Edición Nº 1072 - Viernes 13 de marzo de 2026

La fuerza de las ideas

Por Julio María Sanguinetti

Nuestro último libro, “La Fuerza de las Ideas”, ha dado lugar a algunas discusiones públicas y muchas otras en ámbitos políticos, que como autor nos gratifican aun cuando algunas puedan ser bienvenidas críticas. Ante todo, porque poner en el debate las ideas ya es de por sí de un enorme valor en este tiempo de redes innominadas, informaciones superficiales o lectura digital en “picoteo”.

Tampoco es ocioso señalar que en estos días hay un cierto desapego hacia la mirada histórica, en nombre de las exigencias del futuro. Nunca está de más repetir la vieja frase de Marc Bloch: “la ignorancia del pasado lleva inevitablemente a la incomprensión del presente”. Esta verdad se prolonga más allá, porque el modo maduro de mirar hacia adelante es tener clara conciencia de cómo se construyó el presente, de cuál es el origen de las cosas y poder así, con perspectiva, distinguir lo que es real innovación de lo que es solo moda, o valorizar lo importante ante lo que aparece simplemente como urgente.

Hay quienes creen que no tratamos a Herrera y al Herrerismo con suficiente objetividad, cargando demasiado las tintas en aspectos históricos de agudo enfrentamiento con el Batllismo. No faltan quienes inscriben este cuestionamiento en el marco de la actual Coalición, alegando su inoportunidad. En cuanto a esto, observamos el asunto desde un lado exactamente opuesto, porque hoy debiéramos gratificarnos de poder estar juntos en un gobierno quienes tuvimos tantos enfrentamientos históricos. Por supuesto, que no soy “objetivo” porque miro esa construcción ideológica desde el ángulo de la filosofía colorada y batllista, pero siempre con una “intención de verdad”.

Ese es, justamente, el tema del libro: de como el Partido Colorado, en una trayectoria que le ubica en el gobierno en dos tercios de los dos siglos de vida republicana, impregnó su estilo y la mayoría de sus ideas, a la construcción del Estado uruguayo. Éste aparece hoy como un dato de la realidad para las nuevas generaciones, que no siempre tienen la perspectiva necesaria para entender el significado de ciertas instituciones o principios y mucho de su origen partidario. Nada hay más constructivo que evocar esos debates para advertir cómo la dialéctica democrática llevó al Uruguay de hoy a ser lo que es. Nada es el fruto de la casualidad y los enfrentamientos entre batllistas y herreristas siguen siendo parámetros de comprensión profunda para nuestra realidad presente.

¿Podemos ignorar que, pasada ya la primera presidencia de Don Pepe, con un país ya más maduro en su estabilidad política, bastó el anuncio, desde Europa, de que sería candidato nuevamente, para que se llamara a las armas? La mirada veraz sobre los hechos es el único modo de mirar hoy con respeto a ese pasado y darle particular valor a los acuerdos presentes.

En lo que hace al Dr. Herrera, como joven militante batllista, lo sentí siempre tenaz rival, pero leyéndolo en sus obras históricas adquirimos al mismo tiempo un gran respeto por su inteligencia y cultura. No siempre coincidimos, naturalmente, él abreva en otras fuentes, pero hay obras como La Tierra Charrúa, que mantienen particular vigencia, o bien La Misión Ponsomby, que fue un enorme aporte documental al proceso de nuestra independencia definitiva.

Desde otro ángulo, constantemente sectores del Frente Amplio se apropian de la figura de Batlle y Ordóñez o invocan el ideario batllista pretendiendo usurpar sus valores en la dimensión social que le dio a la democracia liberal. Aprovechan, como decimos, que la mayoría de las ideas batllistas, ya han perdido filiación partidaria al incorporarse al Estado. Por supuesto, quienes apelan a ese presunto batllismo esconden lo principal: que el Batllismo es un movimiento estrictamente democrático y por lo tanto se ubica en las antípodas de quienes creen que Cuba, totalitarismo de partido único, es una forma especial de democracia o que Venezuela y Nicaragua no son dictaduras; que el Batllismo, por liberal, cree en la economía de mercado y no en la del socialismo colectivista, que solo ha llevado a los países a la pobreza; que el Batllismo, por republicano, cultor de la tolerancia y la igualdad ciudadana, es irreconciliable con la interpretación clasista que siguen haciendo el socialismo y todos sus movimientos cercanos; que el Batllismo, por su internacionalismo, es un cultor del derecho y no ha transado nunca con los movimientos totalitarios que aun llevan al mundo a la guerra. Esa fragilidad de su convicción democrática es la que hizo que el Frente Amplio acompañara el golpe de Estado de febrero de 1973, con la misma confusión que siguen sufriendo hoy en el análisis de nuestro mundo.

En todo caso, nos gratifica que se debata, que se discuta, que se entienda que las ideas importan. Que la política y la historia, no son solo la figura de los grandes hombres, porque estos -por grandes justamente- siempre representan ideas. Y que ellos tampoco son la simple resultancia de corrientes sociales o económicas, porque la voluntad, capacidad y mérito de los seres humanos son también parte de la historia.



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