Homenaje suicida
Ha trascendido que el Centro Militar pretende rendir homenaje —entre otros— al último presidente de la dictadura, el Teniente General Gregorio Álvarez. El tal homenaje, además de constituir un exabrupto extemporáneo, resulta en todo punto inoportuno. Francamente, cuesta entender tamaña miopía.
Si hay un acto sin sentido es ese. Fue el único militar que ejerció la Presidencia de la República de modo dictatorial. La ambición que no tuvieron sus otros colegas generales que dieron el golpe, le llevó a dividir el Ejército para ocupar, a como diera lugar, la primera magistratura. Desde ella exhibió intolerancia y dificultó todo lo posible la trabajosa salida política que en paz le permitió al país retornar a la democracia. Amén de compartir, con los mandos de la época, la responsabilidad en la caída institucional del país. No se puede olvidar su fotografía entrando al Palacio Legislativo el 27 de junio de 1973, luego de cerrar el Parlamento.
Ese homenaje es poner de relieve el peor rostro de las Fuerzas Armadas, el que todavía genera un rechazo en el sentimiento democrático del país. Cuando el transcurso del tiempo ha acallado muchas pasiones y, salvo un núcleo radicalizado de la izquierda, el período dictatorial comienza a mirarse con más sentido histórico, este homenaje es reabrir la herida del modo más perturbador, darle la razón a los energúmenos que aun reivindican la acción violenta contra la democracia.
Por si todo esto no fuera poco, cabe agregar el argumento de oportunidad: en momentos en que una ley jubilatoria está a punto de descalabrar a las Fuerzas Armadas, provocando una salida masiva de oficiales y tropa, salir a reivindicar la figura más rechazada de la dictadura, es algo así como un intento suicida. Realmente no se puede entender.
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