Elogio de la tolerancia

Los ciudadanos tenemos el deber de seguir contribuyendo a salvar el clima de convivencia, único cimiento de las libertades, sostuvo el Dr. Julio María Sanguinetti en una columna publicada por La Nación de Buenos Aires y que aquí reiteramos.

En su célebre discurso a los muertos de la guerra del Peloponeso, en el 431 a.C., Pericles definió como nadie a su democracia, la ateniense, con palabras que aún hoy a todos nos conmueven: "(...) un respetuoso temor es el que nos impone aceptar el cambio de los sucesivos gobiernos y el respeto a aquellas leyes que se han dictado, especialmente para enfrentar injusticias... Amamos la belleza con sencillez y el conocimiento sin arrogancia... Hacemos de la riqueza una oportunidad para hacer y no un motivo de vanagloria. En Atenas, la pobreza no es vergüenza, sí lo es no hacer nada por superarla".

Estas pocas palabras, cargadas de sentido, más que nunca deben inspirarnos, cuando vivimos en sociedades occidentales desasosegadas, malhumoradas, que se sienten mal aun cuando han alcanzado niveles de bienestar superiores a todo lo que antes vivieron. El problema sustantivo es que la democracia, desde la célebre definición de la Revolución Francesa, vive la tensión íntima y constante entre libertad e igualdad, que conviven chocándose. Cuando uno avanza, el otro en algo retrocede, pero ambos principios son insaciables. La libertad, solo limitada por la ley, reclama siempre más libertad; la igualdad tampoco tiene fronteras en sus aspiraciones. Como señaló Sartori con acierto, el problema es que los derechos atinentes a la libertad son gratuitos, mientras que los otros tienen costo.

La cuestión es cómo asume esas tensiones la ciudadanía. Tocqueville, observando las instituciones norteamericanas -a las que vio como el gran ideal a construir-, dice que la democracia produce una gran igualdad, pero que las desigualdades que van quedando se hacen progresivamente más insoportables que nunca. De ahí nace el fundamentalismo democrático, hoy bautizado como populismo, que basándose en la aspiración de una igualdad ilimitada, absoluta, reclama engañosamente también el poder absoluto. Una mayoría circunstancial suele atribuirle esa legitimidad de origen y, a partir de allí, viene todo lo que tanto hemos visto -y seguimos sufriendo- en estos tiempos. No solo en América Latina, porque también Europa, y aun los EE.UU., padecen síntomas de la enfermedad.

Trump es un populista. Pero actúa dentro de unas instituciones sólidas que le marcan límites. El Poder Judicial es fuerte, el Ejército es fuerte, el Congreso es fuerte. No habrá podido llevar adelante el juicio político que intentó, pero marcó límites. Y esa es la diferencia con los populistas latinoamericanos, que actúan en marcos institucionales mucho más débiles.

Más que nunca hemos de invocar entonces la idea "voltaireana" de la tolerancia, en todas sus dimensiones, aun -de nuevo- la religiosa, cuando vemos enfrentados en el mundo a civilizaciones que un día convivieron y hoy se agreden con las armas en la mano. En Toledo, en el siglo XII, pudieron trabajar juntos cristianos, musulmanes y judíos, que nos tradujeron las grandes obras del pensamiento grecolatino. Hoy, bien lejos de aquellos tiempos, Europa adolece del fundamentalismo musulmán. Y Oriente, además del choque con Israel, de las divisiones entre chiitas y sunitas, que se añaden a la hoguera dogmática.

Por ejemplo, estos días vuelve la Argentina a discutir el tema del aborto, que ya había planteado el gobierno anterior. Por cierto, el aborto es siempre un fracaso, como lo es el divorcio, cuando un matrimonio ha perdido el afecto. Pero son hechos existentes en la sociedad, asumidos como ingratos remedios para algo peor. Las democracias deben encararlos desde el ángulo de la tolerancia, sin imponer una ética particular y diferenciada. Quien considera que el matrimonio es indisoluble no está obligado a recurrir el divorcio, aunque la ley lo autorice. La maternidad no querida por una mujer, que por razones emocionales, económicas o las que fuere, no está dispuesta a asumirla ¿merece que su inevitable angustia deba ser cargada, además, con una penalización delictiva? No es casualidad que todos los países de inspiración cristiana han ido progresivamente marchando hacia esa despenalización. Somos conscientes de que el tema es complejo filosófica y éticamente, pero lo importante es el respeto de unos y otros sobre el tema. Caer en el dogmatismo, del lado que sea, no es un buen camino. Los temas de bioética están a la orden del día y debemos asumirlos desde ese espíritu abierto, que reconozca los límites que impone la dignidad humana, pero que no pretenda la imposición de éticas excluyentes, que no representan los valores universales establecidos en nuestras Constituciones. Al mismo tiempo, se impone prevenirnos de fundamentalismos científicos capaces de llevarnos hasta aberraciones como la clonación humana.

No han faltado quienes pensaron en algún momento que la política podía llegar a ser ciencia. Saint Simon (en 1821) decía que el avance científico llevaría a que las decisiones del Estado fueran solo técnicas y que entonces desaparecerían la arbitrariedad, la ignorancia y hasta las intrigas. Pobre Saint Simón... Olvidaba que el Estado es una organización humana y que, por lo tanto, los principios, las religiones, las concepciones éticas, los patriotismos, actúan por otros parámetros. Lo malo es que en estos tiempos en que la política vive bajo escrutinio, no faltan tampoco quienes -desde el ángulo económico especialmente- caen en ese fatalismo, en que el libre albedrío de los gobiernos habría de subordinarse a decisiones matemáticas.

Desgraciadamente, muchas otras expresiones intolerantes siguen allí. El racismo, por ejemplo. Condenado universalmente en cualquier texto jurídico y político existente, hasta en las canchas de fútbol asoma. Ni hablar de las eclosiones nacionalistas que aparentemente ha enardecido la globalización. El caso de Cataluña es bien expresivo, con movimientos independentistas que, más allá de las razones históricas que puedan invocar, han llegado a un nivel de emocionalismo e irracionalidad que hace inviable todo debate.

Una vida en el ejercicio de la política nos aleja por cierto de todo utopismo ético. Hemos lidiado la vida entera con las realidades. El problema es que solemos olvidar que, al fin de cuentas, son ideas las que están detrás de los hechos y que en ese terreno se sigue jugando el destino de las sociedades. Como dijo el poeta Heine: "Los conceptos filosóficos, alimentados en el silencio de un estudio académico, pueden destruir una civilización". ¿Quién le hubiera dicho a Marx que sus reflexiones económicas, imaginadas en la Inglaterra victoriana, serían la inspiración de los monstruos que engendró?

De todo lo cual surgen deberes. Para políticos, para empresarios, para académicos, para periodistas, muy especialmente para ciudadanos. La tolerancia, más que nunca, es un imperativo ético. Por encima y por debajo de la cotidianidad, de las pulsiones políticas, de los siempre polémicos sistemas jubilatorios, los ciudadanos tenemos un deber de militancia. De no desmayar. De seguir contribuyendo, desde el ángulo que nos toque, a salvar ese clima de tolerancia, que, desde el fondo de la antigua Grecia, es el único cimiento de las libertades.

 




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