Edición Nº 1084 - Viernes 12 de junio de 2026

Importantes debates Bio-éticos

Por Julio María Sanguinetti

Como ocurre en todo el mundo, nuestro país está abocado a debates bio-éticos de gran trascendencia.

Está avanzando en la Cámara de Diputados un nuevo proyecto sobre despenalización del aborto. Al proyecto original se le añadieron algunas restricciones importantes: 1) el aborto sigue siendo considerado delito, salvo cuando se cumplan las exigencias de la ley; 2) el ginecólogo a quien una mujer le pida realizar un aborto convocará, dentro de 5 días, a una instancia médica con un tribunal de tres personas (uno de ellos, objetor de conciencia) y mostrará a la interesada las diversas alternativas que tiene; 3) se acepta la objeción de conciencia del profesional que se sienta moralmente impedido de practicar un aborto y, eventualmente, de una institución.

Por supuesto, es un debate profundo, donde coliden visiones filosóficas y sociales distintas. De un lado se dice que es segar una vida; del otro se afirma que un embrión de doce semanas no es una persona por no ser viable. De un lado se dice que la maternidad es irrenunciable, que no es facultad individual arrogarse ese derecho, y del otro que siendo la libertad el principio, la mujer tiene el derecho a interrumpir un embarazo no querido.  De un lado se sostiene que es exclusivamente un tema de principios éticos y del otro que la ilegalidad condena a las mujeres más pobres a correr mayores riesgos, al no poder acceder a profesionales y clínicas confiables.

Desgraciadamente, el debate se plantea en ocasiones de un modo radical y hasta agraviante. Se acusa de asesinato a quienes desean quitarle la nota penal a un hecho que, por cierto, nadie aplaude ni considera feliz, pero que existe en la sociedad y no puede llevarse al extremo de llevar a la prisión a una mujer que normalmente llega esa situación por desesperación económica o una presión social que le hace sentir esa maternidad como una desgracia. Se trata de eso, simplemente. El aborto es siempre una derrota, a la que ninguna mujer marcha alegremente, por poco consciente que sea. La pregunta es si, además de esa penuria, hay que imponerle la nota de criminalidad. Nos parece éticamente condenable esa condenación del Estado, porque tampoco le vemos mérito moral a una maternidad no querida, producto de circunstancias casuales.

Por todo esto, no es feliz que se politice el tema, que se le asuma dogmáticamente y no se respeten las diferencias de criterio. Nadie tiene el monopolio de la moral como para sentirse autorizado a juzgar por encima de la voluntad y los sentimientos.

Paralelamente, se sigue adelante con una modificación muy importante a la ley que autoriza la donación de órganos. Se propone —y ya tiene media sanción— que, en principio, los ciudadanos somos todos donantes, salvo quienes hayan expresado una voluntad contraria. Se  invierte así el principio hacia una formulación tácita, que se aplica en varios países de Europa con éxito incuestionable, como es el ejemplar caso de España, el primer país en la materia.

Por cierto no faltan quienes por razones religiosas o morales estiman sacrílego amputar un cadáver. No tiene sustento ético esa posición. Alguien muerto dejó de ser persona, queda allí una materia inerte y ya inviable para la vida, que sin embargo puede salvar la de otros a través del uso total o parcial de un órgano. Entre una vida a salvar y la pérdida por putrefacción de un órgano, no hay opción. En cualquier caso, quien aún sienta aquella limitación ética, tiene siempre el derecho a establecer su voluntad negativa.

También se han expresado temores sobre la posibilidad del abuso de un Estado sin garantías, en que se mate a una persona para extraerle órganos. Este debate se ha dado en el mundo y los sistemas legales han podido soslayar ese peligro a través de registros adecuados y estricto cumplimiento de las prioridades establecidas. En un Estado sin garantías jurídicas, el problema no sería éste sino otros aún mayores, porque no se precisará ley para matar o amputar.

En todo caso, es propio de una sociedad madura que se adelante en estas discusiones y soluciones. La experiencia nos irá aproximando a los mejores resultados pero, en cualquier caso, las dos propuestas en discusión marcan avances. No es posible cerrar los ojos ante la evidencia social de hechos que nos desafían.



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