El machismo-leninismo sigue prevaleciendo en Cuba

Las cubanas aún hoy desconocen sus derechos. Es hora de cuestionar el paternalismo revolucionario y conquistar para las mujeres derechos normales en el siglo XXI, sostiene la poeta y escritora cubana Wendy Guerra en una columna que es muy interesante reproducir.

Hincada en la camilla del hospital psiquiátrico de Cienfuegos, medio desnuda y con la mirada perdida, mi madre tanteaba el suelo mientras un enfermero, canturreando una canción de moda, la agarraba por el pelo y la obligaba contra su voluntad a vomitar en el cubo para luego arrojar la bilis en el inodoro.

Tenía 6 años cuando presencié ese episodio. La imagen permaneció escondida en mis primeros recuerdos hasta que, en 2004, a mi salida del aeropuerto de La Habana, un oficial vestido de civil me encerró en un cuarto para pedirme, con una amable sonrisa, que me desnudara. Me ordenó ponerme de cuclillas y comenzó a zapar mi cuerpo hasta asegurarse que yo no sacaba del país nada prohibido.

Mientras sus dedos violaban mi intimidad, la risa salvaje de aquel enfermero regresó como un bumerán. La impotencia que debió haber sentido mi madre se mezcló con la que yo sentí en ese momento. ¿Cómo y dónde denunciarlo? De lo que pasa en las cárceles de mujeres, hospitales y asilos, en las estaciones de policía o los juzgados cubanos tras hacer una denuncia por maltrato doméstico, acoso o abuso sexual, no se habla y no tenemos acceso a testimonios, estadísticas ni fuentes acreditadas que lo confirmen. La vejación que sufre la mujer cubana es ya un patrón histórico monolítico que se repite silenciosa y cíclicamente.

Estas son algunas de las oportunidades creadas por la Revolución para insertar un “ama de casa” en la Sociedad Socialista: la fundación de los Círculos Infantiles, un sistema nacional de guarderías; la apertura de la Facultad Obrera Campesina (FAC); la posibilidad de ingresar en el ejército como artillera o médica militar. La integración de las prostitutas en la sociedad empleándolas como taxistas, educadoras y obreras calificadas. A esta política trazada por el Estado cubano en la década de los sesenta se le llamó “Batalla por la liberación de la mujer”.

Todavía hoy, la mayoría de las mujeres en Cuba desconocen sus derechos individuales y muy pocos saben lo peligroso que resulta cobrar conciencia de ello. No solo prevalecen diversos modos de acoso, abuso y violencia contra la mujer, sino que existe una estructura para combatir a quienes no bajen la cabeza y acepten el poder que el hombre ejerce en nuestra vida cotidiana.

He visto a lo largo de mi vida cómo desde muy temprano las madres pierden la potestad de decidir si se internan o no; sus hijos, si van o no a una guerra, qué estudian o cuáles riesgos pueden correr lejos de la casa durante años esenciales del crecimiento. Los padres y madres perdieron la palabra sobre modales, religión, costumbres y tendencias ideológicas. Tus opciones son abrazar el gregarismo o morir aplastada.

En las clases de comunismo científico durante mi adolescencia, nos enseñaban que era la familia el centro fundamental de la sociedad, pero en la vida real la familia había dejado de serlo, sustituida por los compañeros de albergue del seminternado, del núcleo de la Unión de Jóvenes Comunistas, de la Unión de Pioneros y cualquier otra organización de masas.

Las cosas no mejoran al salir de la escuela. El invasivo modo en que nos tratan ciertos hombres delante de cualquiera resulta un acto de vejación. Que te griten es normal, que te toquen es normal, que te ordenen es normal pues aquí todas somos subordinadas.

¿Es casualidad que no aparezcan mujeres en la lista sucesoria del gobierno de nuestro país? No, porque el “machismo-leninismo” ha triunfado. En la secundaria básica un profesor de preparación militar me dijo: “Aquí mandan los hombres porque esta Revolución la hicieron los hombres”.

Pero la mujer cubana posee una gran fuerza y desde las guerras independentistas fue valerosa e insurrecta.

La guerrillera Celia Sánchez Manduley, a cuya figura he dedicado el libro Nunca fui primera dama, fue una de ellas. En las biografías oficiales Celia aparece como “una de las más cercanas colaboradoras de Fidel”, y no como una figura revolucionaria por sí misma, por ello muchas jóvenes cubanas ignoran que sin la acción de Celia y las Marianas —el pelotón de mujeres que se unió a la lucha en la sierra Maestra— jamás hubiese sido posible el desembarco del yate Granma en 1956 y la entrada triunfal de Fidel a La Habana en enero de 1959.

