Edición Nº 1072 - Viernes 13 de marzo de 2026

El Flaco Atchugarry

Por Luis Hierro López

A tres años de su fallecimiento, su figura cobra una renovada dimensión al comenzar un período que obliga a actuar, desde el gobierno, con decencia, humildad republicana y responsabilidad en el manejo de los intereses públicos.

En estos días en que nos enteramos, con asombro, que el ministro Bonomi y el subsecretario Vázquez piden custodias especiales para cuando dejen sus cargos, vuelvo a acordarme de Alejandro Atchugarry, a quien quise convencer, sin éxito, de que tuviera una guardia policial cuando asumió el ministerio de Economía. El asunto parece una anécdota menor, pero tiene un hondo significado.

Un jerarca policial me hizo notar la inconveniencia de que Atchugarry no tuviera algún escolta. Manejaba su propia camioneta – aquella Fiat roja, usada, gasolera, simbólica – y retornaba a su casa en la Costa de Oro tarde en la noche, sin compañía. Era julio de 2002 y se habían producido algunos incidentes callejeros, auténticos o promovidos, por lo que se dispuso una custodia discreta, sobre cuyo funcionamiento me pidieron que, dada mi amistad con él, le informara al novel ministro. Al día siguiente, Atchugarry me llamó para pedirme, con aquel tono de voz tenue, casi débil, a veces inaudible, que por favor le retiraran la custodia porque no era necesaria y era preferible destinar el personal a tareas más urgentes.

Es que el Flaco personificó un ejemplo: servidor silencioso de la República, actuó siempre con austeridad y decencia, velando por el interés público y dedicándose, en cada uno de sus actos, a la búsqueda de la verdad. Quizás como nunca le corresponde aquella definición de Georges-Louis Leclerc, “el estilo es el hombre mismo”, una expresión de la individualidad y de la libertad personal. Afectuoso, siempre inteligente, no dudaba en expresar su pensamiento riguroso, sabiendo que muchas veces iría contra la corriente establecida. Manejaba siempre una sólida argumentación, y la vertía, en las discusiones parlamentarias o políticas, a través de un hilo conductor que, aunque fuera muy profundo, era explicado con fluidez y simpleza. No tenía contrincantes ni discutía con ellos, sino que se limitaba a expresar sus ideas y a describir los datos de la realidad. Su condición de profesor de Derecho Civil marcó a fondo su personalidad y su pensamiento: medio en broma y medio en serio, y respondiendo desde su faceta liberal a la excesiva extensión del Estado y a la proliferación legislativa, decía que para gobernar bien al país alcanzaba con la Constitución de 1830 y con el Código Civil. Era, cabalmente, un estadista, con un profundo conocimiento del gobierno y de las empresas públicas. Como un José Serrato del siglo XXI, Alejandro podría haber sido ministro en cualquier área, pero, aunque le escapó todo lo que pudo al desafío de ser el conductor de la economía, las circunstancias lo llevaron irremediablemente a asumir esa responsabilidad. No era economista – lo que fue señalado con cierto espanto por algunos académicos – pero sus condiciones le llevaron a restablecer la confianza pública a través del diálogo, consagrando una enorme e histórica reivindicación de la política como instrumento de realización colectiva. La salida del 2002 fue esencialmente política y en ella Alejandro Atchugarry fue una pieza fundamental, aunque no se manejaba bien en la relación con los organismos internacionales ni viajó una sola vez a Washington, donde sus colegas y amigos, como Lito Alfie y Davrieux, jugaban el partido definitivo.

Para dar fiabilidad al proceso, aseguró de entrada que, fuera cuál fuera su resultado, no sería candidato a la presidencia en las elecciones de 2004. Eso lo comentó varias veces a los amigos, pero especialmente se lo reiteraba a los líderes de la oposición, a quienes convocó incansablemente a acompañar y sostener las exigentes medidas financieras y bancarias que debían asumirse. Como corresponde, y aunque la salida fue muy exitosa y Atchugarry ganó un enorme prestigio, cumplió con esa promesa.

Así, Alejandro mostró siempre el camino de los acuerdos entre los partidos, luchando por las políticas de larga duración y mirando a lo lejos, por encima de las peripecias cotidianas. En tiempos complejos como los que se avecinan, su ejemplo republicano nos llena de obligaciones, pero también nos impregna de fortalezas.




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