La ciencia en vértigo, la política en rezago

Más que nunca hay que levantar la lucha humanista por la libertad, la igualdad y la fraternidad, sostuvo el Dr. Julio María Sanguinetti en una columna publicada en La Nación de Buenos Aires, que aquí reproducimos.

Bismarck decía que "la única base saludable para los políticos de una gran potencia. es el egoísmo y no el romanticismo". No sabemos en qué medida el Presidente de los EE.UU. puede haberlo asumido como fuente de inspiración, pero en todo caso su "America first" se parece mucho a la pasión alemana del Canciller de Hierro. La gran distancia entre uno y otro es que mientras Bismarck miraba al mundo desde una concepción geopolítica que lo ubicaba en el centro de una Europa todavía el mayor escenario universal, Trump se mueve en un mundo global y multipolar improvisadamente y -lo que es peor- debilitando la estructura de gobernanza mundial que EE.UU. lideró luego de la Segunda Guerra Mundial.

Estados Unidos sigue siendo la potencia mayor. Lo es no solo por su economía, sino por su capacidad científica y tecnológica, la vanguardia de sus empresas en la revolución digital, la innovación productiva constante y -ni hablar- por su poderío militar. Sin embargo, no ejerce el liderazgo que hoy sería imprescindible. No es lo mismo ser potencia que ejercer un liderazgo, necesariamente construido sobre alianzas, una imagen capaz de admirar y un ejercicio eficaz de su influencia. Podríamos poner un ejemplo contrario en Rusia, cuya economía es de mediano porte (del nivel de Brasil o Italia) y, sin embargo, luce como una gran protagonista aun en áreas de conflicto.

Si algo faltaba para poner en evidencia esta realidad, la pandemia nos ha enfrentado a ella con rudeza. Las Naciones Unidas, sin protagonismo; Europa, más dividida y compleja que nunca pese a la sabia estabilidad alemana; Japón, siempre vigoroso, pero sin ambiciones políticas internacionales, y China, disputando la primacía a EE.UU. aun -paradoja de la historia- en el terreno de la libertad de los mercados. Todos somos conscientes de que estamos ante un cambio de tiempo histórico, el mundo digital se ha acelerado pensadamente en estas pocas semanas, pero -como decía Paul Valéry- "entramos al futuro caminando hacia atrás".

La ciencia es la protagonista del gran salto, mientras se rezagan las instituciones y los modos de pensar y entender el mundo; digamos la política, para ser claros. No estamos construyendo lo que vendrá. Apenas administrando lo que queda de lo que fue el equilibrio de fuerzas que en el último medio siglo, dígase lo que se diga, le dio al mundo los años de más paz y prosperidad de su historia.

Luego un tiempo de cierto olvido, repentinamente se pone de moda John Maynard Keynes, al producirse un resurgir del Estado, cuyo protagonismo se hace inevitable para conducir la crisis sanitaria y enfrentar las tremendas consecuencias de la paralización económica. Entre 1930 y 1936, cuando publicó sus dos grandes obras, su motivación principal surgía de aquella Inglaterra que desde el fin de la Primera Guerra Mundial adolecía de una enorme desocupación obrera. Naturalmente, como a todos los grandes pensadores se los ha caricaturizado e invocado para intentar una hueca justificación de despilfarros estatales. O, paradójicamente, por fuerzas de izquierda que de a ratos creen encontrar en el Estado protagonista de Keynes algo afín a sus ideas, cuando -justamente- por lo que luchó fue la recuperación del sistema de mercado y la afirmación de la democracia liberal.

Se olvidan también de que Keynes no fue solo un teórico, sino un articulador fundamentalísimo de las instituciones multilaterales de la segunda posguerra. Encabezó la delegación británica en Bretton Woods, cuando se echaron las bases del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, que con las Naciones Unidas formaron el cuadro estructural del orden mundial que hasta ahora venía administrando los equilibrios de la paz y la competencia.

Los acontecimientos históricos suelen ser "reveladores", más allá de su dimensión real. La Toma de la Bastilla no fue el determinante del triunfo de la Revolución Francesa y la caída de la monarquía, pero sí su explosión simbólica. Esta pandemia por sí misma no cambiará el mundo, pero nos ha puesto delante de la realidad de ese tiempo nuevo de globalidad sin la capacidad institucional para administrarla, cuando se imponen la tendencia hacia un mundo digital que ahora se ha acelerado vertiginosamente; la riqueza científica y tecnológica, revaluada vigorosamente frente a la producción material; las ilimitadas posibilidades de control de la vida ciudadana, y la presencia dolorosa y desestabilizadora de enormes sectores de la población sin oportunidad en la nueva economía.

¿Cómo podrán manejarse las migraciones sin solidaridad internacional? ¿Cómo hacer frente a estas pandemias que se van a repetir, de un modo u otro, si cada Estado define lo que se le ocurra? ¿Nos resignamos ya a un comercio limitado por brotes proteccionistas arbitrarios que nos retrotraen a los tiempos de escasez? ¿Marchamos, como decía Thomas Hobbes en su Leviatán, a un "estado de naturaleza" que nos lleva a una "guerra de todos contra todos"? No se trata del enfrentamiento militar, sino de esa insolidaridad que empieza en el comercio y termina ofreciéndonos un mundo peor para todos.

Como decía Anatole France, después de la primera posguerra, "la vida es una lucha de fuerzas en la que nunca se sabe cuál es la fuerza más fuerte; a veces parece ser la ciencia y la razón, otras veces la locura y la ignorancia". Desgraciadamente, sigue siendo así. Por eso, nunca bajar los brazos en la eterna batalla humanista por la libertad, la igualdad y la fraternidad, que no precisan tanto alas como cuidar sus raíces.




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