Fomento del odio
Por Luis Hierro López
Las expresiones de la ministra de educación y Cultura contra el candidato Lacalle Pou promueven el odio social y el enfrentamiento y deben ser repudiadas.
No es la primera vez que la doctora María Julia Muñoz abusa de su alta investidura para tirar munición pesada contra el candidato blanco, por lo que no puede tratarse de un descuido sino de una acción deliberada.
En febrero pasado, la titular del Ministerio arremetió contra el candidato porque vive en La Tahona y porque “nunca tomó un ómnibus –no sabe sacar un boleto– y no conoce la vida diaria de los uruguayos”.
Ahora intentó descalificarlo porque estudió en una Universidad privada, olvidándose groseramente de que esas instituciones son habilitadas y convalidadas precisamente por el Ministerio que la señora Muñoz encabeza accidentalmente. Es grave que la jerarca del ramo se exprese de esa manera y descalifique, precisamente, a las Universidades a las que supervisa. Es cierto que la señora luego procuró corregir sus apreciaciones, pero eso fue peor, porque lo dicho ya estaba dicho y hasta con saña. La supuesta enmienda habla de la irresponsabilidad conque la ministra se expresa.
Más allá de señalar la grosería que las expresiones implican, hay un trasfondo ideológico, vinculado al viejo dogma de la lucha de clases y del enfrentamiento social, que es necesario tener en cuenta.
Al pronunciarse de esa forma, Muñoz está tratando de utilizar con provecho electoral los rencores naturales de la sociedad, esos que se vinculan a las peores facetas de la condición humana: el odio al diferente, la envidia, la discriminación de las opiniones por los orígenes de quienes las promueven, la descalificación del pensamiento según el barrio del que surja.
En pocas palabras: eso es el fascismo. La categorización previa de las razones y los principios es viejísima y antidemocrática desde siempre y suelen practicarla las dictaduras, no los gobiernos republicanos. Uruguay se ha edificado en torno al principio de que todos podemos opinar, vengamos de dónde vengamos, seamos ricos o pobres. El prejuicio de que las ideas pueden categorizarse según su origen llevaría al voto calificado, esa terrible reacción que proponen algunos ciudadanos antidemocráticos para impedir el sufragio de las personas más ignorantes y que, dada su precariedad intelectual, no podrían participar de las decisiones principales de la sociedad.
No es nueva esta actitud de algunos dirigentes frenteamplistas. Hace ya muchos años y en un programa de televisión, Mujica destrató al periodista Néber Araújo, con aquel famoso “no sea nabo”, que no fue improvisado ni casual, sino un dardo dirigido a humillar desde el “pueblerío” a quien, simbólicamente, representaba a las clases altas y al poder establecido.
Similares actitudes de desprecio hubo en otras circunstancias, algunas promovidas desde la propia página web de la presidencia, divulgando dato privados de un colono que se había enfrentado al Dr. Vázquez; otras veces escrachando desde la militancia frenteamplista a ciudadanos que perdieron sus trabajos, acusados –sin pruebas– de haber participado de actos de represión durante la dictadura, como ocurrió hace poco con el inspector Zuluaga. Las recientes declaraciones de la candidata a Vicepresidente, Graciela Villar, respecto a la lucha entre oligarquía y pueblo, van en la misma dirección.
El Uruguay no debe ser así, clasista, enfrentado, dividido. Tenemos una larga y rica tradición de integración social y a lo largo de los tiempos el país ha superado las naturales diferencias entre los sectores sociales, siendo, históricamente, la nación de América Latina que mejor ha redistribuido la riqueza y que más amplias oportunidades brinda para la superación material y espiritual de todos. Nuestras diferencias radican “en los talentos y las virtudes” –esa sabia expresión de la Constitución– y no en el barrio en el que vivimos, la índole de nuestros ingresos o el color de nuestra piel.
Quienes fogonean esas diferencias desde el poder están jugando con fuego, porque están sembrando un camino de enfrentamiento que se sabe dónde empieza, pero no cómo termina. El Uruguay ya vivió ese ciclo y deberíamos haber aprendido la triste lección de los años setenta.
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