El retorno de Wuhan a la normalidad provoca expectativa en todo el mundo

La ciudad china dónde se originó la pandemia a fines del año pasado ha retomado la normalidad. Hasta ahora no tiene contagios. Abrieron las escuelas y se permitió que los alumnos no usaron barbijos. La gente circula por las calles libremente y las autoridades sanitarias afirman que "lo peor pasó". Un informe del corresponsal del diario catalán La Vanguardia nos informa de ese proceso.

Para sorpresa de muchos, y disgusto de algunos, la ciudad china de Wuhan, donde se originó a fines del año pasado la pandemia del coronavirus, rezuma normalidad. Allí, cuando cientos de jóvenes se acuestan a las tantas tras una sesión discotequera, los turistas madrugan para visitar los escenarios más icónicos. A todas horas, mercadillos, restaurantes y terrazas se animan con un flujo incesante de clientes. Al atardecer, las señoras salen a ensayar coreografías en los parques, un clásico del paisaje urbano chino. Y con la noche ya encima, un espectáculo de luces en los rascacielos entretiene a los que pasean en las orillas del río Yangtsé, protagonista de grandes riadas este verano.

Mientras el coronavirus sigue causando estragos en todo el mundo, la urbe donde apareció el patógeno respira tranquila y sin necesidad de mascarilla. "Wuhan, la ciudad más afectada por la Covid-19 en China, es ahora la ciudad más segura del país", llegó a decir en junio Feng Zijian, subdirector del Centro Nacional de Control y Prevención de Enfermedades chino. Pronto, la prensa estatal encumbró a Wuhan como "la ciudad más segura del mundo", título que llena de orgullo a los locales y provoca envidias -y alimenta teorías conspiranoides- en el exterior.

El último episodio de la sorprendente recuperación se vivió el martes pasado. Ese día, unas 2.800 escuelas y guarderías de la ciudad retomaron las clases tras las vacaciones estivales sin la incertidumbre que causa la vuelta al colegio en otros países. Sus 1,4 millones de estudiantes se sumaban así a los alumnos del instituto, que ya se habían reincorporado en mayo, y a los universitarios, que el pasado viernes reanudaron las clases presenciales -previa presentación de test negativo- tras meses de educación en línea.

En los centros, las medidas de seguridad son más relajadas que las impuestas en abril y mayo para la primera reapertura. Hay controles de temperatura, equipos de desinfección, personal médico adjunto al centro e incluso se ofrece ayuda psicológica. También se han revisado los comedores escolares e inspeccionado los alimentos almacenados, rastreando el origen de la comida. La mascarilla no es obligatoria, aunque se recomienda su uso en el camino a la escuela, así como evitar el transporte público.

Existen numerosos interrogantes sobre el origen del virus y la respuesta inicial de las autoridades chinas al brote. Pero eso no evita que Pekín promocione la vertiginosa recuperación de Wuhan como prueba de que su modelo de gestión de la crisis, criticado por draconiano e incluso contrario a los derechos humanos, es superior al de muchas democracias occidentales, mucho más afectadas por el patógeno. "Esto demuestra que Wuhan ha obtenido una victoria estratégica en la lucha contra la epidemia", destacó el portavoz del Ministerio de Exteriores, Zhao Lijian, sobre la polémica desatada por las recientes imágenes de una fiesta tecno multitudinaria en una piscina en la que las mascarillas o la distancia social brillaban por su ausencia.

La receta para Wuhan, que acumula el 60% de los contagiados chinos (unos 85.000) y más del 80% de los 4.634 fallecidos, es bien conocida: confinamiento estricto, sin excepciones para sacar al perro o bajar la basura; obligatoriedad de la mascarilla; el uso de aplicaciones móviles para rastrear a los contagios y sus contactos; test a mansalva, incluida una campaña en la que se le hizo la prueba a los 11 millones de habitantes de la ciudad; o el cierre de fronteras y cuarentena obligatoria a todo el que viniera del extranjero. Si una ciudad sufre un rebrote, ya sea la populosa Pekín, la capital de la provincia de Harbin (Heilongjiang) o la pequeña ciudad fronteriza con Rusia de Suifenhe, se repite la jugada. Con estas cartas, el país lleva casi tres semanas sin registrar ni un solo contagio local.

Pero aunque la vida sigue, eso no significa que todo esté olvidado. En Wuhan, las cicatrices psicológicas por lo vivido todavía siguen supurando en muchas familias, mientras que el daño económico causado tardará todavía mucho tiempo en sanar. Además, los habitantes cargan con el estigma de ser oriundos de la ciudad que vio nacer la primera pandemia global del siglo XXI, y temen ser señalados, tanto en otras ciudades chinas como en el extranjero. Finalmente, queda el temor a que la pandemia pueda volver a hacer acto de presencia en los próximos meses. "Volverá a ser difícil si hay otra ola de contagios", confesó a la prensa local Mei, una mujer que regenta una tetería a orillas del río.




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