Europa está en peligro. Como siempre

En una interesante columna para el The New York Times, el periodista holandés Caroline de Gruyter reflexiona sobre el convulsionado momento que está viviendo la Unión Europea. Reproducimos aquí su análisis.

En julio de 2020, en compañía de funcionarios y expertos europeos, me pidieron que participara en un ejercicio sobre política. El centro de pensamiento alemán que nos convocó nos pidió que especuláramos sobre qué sucedería si Matteo Salvini o Marine Le Pen, los líderes de extrema derecha en Italia y Francia, llegaran al poder. Pasamos unas horas debatiendo frenéticamente cómo respondería la Unión Europea a cada caso. Estábamos seguros de una cosa: sería un desastre.

Ningún escenario, por supuesto, se materializó. En Italia, Mario Draghi es primer ministro y Salvini está cayendo en las encuestas. En Francia, el presidente Emmanuel Macron derrotó a Le Pen y ganó la reelección. El mismo día, el primer ministro de derecha de Eslovenia, admirador de Donald Trump, también perdió. Fueron unas cuantas horas buenas para Europa.

Pero no duró más que eso. Con rapidez, en Bruselas y otras capitales europeas, el alivio se convirtió en angustia. Las elecciones parlamentarias francesas de junio, en las que Macron podría perder la mayoría y verse obligado a hacer compromisos incómodos con la extrema derecha o la izquierda radical, son la nueva preocupación. El primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, tras asegurar su reelección a principios de abril, sigue siendo una presencia disruptiva en el panorama. Y la guerra de Rusia en Ucrania continúa.

La ansiedad es común en Europa. Mucha gente parece pensar que la Unión Europea, que de diferentes formas ha dado prosperidad y paz a los europeos desde la década de 1950, está siempre al borde del colapso. La última década —en la que experimentamos una crisis de la deuda, una crisis de refugiados, el brexit, el ascenso de la extrema derecha y, no menos importante, la pandemia— ha provocado lamentos constantes sobre el próximo fin de la unión. Y, sin embargo, a pesar de todo, perdura. En un mundo de guerra y calamidad, necesita unirse aún más.

Quizás la mayor ventaja de la Unión Europea es su solidez. Pero la organización no puede depender solo de la estabilidad institucional. Europa vuelve a ser un lugar peligroso. Como dijo una vez Carl Bildt, ex primer ministro de Suecia, la comunidad solía estar rodeada de amigos, pero ahora está rodeada de fuego. Algunos vecinos están tratando activamente de socavar la unión y destruir todo lo que representa Europa, y la guerra en Ucrania es el último ejemplo terrorífico. Frente a tal peligro, que amenaza con devolver el continente a la barbarie, el argumento a favor de unirnos más estrechamente es aún más imperioso.

Por fortuna, los europeos se han conocido mejor en tiempos recientes. Durante la crisis de la deuda de hace una década, personas de todo el continente presenciaron debates tensos en el Parlamento de Grecia. El destino del país, vinculado a dolorosas reformas económicas, resonó mucho más allá de sus fronteras. Los europeos también están muy atentos a que Polonia y Hungría limiten la independencia de sus poderes judiciales y de la prensa, y quieren que se respete el Estado de derecho en los Estados miembro.

La brutal guerra de Rusia en Ucrania y la creciente coerción económica y política de China han unido aún más a los europeos. Se dan cuenta de que no pueden enfrentar estas tormentas solos: al sentir que su estilo de vida está en riesgo, su respuesta natural es mantenerse unidos. Es posible que todavía no estén muy contentos con la Unión Europea —la manera en la que funciona, los tipos de compromisos en los que se sustenta—, pero sin duda están más felices en ella.

Este sentimiento común es indispensable a la estructura de la comunidad. La Unión Europea tiene una construcción federal, similar a la de un Estado, que debería ser lo suficientemente sólida como para defender los intereses europeos en común frente a la adversidad geopolítica. Tiene un Poder Ejecutivo (la Comisión), un parlamento que representa a los ciudadanos, un órgano legislativo que representa a los Estados (el Consejo), un tribunal de justicia independiente, un banco central e incluso una guardia fronteriza común. Esta robusta arquitectura federal es la base de la estabilidad de Europa.

