y de los resortes de la sociedad se ha hecho muy complejo y no se atan a esquematismos dogmáticos, no por eso la política ha perdido espacio. A la inversa, se ha hecho cada vez más un arte muy difícil.

Lo que pasa normalmente es que se observan los males de la política y de ahí se derivan conclusiones antojadizas. Ya Aristóteles nos hablaba, hace veinticinco siglos, que la demagogia es la forma espuria de la democracia y de ella —del todo— no nos libraremos nunca. El tema es controlar esa tendencia a adular al “pueblo soberano” que suele dar réditos a corto plazo y muchos males futuros. Lo mismo que el abuso del poder y la corrupción, desgraciadamente tan difundida en estos tiempos de economía de abundancia, frente a lo cual se trata de que las leyes establezcan los contralores más perfectos posibles y que luego el pueblo juzgue. Porque ese es otro necesario modo de ver las cosas: la política no es mejor ni peor que la gente que vota, porque si hablamos de democracia, esa es la norma. Y el acto político de una elección es el mayor acto de gobierno, porque es decidir orientación y gente para administrar los asuntos públicos. Cosa que en estos tiempos suele tomarse como si fuera una encuesta con nefastas consecuencias.

De todo lo cual se desprende que la política es imprescindible desde cualquier ángulo que se la mire. ¿Es posible conducir un país sin el ejercicio de un liderazgo? ¿Podemos imaginar —o entender— el Uruguay de hoy sin el liderazgo de Don Pepe Batlle? ¿O derrotar al nazismo sin la conducción épica de Winston Churchill?

Ese ejercicio de conducción no puede reducirse a “ciencia”, como soñaba Saint Simon.

¿Cómo salimos en nuestro país de la dictadura? ¿Con una contrarrevolución o con un manejo político que incluyó propuestas, protestas, acuerdos, contradicciones, idas y vueltas, hasta llegar a un “pacto” que fijó la fecha de las elecciones y el traspaso de mando? Fue un “pacto” y ese concepto —que suele desacreditarse— resultó esencial. Si no pactábamos en aquel momento los mandos militares, el Partido Colorado, el Frente Amplio y la Unión Cívica, no hubiera sido posible salir en paz como salimos.

Estos días hemos hablado de un futuro gobierno de coalición. Ya hicimos la experiencia en nuestra segunda presidencia, en acuerdo con el Partido Nacional que presidía por entonces el Dr. Alberto Volonté. Sin ese acuerdo, ¿podríamos haber llevado adelante una reforma educativa, tan cuestionada por los insensatos que todavía afligen a la enseñanza pública? ¿Podríamos haber siquiera intentado la reforma de la seguridad social que construimos para salvar al sistema al mismo tiempo que el equilibrio de las finanzas públicas? ¿Podríamos haber llevado a cabo el sacrificado ejercicio diario de la administración del dinero para que pudiéramos salir del mundo inflacionario que hacía más de medio siglo enfermaba al país?

La política, entonces, es para la democracia como el oxígeno a la respiración y la vida. Nada es posible sin ella. El desafío es hacerla bien, no contaminarla de egoísmos, personalismos, abusos o corruptelas. Se trata de insuflarle grandeza, amor al país, convicción en lo que se hace; se trata de conciliar en cada hora los principios con las realidades, que ahí —después de todo— está el arte de ejercerla.



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