La falsedad en el alma
Por Luis Hierro López
El centenario de la revolución rusa y el cincuentenario de la muerte del Che Guevara son acontecimientos que demuestran que los grupos de la así llamada izquierda radical han aceptado y cultivado la mentira durante décadas.
Hace un siglo de la revolución rusa, movimiento que provocó durante varias décadas el elogio y la admiración de algunas corrientes políticas de izquierda en todo el mundo, bajo la interpretación de que significó el derrocamiento de un régimen autocrático y antipopular. Los hechos indesmentibles demuestran que la revolución culminó en octubre de 1917 cuando los bolcheviques dieron un golpe de estado que instauró un sistema más autoritario que el de los zares. Allí se instaló a sangre y fuego una dictadura que, basada en el terror –justificado por Lenin– y extendida hasta 1989, estuvo signada por el centralismo burocrático y antidemocrático, la persecución perversa a los opositores, los asesinatos contados por millones, las hambrunas más dramáticas, el aplastamiento de todas las libertades y derechos. La mera existencia de los Gulags como campos de confinamiento y de lento exterminio, la colectivización forzosa de la tierra –que provocó tantas muertes como la propia Revolución– y la creación e imposición de una cultura y un pensamiento únicos fueron expresiones claras de un totalitarismo que, por su extensión en el tiempo y por la cantidad de sus víctimas, fue peor que el nazismo.
Pese a ello, en nuestro país y hasta no hace mucho tiempo, varios sectores elogiaban esa dictadura y justificaron todos sus atropellos, incluso las crueles invasiones a Hungría y a Checoeslovaquia.
Lo mismo ocurre con Cuba y con el Che Guevara. La ciega y religiosa adhesión a esas causas que todavía mantienen varios sectores políticos y sindicales es elocuente respecto a su falta de principios democráticos. Son los mismos que defienden a Maduro.
El cincuentenario de la muerte del Che tras su aventura en Bolivia dio lugar acá a una sesión de la Cámara de Diputados, en la que varios legisladores frenteamplistas elogiaron su lucha. Uno de ellos, Gonzalo Martínez dirigente de la juventud del 26 de Marzo, sostuvo que Uruguay debe seguir el camino del Che porque es la única forma de luchar contra el imperialismo. Es decir, el diputado reivindicó la lucha armada para llegar al poder aunque haya que fusilar por centenares a los adversarios, lo que significa un delirio además de una enorme irresponsabilidad política e ideológica.
Falsedades de similar entidad han tejido los tupamaros, ocultando sus violentas agresiones a los derechos humanos y su ataque a la democracia al crear el relato de que fueron especies de Robin Hood y que fueron presos por luchar contra la dictadura. Por suerte para las nuevas generaciones, la sociedad está conociendo ahora la historia real, que muestra que los tupamaros fueron unos revolucionarios delirantes y soberbios que creyeron que podían implantar acá el ejemplo cubano y que podían llegar al poder a través de las armas y a lo que diera lugar, aunque tuvieran que secuestrar y asesinar inocentes. El relato auténtico muestra que la trayectoria tupamara no tuvo nada de heroica y se basó en una turbia trama de traiciones y engaños.
Pero aunque las mentiras se vayan desmantelando con el paso del tiempo, estas tendencias políticas tienen la enorme capacidad de inventar cada tanto nuevas falacias y enemigos. Son personas y grupos que creen que la imposición de sus ideas y la conquista de sus metas justifican cualquier conducta, la mentira sostenida en el tiempo, la calumnia repetida y machacona e incluso el odio y el asesinato. Estos tres procesos históricos verificados durante un siglo, la revolución rusa; la revolución cubana y el endiosamiento del Che; y el relato tupamaro, así lo confirman. Eso es lo que la “sociedad abierta” debe tener siempre en cuenta.
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