Quienes la conocieron dicen que Celia fue el alma de la Revolución. Por los familiares y colaboradores de Sánchez Manduley entrevistados durante la investigación de mi novela, supe que buena parte de las decisiones internas y diplomáticas tomadas con anterioridad a 1980, fueron modeladas por su opinión. También intercedió contra los fusilamientos y las Unidades de Ayuda a la Producción (UMAP), los campos de trabajos forzados para homosexuales. Sin embargo, Celia nunca llegó a ser comandante de la Revolución.

Recuerdo que de niña cada vez que existía un problema grave, las mujeres te aconsejaban: “¡Escríbele a Celia!”. Esa figura enigmática resolvía lo imposible. Fue una mujer adelantada a su tiempo que, en medio de la fuerza militar masculina que la rodeaba, no pudo llevar a cabo sus propios proyectos.

En la actualidad, ser mujer en Cuba sin quedarte callada sigue siendo muy complejo. Somos vigiladas también por mujeres, amigas o familiares, compañeras de trabajo o vecinas reclutadas para hacer informes, denunciar y difamar. Es lamentable porque las propias informantes desconocen sus derechos e ignoran que delatando, juzgando, pegando y reprimiendo o censurando a otra mujer se condenan ellas mismas.

Se habla del maltrato de la mujer árabe, de la vejación a mujeres y niñas indígenas, pero nadie sabe lo que vive una mujer cubana, en pleno siglo XXI, simplemente por decir lo que piensa.

Mientras el Me Too ha causado una revolución mundial, las cubanas todavía vivimos en el “Yo tampoco” o la aceptación involuntaria del “machismo-leninismo”. El hombre cubano aprendió a descalificar a la mujer de modo fulminante. Son ya varias generaciones de cubanos adoctrinados y convencidos de que la mujer ha sido liberada por la Revolución y no necesita nada más.

Hoy, la utopía de una revolución en decadencia nos amordaza; hablar nos convierte en traidoras y malagradecidas. Realizar trabajos independientes al Estado nos vuelve sospechosas.

Así fue para mi madre, cuyas obras solo se editaron después de su muerte, y así es para mí, pues no puedo editar en mi propio país las obras que retraten la realidad cubana.

No hay una solución a la vista para cambiar esta problemática. La Federación de Mujeres Cubanas (FMC) tutelada entre 1960 y 2007 por la fallecida Vilma Espín, esposa del expresidente Raúl Castro. El Cenesex, fundado en 1989 y dirigido por su hija Mariela Castro Espín, vincula sus objetivos en asuntos de género y sexualidad a los esquemas ideológicos del Estado.

Tampoco recuerdo un momento histórico propicio para remover las imperfecciones sociales que nos aquejan. En el contexto de las amenazas imperialistas, el bloqueo de Estados Unidos y las variopintas emergencias foráneas que nos acosan siempre resultó inconveniente citar los problemas básicos de la mujer. La sensación de plaza sitiada nos mantuvo calladas, tragando en seco y aceptando.

Pero es hora de discutir las necesidades de la mujer y sus circunstancias particulares con imparcialidad e independencia de la agenda política gubernamental. Entre otras cosas porque el concepto del macho autoritario vestido de verde olivo está enraizado en las entidades de las que depende esa transformación. El endémico machismo en Cuba es políticamente correcto.

El objetivo de un debate público sobre la condición de la mujer cubana debe ser modificar leyes, establecer demandas por maltrato, sea quien sea el responsable, entidad o persona, hacer posible reclamar derechos que en otras latitudes son normales en el siglo XXI, desde tener una sala de hospital limpia y con agua corriente para dar a luz y una pensión para las mujeres divorciadas y con hijos coherente con los precios del mercado hasta prohibir que te despidan del trabajo por expresar tus opiniones e ideas políticas libremente. No hay que pasar por alto aspectos tan cotidianos como prevenir y castigar el abuso psicológico y físico a nivel personal, estatal e ideológico.

Nací y crecí bajo un sistema de control disfrazado de paternalismo: te acaricia y te pega, te educa y te prohíbe, te ilustra y censura con violenta ternura. Somos rehenes de un Estado que funge como padre maltratador, retrógrado y machista, al que hay que pedir permiso y perdón.



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