El legado de la langosta

Por Tomás Laguna

Finalmente parece que la langosta no llegará a nuestro país. El pánico ante la eventualidad del campo arrasado llevó a que no se midiera en los medios para su combate, incluso con productos habitualmente prohibidos en su uso masivo en cultivos extensivos.

Una plaga inesperada que se suma a otras calamidades que se han ensañado con la agricultura, considerando la falta de agua para los cultivos de secano en la pasada temporada estival. Pero nada puede ser comparable con el daño de una manga de langosta sobre cualquier cultivo, incluyendo los montes frutales. Se trata de una plaga devastadora de la que teníamos referencias por nuestros padres y que creíamos desaparecida. Aun sin mayores argumentos que expliquen su presencia. Tal vez el aumento de la temperatura debida al cambio climático pueda ser una primera explicación a cuenta de lo que nos puedan ilustrar los técnicos y científicos en la materia.

Desde los orígenes de la agricultura, tal vez de las actividades más antiguas a las que se aplicó el ser humano, el mayor desafío que enfrentó el agricultor fue el clima y las plagas que medran los cultivos, principalmente insectos pero también virus (trasmitidos por los mismos insectos), hongos y por supuesto malezas. Las Naciones Unidas declararon 2020 Año Internacional de la Sanidad Vegetal (AISV), considerando esta declaratoria "una oportunidad única e irrepetible para sensibilizar a escala internacional sobre cómo la protección de la sanidad vegetal puede ayudar a acabar con el hambre, reducir la pobreza, proteger el medio ambiente y estimular el desarrollo económico". En este sentido la FAO expresó que no cuidar la sanidad vegetal "puede producir consecuencias devastadoras", siendo que cada año las pérdidas por plagas y enfermedades de las plantas pueden llegar al 40% de los cultivos, dejando a millones de personas sin alimentos suficientes.

Volviendo a la langosta, la sola amenaza de que en pocos minutos una nube inesperada de insectos se pose sobre superficies de hasta 80 has terminando con toda la producción vegetal, incluyendo frutales y montes, generó pánico y las reacciones en consecuencia para enfrentar la plaga. En el combate mediante agroquímicos, único medio posible, se debía recurrir a principios activos fuertemente cuestionados, caso del fipronil y la cipermetrina. En ambos casos su mal uso en el pasado determinó en nuestro país mortandad de colmenas y la reacción en consecuencia de los apicultores. Pero también su sola presencia a través de residuos en la producción citrícola determinaría el rechazo de los embarques exportados una vez en los mercados de destino.

Ante esta disyuntiva, que no solo alcanza a la producción apícola y citrícola sino que hace a la salud de la población en general, ¿cómo actuar? En tiempo de nuestros padres se salía al campo golpeando tanques de chapas con palos y mojando bolsas de arpillera en kerosene para hacer humo de modo de espantar a la manga. Seguramente métodos muy ecológicos que aplaudirían los enemigos de la producción agrícola moderna, pero difícilmente efectivos en la magnitud de la cobertura de daño de las mangas de langostas. ¿Cuál es entonces la opción para cumplir con los preceptos de la agroecología en el combate a esta plaga? Mientras se espera la respuesta, y antes que la langosta se diera un gran festín con los cultivos, montes y pasturas del litoral norte de nuestro país, la dirección de Sanidad Vegetal del MGAP logró un acuerdo inmediato con la asociación de aero aplicadores agrícolas para fumigar con los mencionados agroquímicos ante la eventualidad que la plaga llegara a nuestro país.

Los responsables de la operativa sabían que no podían fumigar los cultivos citrícolas y que no podían terminar con la producción apícola. Así fue que las aplicaciones fueron previstas mediante criterios técnicos en referencia al comportamiento de la manga de langostas, en perímetros pre establecidos y con las previsiones del caso advirtiendo a los productores apícolas en cuanto a que debían proteger las colmenas previo a las fumigaciones.

Más allá de este ocasional ataque depredador, la agricultura se enfrenta en tiempos normales al daño ocasionado por lagartas (gusanos), moscas, chinches, hongos, además de malezas. La industria química primero, la biotecnológica luego fueron desarrollando los medios de combates, y con el avance del conocimiento y consecuente desarrollo tecnológico se fueron sustituyendo los productos más agresivos por otros más específicos y de menor toxicidad. Ni que hablar que el gran avance lo constituyó la biotecnología, procurando técnicas que permitieran modificar genotipos (los escandalosamente llamados "transgénicos") para que adquirieran condiciones naturalmente resistentes a determinadas plagas o bien a determinados herbicidas. A la par desde el MGAP, y en consonancia con normas para el uso y manejo seguro de plaguicidas, se formularon Normas para la Producción Integrada de cultivos procurando minimizar el uso de agroquímicos mediante medidas de manejo agronómico. El control biológico, o sea el uso de enemigos naturales para disminuir la población de uno o más organismos plaga, es otra línea de trabajo alternativa al uso de agroquímicos, aun cuando no ha logrado sustituirlos.

En definitiva, casi de forma apocalíptica las mangas de langostas se constituyeron en una amenaza terminal, definitiva, instantánea, a la que había que enfrentar con lo que se tuviera a mano. No hubo agroecología ni producción orgánica que valiera. Otras diversas plagas, sin constituirse en una amenaza terminal instantánea, actúan silenciosamente según cultivos y condiciones del clima a lo largo de los años, incluyendo la horti y fruticultura. Lograr una buena sanidad de los cultivos que nos asegure la necesaria producción de alimentos y los importantes excedentes de exportación para beneficio de nuestra economía (en muchos casos más del 90% de la cosecha) nos obliga a actuar de forma similar que contra la langosta, utilizando todos los medios de la tecnología a nuestro alcance mediante aplicaciones racionales y responsables de los agroquímicos. De otra manera el efecto de la langosta en lugar de ser al contado lo pagaremos en cómodas cuotas anuales.

La langosta nos enseñó que la agroecología es un romanticismo inaplicable.




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