Elecciones en Perú: entre la extrema derecha y un populismo vacío

El periodista de investigación Jonathan Castro explica el complejo entramado político de cara a las próximas elecciones peruanas del 11 de abril. Compartimos su nota para el The Washington Post .

Explicarle a un lector extranjero las novedades de la política peruana siempre genera un dolor de cabeza por un motivo: tenemos caudillos fast food. ¿Cómo explicar que los que hoy conforman el elenco principal de candidatos, a un mes de las elecciones generales, no ocuparon ningún lugar relevante en la política nacional en el último año? ¿Cómo explicar las tradiciones que ellos heredan pero no sufren?

En los últimos años un lector informado ha seguido, mal que bien, la trayectoria de Michelle Bachelet y Sebastián Piñera en Chile; Andrés Manuel López Obrador en México; "Lula" da Silva en Brasil; el uribismo en Colombia, el kirchnerismo en Argentina, el correísmo en Ecuador, y sus respectivos contrarios. Sus ascensos al poder y sus decisiones son esperables, cuando no predecibles.

Resulta envidiable para un peruano tener una idea sobre las tendencias que prevalecerán en el futuro inmediato del país. Así sean malas. Pero la política peruana es absolutamente personalista, y los caudillos que se erigen no sobreviven ni media temporada. Vivimos en un bucle de episodios sangrientos de Game of Thrones, pero sin el ingenio político.

Un año atrás, cualquier proyección periodística colocaba en la disputa por el pase a segunda vuelta a dos personajes que hoy están quedando relegados: el militar en retiro Daniel Urresti y el economista Julio Guzmán. Ambos se presentaban como outsiders: el primero, a la institucionalidad política; y el segundo, a la corruptocracia.

En las elecciones de enero de 2020 para complementar el Congreso disuelto, Urresti se ungió como el legislador más votado: sacó 485,322 votos, uno de los récords más altos de la historia. Su camino hacia la carrera presidencial, con un discurso autoritario y una lengua ágil para lanzar adjetivos, parecía prometedor. Pero su actuación como legislador lo desgastó en apenas un año, y la campaña bajo restricciones por la pandemia no le ha permitido crecer en los sectores populares. Hoy, los sondeos lo han sacado del top 5.

En la campaña de 2016, Guzmán, líder del centrista Partido Morado, alcanzó el segundo lugar en la intención de voto antes de ser excluido de la contienda por problemas de democracia interna de la agrupación con la que postulaba. Su discurso se ha centrado en demandas anticorrupción, muy necesarias pero que han sintonizado poco con un país ansioso de medidas contra la crisis económica y sanitaria. Hoy su intención de voto está de mitad de tabla para abajo.

Son otros los tres candidatos que por ahora aparecen en los primeros lugares, según la última encuesta de El Comercio-Ipsos: Yonhy Lescano (15%), George Forsyth (10%) y Rafael López Aliaga (8%).

Empecemos por el segundo. George Forsyth (Victoria Nacional), un exarquero que construyó su imagen política en base a operativos de seguridad transmitidos por televisión cuando fue alcalde distrital, postula con un partido que fue evangélico, pero que se ha reestructurado para dejar atrás esa imagen.

Forsyth simboliza la fugacidad de los caudillos de temporada: al iniciar el proceso electoral, en septiembre de 2020, lideraba con 23% de intención de voto. Este número bajó después de algunas acusaciones de malos manejos cuando fue alcalde distrital. Aunque el ritmo de su caída ha desacelerado, nada hace indicar que no seguirá cayendo.

En su campaña no ha tomado posiciones claras en varios frentes, hace discursos genéricos sobre su oposición a los partidos tradicionales, y ha reciclado algunas figuras políticas sin partido para armar un equipo sin mucha cohesión. Se pensó que sería una propuesta de centro, pero aún es una incógnita.

El primero en las preferencias es Yonhy Lescano, de Acción Popular, un excongresista que ha tenido un ascenso veloz. Los sondeos lo colocaban con 4% de intención de voto en diciembre de 2020, y ha ido progresivamente subiendo hasta ser primero en la última encuesta. En segunda vuelta le ganaría a todos sus competidores.

Lescano era una solitaria en su partido. En la interna, lo criticaron por ser muy izquierdista para una agrupación de centro-derecha en el espectro político peruano. Ha construido una carrera de 19 años en el Congreso en base a tres pilares: la defensa del consumidor, la oposición al fujimorismo y al aprismo, y la reivindicación del gobierno ochentero de Fernando Belaunde Terry, fundador de su partido, y su escudo personal para señalar que no es izquierdista.

Es de Puno, una región al sur del país, y posee un gran olfato para ponerse del lado de las demandas populares, como la reestructuración del sistema de pensiones y la mayor regulación del Estado para evitar abusos del sector privado. Pero es conservador frente al aborto o al matrimonio entre parejas del mismo sexo, lo cual lo sintoniza con gran parte de los peruanos, a diferencia de la candidatura de izquierda de Verónika Mendoza, quien se ubica en el quinto lugar.

Su partido tiene más de 60 años de historia, y su marca está bien posicionada a nivel nacional. Sin embargo, fue protagonista de la violenta represión de la gestión de Manuel Merino, militante de su partido, tras la vacancia del expresidente Martín Vizcarra, y que tuvo como consecuencia la muerte de dos estudiantes. Lescano, sin embargo, ha sabido desmarcarse de sus correligionarios desde el primer momento.

Su plan de gobierno tiene mucho diagnóstico y pocas ideas. Su perorata trae propuestas populistas como la instauración de un gobierno de la honestidad, la recuperación de la soberanía de los recursos naturales, y el control de precios de los medicamentos, pero no aterrizan en soluciones estructuradas.

En el tercer lugar de las preferencias, pero en rápido ascenso, se encuentra Rafael López Aliaga, líder de Renovación Popular, el partido de extrema derecha. Esta agrupación emprendió el camino inverso que el de Forsyth: hizo una reingeniería para fortalecer el componente cristiano y conservador, y adoptó el color celeste a imagen de los movimientos provida y profamilia -antiderechos- de la región. Lleva como candidatos a pastores y líderes religiosos que quieren que el rol de la mujer en la sociedad involucione.

La ola celeste ocupa el espacio dejado por el debilitamiento del fujimorismo, pero con un discurso más radical, y la ventaja de tener una imagen nueva, sin las acusaciones del Caso Lava Jato que persiguen a Keiko Fujimori, quien se ubica en cuarto lugar, con una intención de voto también estancada. No defiende ningún legado político -a diferencia de la hija de Alberto Fujimori-, pero sí se beneficia de la imagen de la institución política más extendida y antigua del país: la Iglesia.

Los continuos episodios de crisis políticas en los últimos años han erosionado la institucionalidad, y han pulverizado a las agrupaciones que antes conformaban lo más parecido a un elenco estable de protagonistas. Le han abierto la puerta también a discursos vociferantes y repleto de fake news. López Aliaga, así, levanta la bandera de la expulsión de Odebrecht, pues otros actores, mal que bien, entendieron que se requiere su continuidad para que aporten pruebas a las investigaciones del Caso Lava Jato. A él, ese argumento no le entra.

Lamentablemente, es probable que el ciclo de crecimiento de Lescano y López Aliaga no se detenga antes de las elecciones del 11 de abril, y ningún otro candidato con mejores propuestas les haga competencia. La precariedad de los partidos que los respaldan, sumada a la crisis y la alta fragmentación del voto, harán que los próximos años sean turbulentos para el país.




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