En la práctica, sin embargo, no es como las estructuras federales de Estados Unidos o Alemania. En Bruselas, la capital de facto de la Unión Europea, los Estados miembro toman la mayoría de las decisiones. Cuando los jefes de Estado y de gobierno europeos se reúnen, lo hacen como líderes nacionales. No son elegidos para actuar en interés de Europa sino en interés de sus propios países. Cualquiera que sea el tema en discusión, se sientan, ponen sobre la mesa sus preocupaciones nacionales y comienzan a negociar. Al final, cada uno encontrará algunas de sus demandas en el acuerdo final.

El sistema tiene sus ventajas. Más o menos garantiza la adopción nacional de la toma de decisiones en bloque, y cada miembro reconoce sus huellas dactilares en el acuerdo que resulta. Este sentido de propiedad ayuda a explicar la razón por la cual la unión ha sobrevivido a tantas crisis en los últimos años: los Estados miembro han invertido en ella, dependen de ella y, lo que es más importante, quieren que sobreviva. Pero la desventaja de este enfoque es que, al buscar el consenso en casi todos los temas, Europa se vuelve tan fuerte como su eslabón más débil. Los líderes suelen tomar decisiones a medias porque algunos países se niegan a ser más ambiciosos, con resultados que no siempre satisfacen las necesidades reales de Europa.

Hay muchos ejemplos. Hungría ha bloqueado varias declaraciones de política exterior contra Rusia o China que el resto de los Estados miembros habían aceptado. Polonia, por su parte, ha diluido en solitario los objetivos climáticos de toda Europa. Y antes de las elecciones presidenciales en Francia, el gobierno retrasó la decisión sobre un embargo petrolero europeo contra Rusia por temor a que el aumento de los precios de la energía pudiera favorecer a Le Pen en su campaña contra Macron. A menudo, Europa es el instrumento de los Estados miembro que buscan promover sus intereses propios y limitados. Macron, aunque sea “proeuropeo”, no es la excepción.

Esa fue la razón por la que con tanta frecuencia las elecciones causan tantos dolores de cabeza. La democracia, sin duda, es la fuerza de Europa. Es el valor fundamental de la unión, su corazón palpitante. Pero la democracia es también la debilidad de Europa. Eso es porque la comunidad no es realmente europea: más bien involucra a 27 democracias nacionales separadas. Si una de ellas tiene un gobierno euroescéptico, puede poner en peligro todo el proyecto europeo, que depende de la unanimidad. En la práctica, cada vez que se celebran elecciones en algún lugar, la unión se convierte en una rehén. Esto hace que sea una forma insostenible de hacer las cosas.

Las elecciones francesas, dijo Macron, fueron “un referéndum sobre Europa”. El problema con Europa es exactamente ese: cada elección es un referéndum sobre Europa, en todos los rincones del continente. Sería extraño que una elección estatal en Montana o Mississippi tuviera la posibilidad de desarticular la república o descarrilar su política exterior. En Europa, es una situación normal. En parte, esa es la razón por la que, a pesar de su éxito como potencia económica mundial y faro de estabilidad, a Europa a menudo le falta confianza y luce vulnerable ante una brisa en contra.

Esta paradoja, sin embargo, no tiene por qué ser permanente. En un mundo definido por la inestabilidad, la competencia de las grandes potencias y el aumento de los precios, Europa debe cuidar de sí misma. Y tiene los medios para hacerlo. Un embargo gradual al petróleo ruso, que probablemente finalizará esta semana, es solo el inicio. Con la guerra en Ucrania, la provisión colectiva de defensa y seguridad también es imprescindible, al igual que de una comunidad energética. Además, también podría ser necesario algún tipo de vinculación fiscal, que expanda la unión monetaria que existe ahora, para coordinar las inversiones serias necesarias para consolidar la resistencia de Europa. La semana pasada, un grupo de intelectuales europeos que reconocía la necesidad de una unión reforzada pidió incluso crear un Estados Unidos de Europa.

No estoy segura de que la unión llegue a eso algún día. Pero sería maravilloso que, en el juego sobre política en el que participé este año en Berlín, en lugar de preocuparnos por los peores escenarios posibles, pudiéramos permitirnos imaginar una Unión Europea más audaz y fuerte. Si todos permitiéramos que Europa se sostuviera un poco más por sí misma, marcaría una gran diferencia.




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