Fondo de la cuestión

Por Julio María Sanguinetti

El país está lleno de debates de coyuntura. El culebrón del Vicepresidente ocupa todas las primeras planas, pero a él se agregan episodios de variada índole a los que si le añadimos las alternativas del seleccionado de fútbol, que todos seguimos, nos encontramos bien lejos, distraídos, de esas cuestiones fundamentales que hacen al desarrollo nacional.

Pongamos algunos ejemplos de aquellas cuestiones realmente relevantes y que se nos están escapando.

En el fárrago de las noticias aparece que los carniceros están importando pollos de Brasil en razón de los aumentos de precios que han ocurrido en los de producción nacional. Éstos son verdad, pero el tema de fondo es que se trata de una producción intensiva en uso de energía, cuyo costo la saca de competencia. En los últimos años, han caído muchos productores, van quedando los más eficientes, pero está claro que tampoco éstos pueden. Más allá de este caso, el precio de la energía es un tema central de desarrollo, sobre el cual damos vueltas pero se hace difícil enfrentar. Sin hacerlo, es muy difícil imaginar una competitividad adecuada.

La educación, obviamente, es un tema recurrente por su carácter crucial. Se ha avanzado en el debate, porque se escuchan voces autorizadas técnicamente que van delineando una institucionalidad funcional mejor y una comunidad educativa efectivamente productiva. Pero hay otra dimensión del tema que es política y no técnica y hace a los fines y contenidos de la educación. ¿Nos orientamos a los conocimientos básicos o damos preferencia a los instrumentales de naturaleza más práctica? ¿Seguimos con una enseñanza de la historia que jóvenes de 12 o 13 años le hacen sentir que viven en un país “tapón” inventado por los ingleses? ¿Continuamos con una “geografía humana” que se preocupa más de señalar las áreas de pobreza del mundo que las de desarrollo real y el sistema bajo el cual lo alcanzaron? ¿El sistema capitalista seguirá siendo mirado con acidez o informaremos que aun con sus defectos es el que ha sacado más gente del hambre? ¿No recuperamos algo de los valores de disciplina y respeto que, en versión moderna, son parte de una educación para la vida? La historia reciente, ¿se mantendrá en clave frentista, ignorando el papel objetivo de la guerrilla en el proceso de violencia que culminó en el golpe de Estado? En resumen, ¿tratamos de formar jóvenes aptos para vivir y competir en la democracia liberal y la economía de mercado globalizado o los preparamos para la frustración y el escepticismo? No hay pueblo en la historia, desde la Grecia de Pericles a los EE.UU. de Roosevelt, que haya superado crisis y construido su prosperidad si no es con unas profunda convicción sobre el sistema en que vivía y una adhesión convencida de los valores de su país.

El mundo es global, el comercio es global y, como consecuencia, el acceso libre a los mercados es naturalmente una clave. Eso supone tratados de libre comercio que superen, entre otros escollos, el de pagar gravámenes como el de nuestra carne en China, que tiene que competir con las de Australia y Nueva Zelanda, más cercanas y que entran desgravadas. Naturalmente, esos tratados suponen también sacrificios en la competencia interna, pero eso nos lleva al concepto que debiera ser dominante en todos estos debates: productividad, o sea la combinación de factores que permite producir con los mejores costos.

La geografía nos ha impuesto (u ofrecido generosamente) un destino logístico, que en los últimos años, con la reforma portuaria y las zonas francas, ha crecido espectacularmente. Estos días se vive una tremenda competencia con Buenos Aires por la carga paraguaya, que viene creciendo al ritmo de la economía de su país. Las autoridades han tomado medidas interesantes pero el sindicato no atiende razones y hace todo lo posible por alejar a estos clientes que amplían nuestras posibilidades de trabajos y significan una cabecera de puente en una relación fundamental hacia el futuro.

El tema sindical, por supuesto, va más allá del puerto. Desde la construcción a la educación, su presencia desborda la bienvenida acción gremial de defensa lógica de los trabajadores. Actuando desde una posición de rechazo a la economía de mercado y una acción política populista contraria a las democracias, se hace difícil, aun para un gobierno frentista, lograr una acción conjunta que se inspire en lo que debiera ser una obsesiva mejora de la productividad, el norte para que haya más trabajo y crecimiento.

En todas las dimensiones del desarrollo estamos muy lastrados por debates ideológicos o asuntos anecdóticos de corto plazo. La alternativa opositora que el Dr. Larrañaga está planteando en buena hora, pasa por estos temas. La política, que ya está orientándose hacia la próxima elección, debiera mirar por encima de las llevadas y traídas posibles candidaturas, para ahondar en la cuestión de fondo de transformar el país en una nación moderna. La que supimos ser.



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