“La Reconquista” de lo indispensable
Por Adolfo Castells Mendívil
Un defecto que han tenido la mayoría de los políticos uruguayos a lo largo de la historia —me refiero a los importantes con algo para decir— es no dejar una traza personal escrita de su quehacer público. Desertada esa labor memorialista, quedan las obras de historiadores o de ensayistas políticos. No es lo mismo.
Esto es bastante común en Latinoamérica y contrasta con la tendencia exactamente contraria que se suele dar en algunos países europeos donde cualquier gobernante que haya ocupado un Ministerio, da a luz a un libro sobre su gestión.
Julio María Sanguinetti es una excepción a la regla, porque nos deja su testimonio personal de una época en la cual fue protagonista. Y es excepción a otra regla general: el que bien habla mal escribe y viceversa. Ungido por el don de la oratoria, Sanguinetti prosea recomendablemente.
Su anterior: "La Agonía de la Democracia" nos daba cuenta del proceso de la caída de las instituciones (1963-1973) y "La Reconquista" es su historia de la restauración democrática en nuestro país (1980-1990).
Toda versión de los hechos -máxime cuando la relatan testigos por más calificados que sean- adolece de subjetividad. Sanguinetti se plantea el desafío de no apartarse de la prueba, de tomar en cuenta la pluralidad de las fuentes y de admitir que "la memoria es un recuerdo siempre parcial, de una persona o de un grupo".
Con ese desafío, que cumple, el autor relata el difícil tránsito, primero, desde el plebiscito de 1980 que pretendió imponer una constitución no aceptada por la sabiduría, la tradición o el olfato del pueblo uruguayo.
Luego los grandes hitos del Acto del Obelisco; las conversaciones con los militares del Parque Hotel y del Club Naval; las desproscripciones parciales; las elecciones internas y la complicada relación entre los partidos políticos.
Se llega así a las elecciones nacionales y a la “asunción” de mando del 1º de marzo de 1985. Desde esa fecha, escribe Sanguinetti, los sentimientos se empezaron a mover “al compás del temor de quienes se alejaban y la impaciencia de los que llegaban” (Titulo de una anterior obra suya.”El temor y la Impaciencia”, 1991).
Huelgas desde el primer momento de gobierno, sin un día de tregua para la recobrada democracia: aeropuerto, transporte, Justicia, papeleros, municipales, y otros; el tema de la caída de los bancos al rojo vivo; reclamo de la “amnistía general e irrestricta” y de “deuda externa no pagar con el hambre popular”; del reacomodo de las arbitrariedades de la dictadura, etc. etc. No obstante lo cual, ese período de gobierno, 1985-1990 fue el del cambio en paz; el de la liberación de todos los presos políticos; el de la amnistía por los crímenes consumados por el MLN-Tupamaros y otros grupos disidentes, aún los nunca procesados o condenados.
Fue también la continuidad del Estado evitando un caótico vacío jurídico, reponiendo o reparando a los destituidos por la dictadura, recomponiendo sus carreras; y las facilidades para la repatriación de los compatriotas exiliados que desearan volver.
Muy preocupado por lo que estaba ocurriendo en la Argentina, el gobierno presidido por Sanguinetti estaba convencido que el único camino para evitar actos devaluatorios de la democracia (no un golpe de Estado militar, como se sostuvo de mala fe) era extender la amnistía a los militares.
Y buscando esa meta, se sucedieron fracasadas iniciativas: competencias de los tribunales de apelaciones; comisión de juristas; proyecto de ley de urgencia del Poder Ejecutivo; proyecto del Partido Nacional; para llegar a la aprobación de la Ley de Caducidad de la pretensión punitiva del Estado y al posterior referéndum de ratificación.
Todo lo cual, llevó prácticamente el período de gobierno entero y demuestra que el sistema político estaba abocado a buscar una salida, consciente de que el tema militar podía crear aún muchas dificultades.
Luego del resultado del referéndum de la Ley de Caducidad, o sea en el año 1989, la cuestión del esclarecimiento de las violaciones a los derechos humanos y su posible juicio y castigo, desapareció de la agenda de todas las fuerzas políticas del Uruguay.
“Todo el país pensó que el tema había terminado para siempre”, escribe Sanguinetti. Por desgracia para el Uruguay y para el respeto de la voluntad popular y del Estado de Derecho, eso no fue así, como todos sabemos.
“La Reconquista” instruye a los jóvenes y recuerda a los olvidadizos, cómo empezó en 1985, la recuperación económica con el retorno de la democracia. Entre 1981 y 1985 el PBI uruguayo había caído 16%, el déficit fiscal heredado era 9,5% del PBI, la desocupación 14% y la deuda externa ascendía a US$ 4.664 millones.
Al terminar la primera presidencia post dictadura, el Uruguay había aumentado el salario real 29%; el desempleo había bajado a 7,9%; la pobreza disminuyó de 46% a 26,6% y se logró un crecimiento económico de 20% para el quinquenio.
Se podrá estar a favor o en contra de “La Reconquista”, pero difícil resultaría negar que todos los hechos reseñados son probados y las opiniones personales están perfectamente individualizadas.
Claro que Julio María Sanguinetti no estará a salvo de las descalificaciones “ad hominem”, de la compartimentación militante intelectual y de todos aquellos que aborden la obra con un juicio “a priori” sin haber vivido los acontecimientos.
Personalmente, tuve la suerte de ser testigo de una parte de los sucesos narrados, por lo que puedo dar fe —parcializada por la amistad y el compromiso— de la veracidad de ellos.
Pero hay un testimonio de la época que no tiene ese problema y que fue vertido al finalizar el año 1989: “Reconozco con honestidad que el gobierno del Dr. Julio María Sanguinetti realmente ha hecho las cosas de forma que permitió a todos los uruguayos la posibilidad de vivir esta democracia”.
Y sigue el entusiasta declarante: “Deseo expresar mi homenaje, más allá de las diferencias, por el trabajo que ha hecho ese equipo de manera formidable en el proceso de transición democrática” (Dr. Tabaré Vázquez, Búsqueda 15/12/1989)
Luego de tanto desvarío actual, de tanta interpretación forzada de la historia reciente y de manuales de adoctrinamiento para los escolares, con una visión deformada y antidemocrática de nuestra trayectoria como país, “La Reconquista” es un libro imprescindible para poner las cosas en su lugar.
Y es la reivindicación de que la política, más que el arte de lo posible es el arte de hacer posible lo que es indispensable, sacrificando lo ineluctable y lo contingente.
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