La formación del carácter. Mi modesto homenaje a los Héroes de los Andes

Por Jonás Bergstein

Con sólidos fundamentos, el estreno de "La Sociedad de la Nieve: ¿Quiénes Fuimos en la Montaña?", se ha convertido en uno de los temas predilectos de la temporada estival.

Las razones no requieren de mayor explicitación: su hazaña es tan extraordinaria como conmovedora, precisamente porque es, ante todo, una historia desesperadamente humana. En esos 72 días desfila la vida toda: su precariedad, la proximidad de la muerte, el amor, la superación ante la adversidad, el instinto humano de conservación, la vida en una pequeña comunidad despojada de toda consideración material fuera de aquella estrictamente necesaria para la supervivencia. Es la vida misma.

A todo lo cual cabe sumar un cine de maravillosa realización, caracterizado por su notable sobriedad: todo en su justa medida, siempre respetuosa y sin estridencia. Desde el propio accidente -breve pero impactante-, hasta la ingesta alimenticia -insoslayable pero al mismo tan delicadamente planteada-, pasando por la pérdida de los seres queridos -sensible y discretamente tratada-.

Como toda producción de excelencia, los temas que aborda y sus matices, con seguridad sean incontables. Por eso hemos creído detenernos en un par de aspectos, que nos hacen a nosotros, los uruguayos: uno tiene que ver con el pasado, el otro con el futuro. Ninguno de ellos es (ni pretende ser) novedoso; pero como tantos otros, ciertamente no dejan de ser (infelizmente) actuales.

Comencemos por el asunto del pasado: nos referimos el lugar que los sobrevivientes y su historia han ocupado -y debieran ocupar- en nuestra sociedad. Se ha dicho una y otra vez que el milagro de los Andes y sus protagonistas, no han tenido en nuestro país el reconocimiento al cual debieran estar llamados. Ese punto de vista -que creemos esencialmente cierto-, ha sido atribuido a múltiples factores: sea la condición social de los sobrevivientes, sea su profunda fe religiosa en un país de una fuerte impronta secular, sean las circunstancias históricas en que la tragedia se inserta -en plena guerra civil (desatada por los tupamaros), seguida por el golpe de Estado y todo lo que éste trajo-, sea por el canibalismo al cual se vieron forzados. Por las razones que fuera, no creemos que la nación uruguaya simpatice ni empatice con los sobrevivientes de los Andes, tanto sí lo ha hecho con otras destacadas figuras en otros ámbitos (especialmente uno, el futbolístico).

A nuestro juicio, y acaso sin quererlo, las expresiones del Senador Bergara dieron en la tecla, pues apuntaron en la dirección que creemos correcta, en un doble sentido: en Uruguay los sobrevivientes de los Andes no son héroes, y no lo son a raíz de su origen, de la casa de la cual venían. Dijo el Senador Bergara: "La epopeya de Los Andes fue protagonizada por chiquilines de los sectores más ricos de la sociedad. Muchachos de élite, sin vuelta ni matices. Sin embargo todos estamos orgullosos de que sean uruguayos". Vale decir: para nosotros no se trata de indagar si las expresiones de Bergara fueron acertadas o no, a qué quiso o no referirse el Senador, sino de subrayar la asociación de ideas: la asociación de los Andes con la condición socio-económica de los protagonistas. En el acierto o en el error, el hecho es que en la conciencia colectiva esa conexión pareciera haberse instalado. Y si es así, pues es allí donde hay que profundizar: ¿por qué razones los uruguayos podríamos tender a asociar una cosa con la otra? ¿Por qué razones quienes en el resto del mundo son vistos como lo que son -verdaderos héroes- en Uruguay no dejamos de verlos (también) como los hijos de los sectores más ricos, anteponiendo ésa (u otras) consideraciones a cualquier otra? ¿Es que acaso en otras sociedades, en situaciones de supervivencia de este tipo -si el paralelismo cupiera-, ellas son también asociadas a la condición económica de sus actores, o es ésta una cosecha puramente autóctona?

La película de reciente estreno indudablemente tiene el mérito de haber vuelto a poner estas preguntas arriba de la mesa.

El segundo aspecto no tiene que ver con el pasado, sino con nuestro futuro: ¿hay algo que como sociedad pudiéramos extraer de los Andes? ¿Qué podemos hacer con el tesoro de estos supervivientes y su epopeya?

Si se comparte el punto de vista de este cronista -lo de los Andes fue una proeza del espíritu humano-, hay allí una materia preciosa, un diamante bruto que como sociedad no podemos permitirnos el lujo de desaprovechar, mientras los supervivientes aún están entre nosotros. Esto tiene que ver también con lo que los Andes representan para el suscrito: a saber, tenacidad, superación de la adversidad, temple, y tantas otras virtudes que para nosotros bien podrían sintetizarse en tres o cuatro palabras: la ética del trabajo. Si esto es lo que los supervivientes de los Andes encarnan, todo pareciera indicar que es en ese mismo sentido que debiéramos promoverlos y jerarquizarlos.

Viene a colación el pensamiento de Toni Nadal, el ex entrenador del tenista español Rafael Nadal. Cuando alguna vez le preguntaron si el sistema de enseñanza que había adoptado para su pupilo era extrapolable al sistema general de enseñanza, el gran Toni respondió sin atenuantes: "Estoy convencido de ello. La educación insiste en transmitir conceptos, pero yo creo que es más importante la formación del carácter. Es lo que de verdad te ayuda a ser capaz de resolver problemas en la vida".

Los supervivientes nos debieran ayudar en esa misma dirección: ayudarnos a educar y a forjar el carácter de nuestros gurises. ¿Cómo? Si a nosotros se nos preguntara, la respuesta sería por demás concreta: llevaríamos a los sobrevivientes de gira por todo el país, a cada rincón de esta tierra bendita, para que a los cuatro vientos difundan, cuantas veces sea necesario, su inequívoco mensaje de esperanza, trabajo y fe en la potencia realizadora de todo ser humano.




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