Edición Nº 1084 - Viernes 12 de junio de 2026

El extravío

Por Julio María Sanguinetti

El Consejo de Educación Secundaria dejó sin efecto la sanción disciplinaria, de 15 días de suspensión, que aplicó la Directora del Liceo Nº 4 de Maldonado a los alumnos que habían protagonizado un acto sexual, filmado y viralizado en las redes.

Las razones del levantamiento de la suspensión, públicamente rechazada por alumnos y profesores del liceo, se basó en que el episodio “no había ocurrido adentro del liceo”, aunque mostraban el uniforme de la institución. El Consejo de Secundaria dice que el reintegro de los muchachos se hará paulatinamente luego de “calmar las aguas en el liceo y preservar a los estudiantes”. Su integración se haría con talleres sobre el tema dirigidos a que la comunidad educativa asuma la situación, la comprenda y la examine.

No hay duda de que es un tema delicado y que requiere inteligencia y sana pedagogía para que el lamentable episodio sea la base de una reflexión preventiva. En cualquier caso, tiene que quedar muy claro el mensaje de lo que significa la intimidad de la vida sexual, de lo repudiable que es la exhibición pornográfica, del irrespeto a la persona humana que supone una exposición pública de esa manera.

En el episodio nos preocupa particularmente la desautorización de la Dirección del Liceo, síntoma —una vez más— de esa tendencia al descaecimiento de la autoridad institucional que viene envenenando todo el sistema educativo y que, en un plano más general, se ha transformado en un problema muy serio en la vida del Estado.

Todas las propuestas pedagógicas modernas se basan en la configuración de una comunidad educativa integrada. Ello requiere participación de profesores, alumnos y sociedades, dentro de un esquema con autoridad reconocible. Si no hay un director que dirija, difícilmente podrá lograrse el clima necesario para el trabajo fecundo.

En 1996, cuando nuestra reforma, se hizo un escalafón especial de Directores, se organizaron rigurosos concursos, se les remuneró de modo especial y se procuró darles estabilidad. Llegar a la Dirección era un ascenso y un orgullo. Todo eso se borró y hoy los concursos adolecen de falta de interés.

Ocurre que la autoridad de los directores está constantemente menoscabada. La persistencia de un “centralismo normativo”, del constante forcejeo gremial y la total falta de respaldo de la autoridad nacional, vienen debilitando de modo alarmante a quienes tienen la responsabilidad de manejar los institutos. Ellos sufren —como lo dice el informe de Eduy21— “los conflictos e incertidumbres de su rol como gestores institucionales y pedagógicos”.

El Consejo de Educación Secundaria podría —en el caso— aconsejar y disponer todos los mecanismos pedagógicos necesarios para superar este episodio tan lamentable, pero no dejar por el camino a una dirección que tomó una medida disciplinaria. Felizmente, docentes y alumnos la han respaldado pero el mensaje que ha dado la autoridad superior es ese permisivo que ha horadado nuestro sistema de enseñanza y, en general, a la administración.

Lo habitual es eludir el problema, ir por el camino más fácil y no asumir responsabilidades que suelen ser antipáticas. Si en la magistratura, en los exámenes de abogados para acceder a un cargo de juez, se bajan las exigencias; si en la Cancillería pierden la mayoría por mal manejo del idioma y de conocimientos elementales, exigimos menos. Paso a paso se va bajando la calidad y si a eso se le añade la debilidad de los mandos medios, de las autoridades que ejecutan el servicio, sea el que sea, terminamos caminando hacia esos malos resultados que luego nos sorprenden

Observando el debatido tema de la seguridad pública, ¿qué barrio tiene en su comisario el personaje respetado al cual acudir? Esto es excepcionalísimo. La figura del comisario, la autoridad policial en un cierto lugar, se ha desdibujado. Se cambian constantemente y, como consecuencia, no llegan a insertarse en la comunidad a su cargo y ésta, a su vez, no visualiza allí a la autoridad que sería imprescindible.

Alguna gente que se siente moderna y está pasada de moda, todavía piensa como en los años 60, cuando los muchachos de París del 68 predicaban la anarquía, el desacato a toda autoridad y la expansión ilimitada de la voluntad personal. Para ella, que en el Uruguay sobrevive inexplicablemente, estos razonamientos que hacemos son considerados “conservadores”. Tienen confundidos los valores: el ejercicio estricto de la autoridad y el cumplimiento no menos riguroso de las leyes, es la mayor garantía de las libertades individuales. Cuando se diluyeron esos códigos, se terminó cayendo en lo peor de los autoritarismos y, a la vez, en la ineficiencia.

Entendámonos: quienes más precisan comunidades educativas bien conducidas, modernas, participativas, en que se premia el rendimiento y la sana libertad, así como se trata de relegar la haraganería y la transgresión, son los más vulnerables. En el desorden y la permisividad, quienes más sufrirán serán los más pobres, porque son los que necesitan acuciosamente recibir una educación para el mundo tal cual es y no para paraísos imaginarios.



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