Hay que cortar el circuito perverso

Por Luis Hierro López

Los números vinculados a lo delitos son realmente dramáticos, porque si no hay un cambio radical de las políticas públicas, somos un país condenado a sufrir en poco tiempo la sentencia del Director de Policía, Mario Layera, en el sentido de que nos convertiremos en una sociedad de índole centroamericana, sometida al narcotráfico, con un Estado fallido ante las expresiones habituales de violencia y muerte.

¿Se puede evitar ese escenario? Sí, - al estilo de Obama y con copia en estas orillas- sí se puede. Pero hay que evitar las reacciones extremas y los populismos que, de ambos lados de los radicalismos ideológicos, convierten estas reflexiones en especies de tiroteos dialécticos en vez de ser la búsqueda sincera de aspectos coincidentes en los programas de los partidos – que los hay - para ensayar un camino común. Es posible agendar una base de consensos interpartidarios y llevarlos a la práctica.

Hay un dato que indica a las claras que hay que cortar de raíz la cadena delincuencia-cárcel- delincuencia. Con un enorme crecimiento de la población carcelaria y con egresos de 6000 procesados por año, la reincidencia llega a un 65%, habiendo por lo tanto 4000 delincuentes que por año regresan a sus “trabajos” habituales, por lo que la secuencia delictiva sigue siendo muy fuerte. En total hay más de 11 mil personas encarceladas, pero los procesados con penas alternativas llegan a 16.200. Ahora se está revisando este sistema, para endurecerlo, por lo que es posible que en breve aumente otra vez la cantidad de encarcelados.

La reforma carcelaria es uno de los eslabones. Hay otros enfoques tan o más importantes que rodean la cuestión, en materia de inserción social, educación, empleo. Pero empecemos por acá: una reincidencia del 65% implica un fracaso que corresponde exactamente a esa proporción, dado que la Constitución ordena que las cárceles sirvan para la rehabilitación de los procesados y penados. No es posible pensar en que habrá reincidencia cero, pero hay países que muestran niveles del 20 o del 30%. ¿Por qué debemos resignarnos a venir de atrás, con los peores guarismos? Detrás de esa reincidencia hay varios factores: los programas de enseñanza y adiestramiento laboral para quienes están encarcelados son insuficientes hasta ahora. Han mejorado, pero según informaciones del Comisionado Parlamentario, sólo un 25% del total de la población carcelaria hizo en 2018 en forma esporádica, cursos de enseñanza. Un 20% de los reclusos tiene una alfabetización muy incompleta, lo que será un déficit enorme al momento de recuperar su libertad. Casi un 40% de los reclusos hizo algún tipo de entrenamiento laboral, pero en forma discontinúa.

Más de la mitad de los encarcelados tiene necesidad de drogarse a diario, y no hay programas efectivos de rehabilitación al respecto. Ése es un factor principalísimo para interpretar la reincidencia.

Deseo comentar a los lectores que cada vez que he tenido oportunidad de visitar los países más avanzados, hice lo posible por aprender de sus sistemas carcelarios y esa experiencia me permite concluir que, aunque en Uruguay se han hecho algunas cosas en la buena dirección, estamos muy atrasados y hay que encarar reformas de fondo, con orientaciones estables que provengan de entendimientos nacionales:

1) Más allá de si las cárceles deben depender de un Ministerio o de otro, ésa es una discusión nominal si no se profundiza el proceso de profesionalización del personal carcelario. Es una tarea dura y abnegada para la que hay que seleccionar rigurosamente a los policías preparados para ello. Durante muchos años, los peores policías eran derivados, como sanción, al sistema carcelario. Hay que cambiar esa tendencia y hay que disponer de las inversiones públicas necesarias.

2) Las cárceles son ámbitos en los que la disciplina pasa a ser un eje fundamental de la rehabilitación. Los incidentes que ocurren en ellas y de los que nos enteramos por los videos enviados por los celulares – que inicialmente los presos no pueden poseer –indican que las cárceles son, hacia su interior, tierra de nadie, donde los presos pueden hacer cualquier cosa, incluso prácticas de canibalismo. En ese estado de desorden e irresponsabilidad no hay rehabilitación posible. Los asesinatos intracarcelarios llegan a cifras récord. Murieron 11 prisioneros en un incendio y nunca hubo responsabilidades. El informe del comisionado parlamentario destaca que, previsiblemente, un 35% de los reclusos ha recibido tratos crueles e inhumanos durante su encarcelamiento.

3) Tiene que haber por lo menos una cárcel de alta seguridad para que presos como Rocco Morabitto no se escapen cinematográficamente. Esos delincuentes deben estar aislados y recluidos. Hay muchos casos en los que únicamente la reclusión severa por muchos años es lo que asegura una disminución de la peligrosidad que representan. Hay mucho palabrerío social en torno a este tema, pero los hechos son claros: a los asesinos seriales, los violadores y los grandes narcotraficantes, los países serios los encierran por muchos años.

4)Los otros son recuperables y, por lo tanto, hay que enfocar los mejores esfuerzos del Estado mientras esas personas estén presas y sobre todo, cuando salgan. Tiene que haber un trabajo con los presos y con sus familias, un trabajo perseverante y que requerirá muchos recursos financieros y de expertos, aplicando políticas públicas de larga duración. ¿Qué es una tarea muy difícil? Sí, lo es. Pero más difícil y desgraciado es vivir en una sociedad erizada por la violencia y el delito.

( Publicada inicialmente en Montevideo Portal)



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