Por LA LIBRERIA
Ed. Pepitas, 128 páginas, 2020. Por Rudolf Rocker
Podemos presumir que la deriva que tomó la revolución rusa cuando los bolcheviques se hicieron con el poder y, más tarde, la marcha sobre Roma de Mussolini en 1922, preludio de la dictadura fascista, le impulsaron a estudiar la cuestión que acabaría convirtiéndose en el centro de su magna obra.
La situación en Alemania era también muy preocupante. Su evolución política y social tras la derrota en la Gran Guerra no hacía más que certificar sus teorías sobre el nacionalismo, hasta el punto de afirmar que el nacionalismo era una forma nueva de contrarrevolución.
Inmerso en una tradición, el anarquista había criticado en primer lugar al patriotismo nacionalista desde un punto de vista universalista. Nuevos o viejos, los Estados trazan fronteras que dividen artificialmente la unidad sustancial de la humanidad. Frente al "egoísmo" implícito en todo nacionalismo, la solidaridad universal entre naciones funda un valor moralmente superior. Frente a la división del género humano en Estado-nación siempre artificiales, unidad del género humano y abolición de las fronteras. El mundo -y su unidad- antes que la nación.
El esencial cosmopolitismo de Rocker cuando habla de los grandes avances de la cultura europea rechazando el falso concepto de cultura nacional se inscribe en ése discurso.
Así mismo, Bakunin defendía la idea de nación dónde, aun negándose categóricamente a reconocer el principio de nacionalidad, se afirmaba el pleno derecho natural de los pueblos a disponer libremente de su destino. Tal distinción entre nación natural y nación artificial remarca en el fondo la distinción básica entre nación y nacionalismo.
A lo largo de estas páginas, recorriendo distintos artículos de Rocker, podemos ver desde distintos puntos de vista la tesis central de su monumental obra, en efecto, que entre cultura y nacionalismo existe una incompatibilidad esencial.
Por César Quintana