Entre historia y ficción
Por LA LIBRERIA
El Conquistador de Federico Andahazi. Premio Planeta 2006.
Federico Andahazi (Buenos Aires 1963), estudió Piscología en la UBA y se desempeñó como psicoanalista. Obtuvo numerosos premios literarios. Entre sus novelas ser destacan El anatomista, que ganó el premio de la Fundación Fortabat, traducida en más de 30 idiomas en 40 países, así como Las piadosas o el volumen de cuentos El árbol de las tentaciones.
En esta novela, Andahazi acorrala al lector entre realidad y ficción. Ya nadie discute que fueron los aztecas quienes perfeccionaron el calendario solar, que tenían claro el movimiento de la tierra y por supuesto su redondez, estableciendo con asombrosa exactitud el ciclo de rotación de la tierra en torno al sol. los días del año y sus estaciones y diseñando cartas celestes antes que Copérnico. Tal vez, uno de los misterios que no resolvieron los aztecas es el de la propia existencia, a diferencia de la cultura judeocristiana que busca explicar el misterio.
Lamentablemente, la conquista española no sólo destruyó templos, esculturas y dibujos sino que, particularmente su literatura, incluidas poesías que en mínima parte se conocen por tradición oral.
En esta novela el niño Quetza, huérfano y enfermo, está destinado al sacrificio al Dios de la Guerra, pero en el mismo instante que el sacerdote se aprestaba a dar el golpe fatal, el viejo Tepec, integrante del Consejo de Sabios, que sin manifestarlo se oponía a los sacrificios humanos, “...se dirigió al rey con firmeza y sin mirarlo a los ojos, señalando al niño, le dijo que aquel esperpento escuálido y barrigón, era muy poca cosa para ofrendar a los dioses..” Si esas palabras fueran expresadas por cualquier otro, el Rey lo habría hecho ejecutar de inmediato, pero viniendo del más respetado de los sabios, resolvió suspender la ejecución, pero, para espanto del anciano Tepec, dispuso hacerlo responsable de su educación, si lograba conservarlo con vida.
Quetza aprende del anciano sabio, imagina, observa. Así logra construir una canoa y luego una nave con capacidad para 50 hombres y bodega para vituallas. Guiado por las profecías del calendario azteca y por sus conocimientos, sabe que la tierra es redonda y que navegando hacia oriente se llega a occidente y a viceversa, se lanza entonces a cruzar el océano.
Llega y une América y Europa antes que Colón, se asombra de la barbarie que constata en Huelva, aquellas hogueras que se ven desde el mar no son para preparar alimentos, sino para sacrificios humanos en nombre de la Santa Inquisición. Los habitantes de esas tierras, son sucios, visten pesadas ropas y nunca se bañan por lo cual “hieden como cerdos”.
Quetza sostiene que esos seres tarde o temprano descubrirán la ruta hacia donde se pone el sol y entonces no habrá dioses que amparen a sus hermanos, por ello: “Se debe buscar el futuro, antes que venga el futuro a acabar con ellos.”
En definitiva una novela entretenida y de prosa sencilla que atrapa y nos plantea la interrogante: ¿y si realmente la historia del descubrimiento es al revés de la que nos contaron?
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